Lo Que Ocultan Estas Paredes Capítulo 12
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Capítulo 12

La primera presión verdadera no provino de la policía.

Provino de la opinión pública.

En las afueras de Altavilla, comenzaron a reunirse los medios de comunicación.

Al principio no eran multitudes; solo una unidad móvil, luego otra, estacionadas a prudente distancia mientras los reporteros esperaban que algo cambiara.

Una declaración. Algún movimiento. Cualquier indicio de que la vida no se había detenido por completo dentro de la residencia Barrera Montenegro.

Para el tercer día, la historia había trascendido San Alejo.

Había cruzado las fronteras de Valmora.

Elisa Montenegro ya no era simplemente una mujer desaparecida.

Se había convertido en la pregunta que todo un país ya no podía ignorar.

Dentro del Ministerio Público, su expediente aumentaba de grosor a medida que pasaban las horas. Fotografías. Declaraciones de testigos. Notas escritas a mano en letra diminuta en los márgenes de los formularios oficiales.

La investigación había dejado de ser un procedimiento rutinario.

Incluso el lenguaje había cambiado.

La palabra preocupación aparecía con frecuencia.

Después, en probabilidad .

Luego, casi en silencio, violencia .

Rojas percibió ese cambio mucho antes de que alguien se atreviera a expresarlo abiertamente.

Sobre su escritorio, las pruebas permanecían cuidadosamente organizadas: la cronología presentada por el esposo, las vacilaciones de la empleada doméstica, las pertenencias desaparecidas, y las cámaras de seguridad que habían dejado de funcionar en el momento más conveniente.

Por separado, cada elemento tenía una explicación.

Juntos, formaban algo mucho más oscuro.

Algo intencional.

Golpeó suavemente el escritorio con la punta del bolígrafo.

—Nadie desaparece así de una vida cuidadosamente encerrada entre cuatro paredes —murmuró.

Mauricio Cedeño llegó al final de la tarde. Su presencia no había sido anunciada, aunque tampoco resultaba inesperada. Llevaba una compostura casi calculada; la de un hombre acostumbrado a desenvolverse en situaciones delicadas detrás de puertas cerradas.

—¿Quería verme, detective? —preguntó Mauricio.

—Quiero claridad —respondió Rojas, señalando el expediente—. Y usted parece estar lo suficientemente cerca de esta situación como para ayudarme a encontrarla.

Mauricio estudió la carpeta sin llegar a abrirla.

—Diego es un hombre disciplinado. Calculador, sí. Controlador, en ocasiones. ¿Pero capaz de algo tan... drástico?

Dejó la pregunta suspendida en el aire.

—En casos como este, la gente termina sospechando de todo y de todos.

Rojas no respondió.

De regreso en Altavilla, la casa había adquirido una presencia distinta.

Ya no parecía un hogar.

Parecía un recipiente herméticamente sellado donde los recuerdos se negaban a desaparecer.

Cada paso resonaba un poco más que el anterior.

Cada superficie parecía esperar unas manos que nunca volverían a tocarla.

En el baño principal, el espejo mostraba una imagen normal e impecable: las toallas perfectamente dobladas, los frascos alineados y el tenue olor a desinfectante que aún permanecía en el ambiente.

Parecía demasiado perfecto.

Una limpieza cuidadosamente calculada.

Imaginó a Elisa de pie frente al espejo, observando su propio reflejo, como queriendo memorizar su rostro.

Como si hubiera sabido que algún día esa imagen tendría importancia.

Se preguntó cuál habría sido el momento que más miedo le produjo.

Y cuál habría sido el instante en que comprendió que no estaba imaginando cosas.

Ya no era miedo.

Era certeza.

***

Alicia y Luis Fernando le preguntaron a Diego si podían llevarse a los niños a su casa.

—Para alejarlos un poco de toda la tensión que se vive aquí —dijo Alicia—. Los niños están pasando por momentos muy difíciles y esta situación les está afectando.

—No estoy de acuerdo —respondió Diego—.

Guardó silencio unos segundos antes de continuar.

—Extrañan a su madre —dijo—. Y alejarlos de mí, su padre, solo empeoraría las cosas.

Alicia y Luis Fernando estaban profundamente preocupados por la seguridad de los niños.

Elisa había desaparecido.

¿Y si los niños también desaparecieran?

Ese pensamiento los inquietaba profundamente.

Necesitaban alejarlos de Diego lo antes posible.

Necesitaban protegerlos de alguna manera.

Pero “protegerlos” era una palabra demasiado suave para describir lo que realmente intentaban hacer.

Querían sacarlos de allí.

Poner distancia entre ellos y Diego.

Debían encontrar otra forma de convencer a Diego para que les permitiera llevárselos.

Tal vez si le proponían que los niños pasaran un fin de semana con ellos…

Esa noche, mientras San Alejo dormía, Rojas revisaba una y otra vez las grabaciones de las cámaras de seguridad de las propiedades vecinas: imágenes entrecortadas e incompletas, segmentos con fallas, sombras de figuras humanas que no llegaban a definirse con claridad.

En algún lugar de aquella distorsión se ocultaba la verdad.

Y comprendió también otra cosa.

Una certeza que no nacía de las pruebas, sino del instinto.

Esto ya no parecía un acto impulsivo.

Había sido el desenlace de algo que llevaba mucho tiempo gestándose, mucho antes de la desaparición de Elisa.

Si las pruebas seguían apuntando en la misma dirección, resultaba difícil creer que una sola persona hubiera logrado borrar todo rastro.

La posibilidad de que alguien más hubiera participado se negaba a abandonar sus pensamientos.