CAPÍTULO 15 — LO QUE QUEDÓ GRABADO
El caso, sin embargo, no se cerró con la detención de Onofre Salcedo ni con la imputación de los Anzures.
La investigación abierta por el capitán Aznar sobre la connivencia del puesto local de la Guardia Civil con los intereses de la familia terminó, meses después, con la apertura de expediente a dos agentes que llevaban destinados en la zona más de quince años, y con una reforma interna, ampliamente comentada en la prensa regional, sobre los protocolos de rotación de efectivos en comarcas pequeñas donde ciertas familias acumulaban un poder desproporcionado sobre la vida cotidiana del territorio.
Marina siguió esas noticias a distancia, con el mismo interés distante con el que uno sigue el desenlace de una tormenta que ya ha dejado de amenazar directamente su propia casa.
Nébula cerró sus servidores el treinta de septiembre, tal como estaba previsto desde el principio.
La carpeta UV_NP, sin embargo, no llegó a borrarse: por indicación expresa de la comandancia provincial, todo el material fue requisado como prueba judicial antes de que Marina pudiera siquiera terminar de catalogarlo oficialmente, lo que dio pie, en las semanas siguientes, a una situación casi cómica en la que Marina tuvo que explicar, ante un juzgado, exactamente cómo había llegado a encontrar aquella carpeta perdida en un archivo de contenidos cancelados, y por qué había decidido, en contra de cualquier protocolo razonable de su empresa, seguir tirando del hilo hasta las últimas consecuencias.
—Porque alguien tenía que mirar —le respondió al juez, en una frase que después repetiría, casi sin darse cuenta, cada vez que alguien le preguntaba por qué había hecho lo que había hecho—.
Y porque en algún momento entendí que mirar, cuando nadie más está dispuesto a hacerlo, deja de ser un trabajo y se convierte en una responsabilidad.
Pasaron los meses. Marina dejó Nébula, ya sin servidores que catalogar, y aceptó un puesto en un pequeño archivo audiovisual dedicado a preservar el patrimonio cinematográfico de comunidades rurales, un trabajo que, según le confesó a Bruno Ferreira en una de las pocas llamadas que siguieron manteniendo, le parecía ahora mucho más importante de lo que le había parecido antes de conocer Cerezal del Bajo: la certeza de que en los archivos olvidados, en las carpetas sin catalogar, en las cintas que nadie se molesta en revisar, a veces se esconde no solo la memoria de lo que fue, sino la posibilidad de reparar, aunque sea parcialmente y con veintidós años de retraso, lo que en su momento no se pudo o no se quiso reparar.
Bruno Ferreira, por su parte, abandonó su puesto en la pequeña distribuidora de documentales y, con el respaldo de su antiguo contacto periodístico, empezó a trabajar en un documental propio sobre todo lo ocurrido, un proyecto que avanzaba despacio, entre trámites judiciales y declaraciones que aún tardarían años en resolverse del todo, pero que él describía, cada vez que hablaba con Marina, como «la manera que tengo de terminar por fin lo que Bruno y Carla empezaron, esta vez sin dejar a nadie más tirado del hilo en solitario».
Pilar, por último, siguió regentando su casa rural en Cerezal del Bajo, aunque le contó a Marina, en una de sus llamadas, que el negocio había empezado a recibir, para su propia sorpresa, un goteo constante de reservas de gente que quería visitar el pueblo después de que la historia saltara a los periódicos nacionales, un tipo de turismo incómodo que Pilar aceptaba con resignación, «porque al menos», decía, «esta vez vienen sabiendo ya toda la verdad, y no a preguntarla a ciegas como hiciste tú».
Marina, por su parte, tardó meses en volver a dormir sin sobresaltarse ante cualquier ruido nocturno, un efecto secundario de aquellos días que ningún periódico llegó a mencionar en sus crónicas sobre el caso y que ella nunca compartió con nadie más allá de un par de sesiones con una psicóloga que le recomendó, sin insistir demasiado, una amiga de la Filmoteca.
Con el tiempo, la sobresaltada vigilancia de los primeros meses fue dando paso a algo distinto, más parecido a una atención renovada hacia los detalles pequeños de cualquier historia que se cruzara en su camino, profesional o personal: la certeza, adquirida a un precio que todavía le costaba nombrar del todo, de que las cosas importantes casi nunca están donde uno espera encontrarlas a primera vista, sino escondidas en el margen, en la carpeta sin catalogar, en el silencio que todo el mundo ha decidido, por comodidad o por miedo, dejar de escuchar.
Una tarde de noviembre, casi un año después de aquella primera noche en la sala de servidores de Nébula, Marina recibió un paquete sin remitente en su nuevo domicilio.
Dentro había un disco duro pequeño, de color negro, con las esquinas desgastadas, y una nota manuscrita, con una letra temblorosa que reconoció de inmediato como la de Restituto Peña.
«Querida señorita Uceda: mi médico me ha dicho que me quedan pocos meses, y he decidido que hay ciertas cosas que no quiero llevarme conmigo sin que nadie las conserve.
Este disco tiene una copia de todo lo que grabé a lo largo de los años en las bodegas, no solo la noche de Áurea.
Hay más cosas ahí de las que nunca le conté a nadie, cosas que quizá ya no importen legalmente, pero que a lo mejor a usted, que sabe mirar donde otros no quieren mirar, le sirven para entender del todo lo que fue este pueblo durante los últimos cuarenta años.
Haga con ello lo que su conciencia le dicte.
Yo, por fin, después de tanto tiempo, puedo dormir tranquilo. »
Marina se quedó mirando el disco duro durante un largo rato, sentada a la mesa de su nueva casa, con la luz de la tarde entrando oblicua por la ventana, y pensó en Carla Injuste, en la última frase de aquel documento que había encontrado semanas atrás en la carpeta de un proyecto cancelado: para quien continúe esto.
Alguien había continuado, por fin. Y ahora, con aquel disco duro entre las manos, entendió que aquella historia, la que había empezado como un simple trabajo de catalogación en una sala de servidores fría a las nueve de la noche, todavía no había terminado del todo.
Quizá, pensó, mientras conectaba el disco a su ordenador y esperaba a que la pantalla se iluminara con nuevos archivos por descubrir, ninguna historia de las que de verdad importan termina nunca del todo. Solo cambia, de vez en cuando, de manos.
FIN