Lo Que Ocultan Estas Paredes Capítulo 33
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Capítulo 33

Diego Barrera permanecía sentado en una silla prestada, dentro de un despacho de abogados que no había hecho demasiadas preguntas antes de aceptar el pago.

Las paredes estaban desnudas.

Temporales.

Como todo lo que formaba parte de su vida ahora.

Su abogada —una profesional local, discreta y extraordinariamente prudente— acomodó sus gafas mientras repasaba la solicitud enviada por Valmora.

—Quieren que regrese —dijo—. De inmediato.

Diego exhaló lentamente por la nariz.

—¿Y?

—Nos opondremos a la extradición —respondió con serenidad—. Basándonos en cuestiones de jurisdicción. Todavía no han encontrado el cuerpo. La confesión es parcial. Y Genosha no concede extradiciones de manera automática.

Diego se inclinó hacia delante.

—Me dijo que esto nos daría tiempo.

—Así será —contestó ella—. Pero el tiempo no es seguridad.

Es una herramienta.

Diego asintió despacio.

Eso era algo que aún comprendía muy bien.

Una herramienta.

Una ventaja.

La oposición formal a la extradición fue presentada aquella misma tarde.

El documento sostenía que:

No se habían recuperado los restos de la víctima.

La confesión carecía de detalles suficientes.

La presencia de los menores complicaba la extradición por posibles razones humanitarias.

Diego Barrera continuaba colaborando con las autoridades a través de su representación legal.

Cada uno de aquellos argumentos era, técnicamente, correcto.

En conjunto...

constituían una maniobra para retrasar el proceso.

En San Alejo, Alicia leyó el resumen con las manos temblorosas.

—Están diciendo que no deberían devolverlo —susurró—. Que todavía no hay pruebas suficientes.

Luis Fernando leyó el documento por encima de su hombro.

Su mandíbula permanecía tensa.

—Están diciendo exactamente lo que siempre dicen quienes tienen dinero.

Rojas no intentó suavizar la realidad.

—Aquí es donde todo se vuelve más difícil.

No porque falten pruebas.

Sino porque el procedimiento permite retrasos.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó Alicia.

Rojas vaciló unos instantes.

—Semanas.

Meses.

Tal vez más, si presentan recursos uno tras otro.

La mano de Alicia se aferró con fuerza al borde de la mesa.

—¿Y los niños?

—Siguen con él.

Pero están siendo vigilados.

Él también.

Guardó silencio un momento antes de añadir:

—Todavía no van a volver con ustedes.

Aquello era lo más cruel de todo.

Diego recibió la noticia con un alivio evidente.

—Todavía no pueden tocarme.

Su abogada no compartía ese optimismo.

—Esto no es una victoria.

Es una pausa.

Y las pausas suelen hacer que la gente baje la guardia.

Diego desestimó la advertencia.

Estaba convencido de que la imprudencia era un error que cometían los demás.

Nunca él.

Aquella noche, mientras la lluvia golpeaba suavemente las ventanas del apartamento, Diego observó a los niños dormir.

Permanecían muy juntos sobre el colchón.

Mario y Salma en los documentos.

Mateo y Sofía en la realidad.

Volvió a repetirse la misma idea que llevaba diciéndose desde hacía semanas.

Que seguía teniendo el control absoluto de la situación.

Que todo estaba bien.

Pero no muy lejos de allí...

en oficinas que nunca dormían...

dentro de sistemas que jamás olvidaban...

las piezas seguían moviéndose.

La batalla por la extradición acababa de comenzar.

Y, por primera vez desde que huyó...

Diego Barrera ya no era el único que marcaba el rumbo.

Ahora había fuerzas que empezaban a empujarlo de regreso.