Capítulo 19
La sala de interrogatorios olía a café recalentado y desinfectante. El detective Rojas había estado allí decenas de veces a lo largo de los años, pero aquella noche el lugar se sentía distinto, más pesado, como si las propias paredes comprendieran lo que estaba a punto de ocurrir.
Diego Barrera estaba sentado frente a la mesa metálica, con las manos entrelazadas tan fuertemente que los nudillos habían perdido el color. La confianza que antes llevaba como una armadura había desaparecido. Lo único que quedaba era algo más frágil, más agudo: cálculo mezclado con miedo.
Rojas no se sentó de inmediato. Permaneció de pie junto a la puerta mientras abría el expediente con una lentitud deliberada.
—Sabe por qué está aquí —dijo.
Diego tragó saliva.
—Usted dijo que tenía algunas preguntas.
—Así es —respondió Rojas.
Finalmente tomó asiento y colocó el expediente entre ambos.
—Pero antes quiero que entienda algo. Esto ya no se trata de inconsistencias. Se trata de decisiones.
Diego apretó la mandíbula.
—He cooperado con la investigación.
—No. Usted ha intentado mantener el control —respondió Rojas con calma—. Y hay una gran diferencia.
Deslizó una fotografía sobre la mesa.
La imagen era de mala calidad, pero inconfundible: la huella parcial junto al límite de la propiedad y, a pocos centímetros, la cinta para el cabello.
Diego la miró apenas un instante antes de apartar la vista.
—Eso no demuestra nada.
Rojas asintió.
—Por sí solo, no. Como tampoco el cloro. Ni las fibras. Ni el registro de llamadas borrado. Ni el dinero que transfirió tres días antes de la desaparición de Elisa.
Pasó la página del expediente.
—Ni el hecho de que Maribel, la niñera de sus vecinos, huyera de la ciudad pocas horas después de hablar conmigo.
Hizo una breve pausa antes de continuar.
—Y pocos días después, Olga, su propia empleada doméstica, abandonó su trabajo.
Aquellas palabras dieron en el blanco.
La respiración de Diego vaciló apenas un instante.
La primera grieta.
—Ella estaba confundida —dijo Diego—. La gente entra en pánico.
—La gente huye cuando tiene miedo —respondió Rojas—. Y el miedo casi siempre tiene una causa.
El silencio que se instaló entre ambos era espeso, asfixiante.
Rojas se inclinó ligeramente hacia adelante.
—Hábleme de la discusión.
Diego soltó una breve risa seca.
—Todo el mundo discute.
—Esto no era una discusión cualquiera —dijo Rojas—. Era una mujer que estaba preparándose para irse. Una mujer que había dejado por escrito el miedo que sentía. Una mujer cuyos hijos dibujaban la casa tal y como la percibían por las noches.
Los ojos de Diego destellaron con rabia.
—No tiene ningún derecho a involucrar a mis hijos.
—Tengo todo el derecho de escucharlos —respondió Rojas con serenidad—. Ellos ya están viviendo dentro de la verdad.
Por primera vez, Diego pareció cansado.
No estaba a la defensiva.
Estaba agotado.
—Ella no entendía —murmuró.
Rojas no lo interrumpió.
—Iba a destruirlo todo —continuó Diego en voz baja—. El negocio. Mi reputación. Nuestra familia.
—¿Nuestra? —repitió Rojas con suavidad.
Diego levantó la vista. Durante un instante, algo profundamente humano cruzó su rostro.
—Dijo que se iba a llevar a los niños.
Rojas sintió el cambio.
Era el momento en que la justificación comenzaba a disfrazarse de confesión.
—¿Y usted qué le respondió? —preguntó.
Diego dudó.
Sus dedos se contrajeron sobre la mesa.
—Le dije que estaba exagerando.
Rojas sostuvo su mirada.
—¿Y después?
Hubo otra pausa.
Esta vez más larga.
Las paredes parecían vibrar con el leve crujido del edificio al asentarse, como si el propio lugar contuviera la respiración.
—Le dije que no podía irse.
Rojas no escribió una sola palabra.
Simplemente escuchó.
Fuera de la sala, la estación de policía seguía funcionando con normalidad: sonaban teléfonos, resonaban pasos en los pasillos.
Pero allí dentro, el tiempo se había reducido a un único instante.
Un instante irreversible.
Rojas conocía muy bien ese momento.
Ese punto en el que la verdad permanece justo debajo de la superficie, esperando ser enfrentada...
o enterrada para siempre.
Cerró el expediente con cuidado.
—Todavía tiene una elección —dijo—. Lo que ocurra a partir de ahora lo acompañará el resto de su vida. Y acompañará a sus hijos durante mucho más tiempo.
Diego permaneció mirando la superficie de la mesa, con los ojos vidriosos.
Por primera vez desde la desaparición de Elisa, el silencio ya no lo protegía.
Lo acusaba.
Y Rojas podía sentir cómo ese silencio se cerraba sobre ellos, exigiendo que alguien, por fin, lo rompiera.