Capítulo 18
La mañana transcurrió sin ninguna sensación de urgencia.
El desayuno se sirvió a la hora de siempre.
Los niños comieron en silencio, distraídos únicamente por la rutina.
Diego los observaba desde la cabecera de la mesa, escuchando aquellos pequeños sonidos cotidianos: los cubiertos golpeando suavemente la porcelana, las sillas moviéndose, una breve discusión infantil por algo sin importancia.
La normalidad se había convertido en una representación.
Y, como toda representación, exigía precisión.
Más tarde, Diego hizo una serie de llamadas que parecían corresponder más a cuestiones logísticas que estratégicas. Un conductor. Un administrador de la escuela. Un conocido de la familia que le debía un favor y que no hizo preguntas.
Cada conversación fue breve.
Cada una terminó con una confirmación.
No levantó la voz.
No mostró prisa.
Nada en su comportamiento hacía pensar en una partida.
Rojas pasó la mañana revisando cronologías que ya no encajaban con la misma claridad. El problema no eran las contradicciones.
Eran las omisiones.
Vacíos que parecían deliberados.
Demoras que no podían explicarse únicamente por la confusión.
Rojas observó que Diego casi siempre se presentaba como alguien que reaccionaba a los acontecimientos.
Como una persona a la que las cosas simplemente le ocurrían.
Rara vez como alguien que tomaba la iniciativa.
Sin embargo, las medidas administrativas comenzaban a endurecerse. Los servicios sociales habían solicitado documentación adicional. En el Ministerio Público ya se discutían procedimientos concretos, no simples hipótesis.
La especulación estaba dando paso a la acción.
En la casa Barrera Montenegro, Diego recorrió habitaciones en las que había vivido durante años, fijándose en detalles que ya no parecían tener importancia: la alineación de los muebles, una leve decoloración en una pared, la ausencia de algo que no lograba identificar.
Se detuvo unos instantes en el baño principal.
Todo estaba en su lugar.
Todo parecía normal.
Mauricio llamó al final de la tarde.
Fue una conversación breve.
Cuidadosamente medida.
—Están acelerando el proceso —dijo.
—Lo sé —respondió Diego.
Hubo una pausa.
—¿Qué piensas hacer?
Diego tardó unos segundos en responder.
—Voy a proteger lo que es mío.
Mauricio no dijo nada más.
Aquella noche, Rojas recibió un informe que esperaba desde hacía días.
No era una prueba.
No era una confirmación.
Era una escalada en la investigación.
Una solicitud para ampliar las medidas de supervisión.
Una recomendación que aún necesitaba la aprobación formal correspondiente.
Todavía no estaba firmada.
Pero lo estaría.
Muy pronto.
En casa, Diego ayudó a los niños a prepararse para dormir. Se movía despacio, deliberadamente. Les leyó un cuento. No los corrigió. No les hizo preguntas.
Cuando apagó la luz, permaneció de pie en la puerta de la habitación más tiempo de lo habitual.
Desde afuera, parecía un gesto de cariño.
Desde adentro, era una decisión.
***
En otro punto de la ciudad, la conversación continuaba.
La historia había vuelto a cambiar.
No era más escandalosa.
Era más precisa.
Había menos compasión.
Y más sospechas.
Había menos paciencia para la incertidumbre.
El caso ya no era una investigación que comenzaba a desarrollarse.
Era una situación que se acercaba a un punto de quiebre.
Diego cerró la puerta de su despacho y permaneció solo.
No hizo maletas.
No escribió nada.
Simplemente esperó.
No de forma pasiva.
Sino con atención.
Esperó la alineación final de las circunstancias.
Y cuando ese momento llegara, no anunciaría su llegada.
Nunca lo hacía.