Capítulo 16
La reunión fue breve.
Así fue como Rojas supo que era importante.
Dentro del Ministerio Público, las decisiones ya no surgían tras largos debates ni discusiones interminables. Eran directas, precisas y despojadas de especulaciones. El lenguaje se había vuelto técnico. Preventivo. Ya no se trataba de preguntarse si ocurriría algo, sino de cuándo.
Rojas escuchó mientras la fiscal explicaba los siguientes pasos.
No habría ningún anuncio.
Ninguna acción inmediata.
Solo autorizaciones.
Autorización para solicitar el congelamiento de activos financieros, si fuera necesario.
Autorización para alertar a las autoridades sobre cualquier intento de abandonar el país.
Autorización para proceder si las circunstancias así lo exigían.
La planificación para distintos escenarios había entrado oficialmente en la investigación.
—Esto no significa que vayamos a presentar cargos —dijo la fiscal, como si hubiera anticipado la pregunta.
—No —respondió Rojas—. Significa que estaremos preparados.
Ella asintió.
—Y que actuaremos con discreción.
En Altavilla, la discreción se había convertido en algo frágil.
Diego Barrera percibió el cambio antes de que alguien se lo dijera. Las llamadas tardaban más en ser devueltas. Las reuniones ya no se programaban; se posponían. Incluso el tono de las conversaciones había cambiado: donde antes había seguridad, ahora predominaba la cautela.
Mauricio Cedeño elegía sus palabras con mucho más cuidado.
—Se están posicionando —dijo durante una de sus reuniones—. Eso no es una acusación. Es una cuestión de estrategia.
—¿Y cuándo la estrategia se convierte en un cerco? —preguntó Diego.
—Cuando las salidas comienzan a reducirse —respondió Mauricio.
Diego no dijo nada.
Ya lo había comprendido.
Rojas regresó a la casa Barrera Montenegro esa misma tarde, no para confrontar a Diego, sino para confirmar algunas observaciones. La visita quedó registrada. Anotada.
En el interior, nada parecía haber cambiado. No había señales de alteración. Ningún indicio de preparativos. Esa misma ausencia de cambios le pareció deliberada.
Diego lo recibió con la misma contención de siempre.
—Es usted muy minucioso —dijo Diego.
—Es mi trabajo —respondió Rojas.
—¿Y cuánto tiempo suele tomar un trabajo como el suyo?
Rojas sostuvo su mirada.
—El tiempo que sea necesario.
La situación de los niños volvió a surgir aquella noche, aunque no desde un punto de vista emocional, sino administrativo. Registros escolares. Documentación sobre la custodia. Medidas de tutela temporal.
Procedimientos establecidos para momentos en los que las certezas dejan de existir.
Rojas revisó cada documento con calma.
Una vez que esos procesos comenzaban, rara vez se detenían.
Esa noche, San Alejo continuó con su rutina habitual. El tráfico seguía su curso. Los restaurantes estaban llenos. En la radio se hablaba de política, del clima, de deportes y, como era inevitable, de Elisa Montenegro.
Rojas apagó la radio antes de que terminara el segmento.
Ya en su despacho, volvió a ordenar el expediente: los mismos documentos, las mismas fotografías.
Pero su significado había cambiado.
Donde antes había preguntas, ahora había una dirección claramente definida.
El caso ya no esperaba revelar la verdad.
Había comenzado a avanzar.
Y todo avance genera urgencia.
Al otro lado de la ciudad, Diego permaneció solo durante más tiempo de lo habitual.
El silencio se sentía diferente.
Parecía una advertencia.
El control exigía anticiparse a los acontecimientos.
Y anticiparse exigía tomar decisiones.
Cuando finalmente se levantó para apagar las luces, algo había cambiado.
No en el mundo exterior.
Sino dentro de él.
Había comprendido que el tiempo ya no jugaba a su favor.