Capítulo 15
La solicitud llegó en silencio.
No como una acusación.
Tampoco como una amenaza.
Sino como una petición de cooperación.
Diego Barrera la recibió a primeras horas de la tarde.
Se la entregó una asistente que evitó mirarlo a los ojos mientras le extendía el sobre.
El lenguaje de la carta era preciso, sobrio e inequívoco.
El Ministerio Público solicitaba un acceso más amplio a información que hasta entonces había sido considerada secundaria: registros financieros, historiales de comunicaciones y agendas.
El perímetro de la investigación había cambiado.
Diego leyó la carta dos veces antes de dejarla boca abajo sobre su escritorio.
No reaccionó de inmediato.
Sabía que el control dependía del momento oportuno.
Mauricio Cedeño llegó menos de una hora después.
—Están cerrando el cerco —dijo Mauricio después de leer el documento—. Era inevitable.
—No tienen pruebas —respondió Diego.
—Todavía no las necesitan —contestó Mauricio con calma—. Lo que necesitan es ejercer presión.
En el Ministerio Público, precisamente eso era lo que Rojas pretendía.
Se reunió con analistas forenses, luego con investigadores financieros y, más tarde, con fiscales cuyas preguntas se volvían cada vez más incisivas con el paso de las horas.
El caso ya no pertenecía a una sola oficina.
Se había extendido.
De manera deliberada.
Así era como cobraba impulso una investigación.
Rojas escuchó mientras uno de los analistas resumía los hallazgos más recientes.
Nada dramático.
Nada concluyente.
Pero era suficiente.
Suficientes inconsistencias.
Suficientes omisiones.
Suficiente silencio allí donde debería haber habido respuestas.
Cerró lentamente su libreta.
—Ya hemos dejado atrás la etapa rutinaria —dijo—. De ahora en adelante, cada paso deberá ser intencional.
Afuera, los medios de comunicación también comenzaban a reflejar ese cambio.
Las referencias al caso eran constantes en los noticieros de televisión y en la radio informativa; ya no con un tono sensacionalista ni cargado de especulaciones, sino con una cautela que dejaba entrever que algo importante estaba por suceder.
Los presentadores escogían cuidadosamente cada palabra.
Los comentaristas formulaban preguntas en lugar de aventurar teorías.
¿Por qué se habían pospuesto ciertas entrevistas?
¿Qué información aún no se había dado a conocer?
La curiosidad del público se había transformado en expectativa.
Muy a su pesar, los niños habían regresado a la escuela. Su ausencia durante el día hacía que la casa pareciera aún más vacía que cuando estaban en ella. Sus habitaciones permanecían intactas. Las camas tendidas. Los juguetes cuidadosamente acomodados. Una quietud que parecía impuesta, no natural.
Rojas también se dio cuenta de ello.
Cuando mencionó el tema ante Diego, la respuesta fue inmediata.
—Es mejor que vayan a la escuela —dijo Diego—. Además, necesitan distraerse.
Hizo una breve pausa antes de añadir:
—El ambiente aquí no les hace ningún bien.
—La incertidumbre tampoco —respondió Rojas.
Diego no contestó.
El silencio se prolongó.
No era un silencio tenso.
Era un silencio calculado.
En su fachada, algo cambió.
Solo por un instante.
Pero lo suficiente.
Al caer la noche, el Ministerio Público autorizó el siguiente paso de la investigación.
No hubo anuncios.
Ni conferencias de prensa.
Ni espectáculo.
Solo preparación.
Rojas reunió sus expedientes, apagó la lámpara de su escritorio y se detuvo un instante antes de salir de la oficina.
Comprendía ahora que el caso había cruzado una línea invisible.
De la búsqueda...
al escrutinio...
y del escrutinio...
a la estrategia.
Y una vez que una investigación llegaba a ese punto, ya no había vuelta atrás.
Alguien tendría que responder.