Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 1 — EL CONTENEDOR
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Lo que trae la marea (Costa Vasca 1)

Lo que trae la marea (Costa Vasca 1)

Por Nerea Iturralde

© inepub.com

Capítulo 1 — EL CONTENEDOR

Irati Sarasola

I. La caída

El viento llegaba del noroeste con la fuerza de una verdad que nadie quería contar.

Irati Sarasola lo sintió antes de ver el puerto, en la sacudida que le dio al coche patrulla cuando cruzó el último puente de la ría.

El agua del Nervión había cambiado de color durante la noche: ya no era el gris sucio de los días de diésel, sino un negro espeso que rompía contra los espigones como si algo enorme se estuviera abriendo paso desde el Cantábrico.

Una galerna. La primera del año, decían los pescadores viejos del muelle de Santurtzi, y eso significaba que durante cuarenta y ocho horas nadie con dos dedos de frente sacaría una embarcación a la mar.

A las 4:12 de la madrugada, la terminal de graneles de Zierbena era un campo de luces amarillas y acero mojado.

Los operarios se habían agrupado a unos sesenta metros de la grúa, con las manos en los bolsillos y las chaquetas de trabajo empapadas, hablando bajo entre ellos como se habla junto a un pozo al que alguien ha caído.

El aire olía a salitre, a gasoil y a ese óxido metálico que exhalan los contenedores cuando han atravesado medio mundo.

Irati se bajó del vehículo y caminó hacia la escena sin pedir permiso.

Llevaba el uniforme de gala de la Ertzaintza, con la placa en el bolsillo del pecho y el pelo negro recogido en un moño que ni la lluvia lograba deshacer.

Tenía treinta y ocho años y catorce de ellos dedicados a llegar el primero a los lugares donde la gente esperaba que no llegara nadie.

En su escuadrón la llamaban la malasombra, y no era exactamente un piropo: era la forma que tenían los compañeros de decir que Irati Sarasola miraba los expedientes como otros miran a los ahogados, con la certeza de que siempre hay algo más bajo el agua.

—¿Quién ha dado la orden de abrir? —preguntó al capataz, un hombre gordo de bigote gris que se secaba la frente con un pañuelo aunque hacía cuatro grados.

—Nadie ha abierto nada, inspekzinoa. Estamos esperando.

—¿A quién?

—A la Capitanía. A usted. Al que sea —el capataz miró hacia la grúa y tragó saliva—. Es el protocolo de mercancías peligrosas.

La grúa se alzaba contra el cielo de la madrugada, una silueta de hierro que parecía un animal prehistórico con el cuello encorvado sobre la escollera.

A sus pies, tumbado sobre el asfalto mojado del muelle, yacía el contenedor.

Era un cuarenta pies pintado de un azul que la lluvia había vuelto casi negro, con la carcasa abollada en la esquina que había golpeado el suelo al caer.

Las marcas de la compañía naviera estaban impresas en los laterales, junto a la etiqueta naranja y amarilla de mercancía peligrosa que la niebla hacía parecer un aviso de incendio.

—¿Cómo ha caído? —preguntó Irati.

—Las eslingas han cedido —dijo el capataz—. Con este viento, las maniobras se complican. El cable debe de haberse fatiguado.

—¿Llevaba mucho tiempo en tierra?

—Toda la noche. Llegó en el último barco de la tarde, vino a inspección. Iba a salir de vuelta esta mañana.

—¿Vacío?

—Eso dicen los papeles.

Irati asintió despacio. No le gustó la palabra.

En los papeles los contenedores siempre dicen lo que conviene que digan; la verdad se escribe en otra parte, en los sellos, en el desgaste de las bisagras, en la forma en que se asienta el peso sobre las ruedas del carretillo.

Se acercó al contenedor sin prisa, siguiendo la línea de la eslinga que colgaba rota de la grúa, y se detuvo a mirar la sección del cable.

La lluvia le resbalaba por la nuca. Agachó un momento, encendió la linterna de su cinturón y apuntó al punto exacto donde el acero se había partido.

El cable no se había fatigado. La rotura no tenía los flecos desiguales de una tensión superada: era un corte limpio, perpendicular, con una mella de tenaza en el borde, como si alguien hubiera liberado la carga con una herramienta y hubiera dejado que el peso hiciera el resto.

Irati lo miró durante un tiempo que a los operarios les debió de parecer una eternidad.

Luego se levantó, se limpió las manos en el pantalón y miró al capataz con sus ojos grises, que en la luz del puerto parecían mar revuelto.

—Esto no es cansancio —dijo, y no añadió nada más, porque los operarios no necesitaban saberlo todavía.

El capataz la miró, la miró al capataz, y ninguno de los dos se atrevió a preguntar qué quería decir.

En el muelle, el viento de la galerna arrancaba los últimos papeles del suelo y los hacía girar en el aire como gaviotas heridas.

El olor del diésel se mezclaba con el de la mar abierta, y desde la bocana, allá donde las luces rojas y verdes del espigón parpadeaban en la oscuridad, llegaba el rumor de las olas golpeando los bloques de hormigón con un ritmo sordo y constante, como el de un corazón que no se decide a parar.

