Capítulo 48
El vehículo no parecía una jaula.
No había barrotes.
Ni esposas visibles desde el interior.
Solo asientos tapizados, cristales oscurecidos y el ritmo constante de las llantas sobre el pavimento.
Era el tipo de transporte diseñado para parecer un procedimiento administrativo, no un castigo.
Diego permanecía sentado en el asiento trasero con las manos entrelazadas sobre el regazo.
Frente a él, uno de los agentes mantenía la vista fija en la carretera, no en su rostro.
Era una decisión deliberada.
Distancia disfrazada de profesionalismo.
Sin confrontación.
Sin espectáculo.
Las calles de Kalas desfilaban fragmentadas detrás de los cristales polarizados.
La esquina de un edificio.
La parte trasera de un autobús estacionado.
El destello de color de un puesto de mercado.
Fragmentos de una ciudad que había aprendido a recorrer por instinto y que ahora se reducía a un paisaje del que ya no formaba parte.
Intentó recordar la última vez que había caminado por aquellas calles sin buscar constantemente una vía de escape.
No encontró la respuesta.
El vehículo comenzó a reducir la velocidad.
No de forma brusca.
Ni dramática.
Simplemente con la desaceleración gradual de lo inevitable.
Diego lo sintió antes de verlo a través del parabrisas.
Ese instante en que el movimiento deja de ser un trayecto para convertirse en un destino.
El edificio del Departamento de Seguridad Nacional no imponía por su tamaño.
No lo necesitaba.
Su presencia era estructural.
No simbólica.
Hormigón.
Cristal.
Banderas que apenas se movían bajo el aire inmóvil de la mañana.
Diego acomodó instintivamente la chaqueta, alisando la tela con las manos, como si la apariencia todavía pudiera cambiar algo.
La puerta se abrió.
—Baje, señor Barrera.
La voz del agente no sonó áspera.
Tampoco amable.
Simplemente profesional.
Diego descendió.
El suelo se sintió diferente bajo sus pies.
Firme.
Tan firme que cualquier intento de huir resultaba absurdo.
Dentro del antiguo edificio de piedra, las voces resonaban por pasillos que nunca habían sido concebidos para negociar.
Mientras lo conducían hacia el interior comprendió algo que lo inquietó incluso más que las restricciones que vendrían después.
Nadie tenía prisa.
Aquello ya no era una persecución.
Era un ingreso.
La actualización fue transmitida de inmediato.
Sujeto bajo custodia.
Traslado al área de retención formal en curso.
Menores bajo protección en ubicación separada.
Medidas de protección activas.
Rojas cerró el expediente.
Durante meses, cada movimiento había consistido en persecuciones, demoras, maniobras, desapariciones y reapariciones.
Ahora el ritmo había cambiado.
Aquello ya no era una persecución.
El caso acababa de cruzar otro umbral.
Había entrado en la fase del procesamiento.
Y cuando un procedimiento alcanzaba ese punto...
dejaba de ser algo que pudiera doblarse con facilidad.
En la ciudad donde había permanecido oculto durante tanto tiempo, Diego fue conducido hasta una sala que no era un cuarto de interrogatorios.
Tampoco una celda.
Era simplemente un espacio diseñado para albergar personas mientras los sistemas decidían cuál sería el siguiente paso.
La puerta se cerró detrás de él con un sonido apenas perceptible.
Casi suave.
Por primera vez desde que había huido...
ya no existía ningún lugar hacia el que pudiera orientar sus planes.
Ninguna salida que preparar.
Ningún hijo detrás del cual pudiera protegerse.
Ninguna versión de la historia que todavía pudiera reorganizar.
Solo quedaba el tiempo.
Y comenzaba a comprender...
que el tiempo ya no le pertenecía.