Lo que pasa en Santorini Capítulo Veinticuatro #3
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Capítulo Veinticuatro #3

—Acidez —dijo al fin el chef, casi a su pesar—. Lo que pide es acidez. —Agarró un limón y se le lanzó—. Toma. Tú que lo sientes, échaselo. Poco a poco, que si te pasas te mato.

Vicky exprimió unas gotas, removió, le acercó la cuchara. Jaime probó. Cerró los ojos. Hubo un segundo de silencio que en aquella cocina era un acontecimiento geológico.

—¿Quién te ha enseñado a ti a tener este paladar?

—Mi familia. En Puerto Rico.

—Pues tu familia sabe más que media escuela de hostelería de esta ciudad. —Se giró hacia la cocina y berreó—: ¡Sale la mesa ocho! ¡Y que nadie le toque el limón a la niña!

Esa noche, mientras limpiaban la cocina, Vicky conectó la bocina del teléfono y soltó un reguetón a todo volumen, de esos que en Bayamón te levantan de la silla.

Los cocineros se tensaron un poco —eso no era lo que se esperaba en una cocina como aquella—, pero a los treinta segundos estaban todos perreando entre los fogones apagados.

Hasta Jaime, el cascarrabias, marcó dos pasos con una torpeza tan solemne que Vicky no pudo evitar la risa.

—Jaime —le dijo, sin aliento—, un día de estos te hago un mofongo con un mojito isleño que te chupas los dedos.

—¿Un qué?

—Un mofongo. La gloria de Dios en la tierra.

—Pues, niña —el hombre se secó el sudor con el trapo del hombro—, lo tomo como una promesa.

Y por primera vez en mucho tiempo, Vicky sintió eso tan raro, tan peligroso: que pertenecía a un sitio.

E l veneno llegó como llegan estas cosas: en astillas pequeñitas.

Una frase pescada al vuelo en donde descansaban y se vestían antes de entrar o salir del turno.

Dos cocineros que callaban de repente cuando ella entraba a buscar su chaquetilla.

Una risita de más. Hasta que un día, en la puerta de atrás, mientras Laura se fumaba un cigarrillo en medio del descanso del turno, se lo dijo de frente, porque Laura era así, de las que preferían la verdad fea a la mentira bonita.

—Mira, Vicky, te lo digo porque me caes bien. Hay gente aquí que se pasa.

—¿Que se pasa cómo?

Laura le dio una calada al cigarrillo, se veía incómoda.

—Que si entraste sin saber coger un cuchillo. Que si te acuestas con el jefe y eso te da privilegios, por eso entraste sin ninguna preparación. Que si no tienes papeles. —Encogió un hombro—. Cosas. Ya sabes cómo es esto.

Vicky asintió despacio, como si le hubieran clavado tres agujas a la vez.

Porque lo peor era que cada astilla tenía una esquina de verdad.

No sabía agarrar un cuchillo. Era, técnicamente, la mujer del jefe.

Y no, todavía no tenía papeles. Tres dardos lanzados a su parte más blanda, y dieron los tres.

Esa noche, de vuelta a Pan Bendito, en la cama el resorte clavándosele en la espalda, sintió subir lo de siempre. El impulso viejo, conocido, casi cómodo.

Renuncio. Mañana mismo. Le digo a Mateo que este trabajo no es para mí, que me quedo en la floristería, aunque Cayetana no me dé un contrato y no me sirva para los papeles, mejor lo dejo y ya.

Tenía el discurso entero montado antes de quitarse los zapatos. Salir corriendo, cerrar la puerta, empezar otra vez en otro sitio donde nadie supiera nada de ella.

Pero entonces se acordó la Salsa Lasarte ligándose entre sus manos.

Del silencio de Jaime cuando probó lo que ella había arreglado con un simple limón.

Del reguetón entre los fogones apagados.

Y se dio cuenta, con una claridad que casi dolía, de que no quería irse.

Que amaba aquella cocina infernal, el griterío de Jaime, sus correcciones que la dejaban en evidencia y, con el mismo golpe, le enseñaban algo.

Que en aquellas semanas había aprendido más de sí misma que en años.

Que por primera vez tenía un sitio que no le habían regalado.

No renunció.

A la una de la tarde al día siguiente llegó puntual, como siempre, entró a la misma hora que el chef.

Se puso la chaquetilla delante de los que cuchicheaban, sin mirarlos, y afiló su cuchillo.

Si querían que se diera por vencida, iban a tener que tragarse a la mejor ayudante que aquella cocina hubiera visto.

Lo había decidido. Solo le faltaba demostrarlo.

L a noticia llegó a las cinco de la tarde, con el primer servicio a dos horas de distancia.

Las mesas de trabajo acumulaban tareas sin terminar: cuchillos a medio usar, cebollas sin picar, caldos sin colar.

Faltaba organizar esa línea de batalla previa, la preparación milimétrica que evita que la cocina arda.

Jaime no venía. Su hijo mayor había sufrido un percance de salud y lo llevaban de urgencia al hospital y el chef había salido pitando sin quitarse siquiera el delantal.

La cocina se quedó muda por varios segundos. Y rápido comenzó a desmoronarse.

—¿Y ahora quién dirige? —dijo uno de los meseros.

—Yo no pienso responsabilizarme de un servicio entero, ¿eh? —soltó uno de los cocineros y se volteó para seguir en lo suyo.

—¿Llamamos a Jaime? —preguntó uno de los lavaplatos de forma cándida y se encogió de hombros.

—Tú vas a llamar al hombre al hospital, sí —dijo Laura—. Muy listo de tu parte.

Las voces empezaban a juntarse unas sobre otras, ese ruido feo del miedo cuando se contagia.

Vicky sintió el suyo propio, el de siempre, trepándole por la garganta: vete, di que tú eres la última, que esto no es asunto tuyo, escóndete detrás de cualquiera.

La receta vieja, la confiable. La que se sabía de memoria.