Irati encendió un cigarrillo, el único vicio que se permitía en las escenas, y lo apagó a los dos caladas, cuando el humo se le revolvió en el estómago con el olor del contenedor.

Se metió las manos en los bolsillos del pantalón de uniforme y se quedó un momento mirando la eslinga rota, la mella limpia de la tenaza, la forma exacta en que el corte respondía a la geometría de la carga.

Había visto cortes así una vez, hacía años, en un caso de sabotaje industrial en las constructoras de la ría.

Un cable no se corta solo, y un cable no se corta con un ángulo así.

Alguien había sabido exactamente dónde estaba el punto débil del aparejo, y alguien había esperado a que el contenedor estuviera a medio camino del cielo para liberar el peso.

La pregunta no era cómo había caído. La pregunta era por qué alguien quería que cayera, y qué pensaba encontrar el contenedor en el suelo.

—¿Quién manda la grúa de noche? —preguntó.

—Andoni —dijo el capataz—. Lleva veinte años en las maniobras, nunca ha tenido un parte. Está en la caseta, no quiere salir.

Irati miró hacia la caseta de control, una cabina de cristal iluminada a cuarenta metros, y vio la silueta de un hombre sentado, con las manos sobre la mesa, mirando al frente sin moverse.

—Que no salga —dijo—. Quiero hablar con él antes de que se le ocurra limpiar nada.

Alguien había querido que el contenedor cayera.

Alguien había querido que se abriera, o quizá había querido justo lo contrario: que nadie lo abriera jamás, que se hundiera en la ría con su contenido y que el mar se llevara la pregunta para siempre.

Irati miró el agua negra que golpeaba el muelle y pensó en su padre, que se había ido en una noche igual a esta, y apartó el pensamiento con un movimiento seco de la cabeza.

El sargento de la Capitanía Marítima llegó poco después, con un portapapeles y el casco impermeable puesto.

Era joven, con el pelo rubio pegado a la frente, y parecía aterrorizado por la responsabilidad que le habían encomendado.

Leyó el procedimiento en voz alta mientras un técnico marcaba con cinta amarilla el perímetro alrededor del contenedor y dos ertzainas mantenían a los curiosos a distancia.

—Mercancía peligrosa, declaración IMDG, clase 6.2 —dijo el sargento, y levantó la vista—. Sustancias infecciosas.

—¿Qué lleva dentro? —preguntó Irati.

—Vacío, según la ventanilla única. Un contenedor devuelto, sin carga. El manifiesto dice que salió con mercancía y regresa sin ella.

—Y sin embargo —murmuró Irati, sin apartar los ojos del contenedor—, pesa como si no viniera vacío.

El sargento la miró. El capataz la miró. Los estibadores la miraron. Irati no esperó a que nadie le diera la razón: dio dos pasos hacia la puerta del contenedor, donde el sello de seguridad colgaba roto, y apoyó la mano en la manivela metálica. La humedad le enfrió la palma.

—Abra —dijo al técnico.

—Señora inspectora, el protocolo dice que...

—Abra —repitió, y esta vez fue una orden.

El técnico giró la manivela. La puerta del contenedor se abrió con un lamento de hierro y goma que se mezcló con el viento, y el olor salió antes que la luz: un olor a producto químico, a plástico caliente y a mar cerrado, a algo que ha estado mucho tiempo dentro de una caja con poca ventilación.

Irati encendió su linterna y proyectó el haz hacia el interior.

En el suelo del contenedor, sobre una lona gris, yacía el cuerpo de una mujer.

Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, las piernas estiradas y los ojos cerrados.

El pelo castaño rizado le cubría medio rostro, y llevaba puesta una chaqueta de anorak verde con la cremallera subida hasta el cuello.

En el pecho, cosida sobre el bolsillo, llevaba una insignia bordada: la silueta de una montaña y, debajo, algo escrito que la lluvia y la suciedad del contenedor no dejaban leer.

Lo último que Irati vio, antes de que el mundo entero se volviera silencio, fue la pulsera de plástico blanco que rodeaba su muñeca izquierda, de esas que solo dan en los hospitales, con un nombre impreso en letras pequeñas.

Un nombre de paciente.

Ane Arrieta , leyó Irati, y repitió el nombre dos veces en silencio para que se le grabara en la memoria.

Treinta y un años, decía la pulsera. La pulsera blanca de un hospital de Bilbao, con el nombre, la fecha de nacimiento y un código de consulta que no tenía nada que ver con un muelle de graneles a las cuatro de la madrugada.

Ane Arrieta se despertó esa mañana con la lluvia golpeando los cristales del piso de la Ronda.

Casi no había dormido: había estado hasta las dos revisando el informe, el último, el que ya no podía firmar.

Se vistió como todas las mañanas —vaqueros, botas, el anorak verde con la insignia del club bordada en el pecho, AITZULO, la silueta de una montaña— y guardó en la mochila el móvil, el carnet y un cuaderno con las últimas páginas escritas a mano.

Hoy lo arreglo, pensó, y no supo si se lo decía a sí misma o al informe que había dejado encima de la mesa, donde cualquiera pudiera verlo.