Lo que no sabías Capítulo Veintiséis #2
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Capítulo Veintiséis #2

Sus gemidos se hicieron más fuertes y sentí que mi clímax se acercaba. Otra embestida y su cuerpo tembló sin control; sentí cómo se corría a mi alrededor. Empujé más fuerte y me retiré deprisa, derramándome sobre la espalda de su vestido y por su piel.

Salí de ella despacio. Se enderezó mientras recuperaba el aliento e intentaba recomponerse, pero ese vestido no tenía arreglo.

—¿Por qué has hecho eso? —Se palpó la espalda, notando los restos de mi orgasmo—. Me has arruinado el vestido.

Esa era mi intención. Quería que la prueba de que era mía quedara marcada para siempre en su vestido. Quería arruinarla. No quería que ningún otro hombre volviera a mirarla. Pero la expresión de su rostro me sacó de la furia que me dominaba.

—Olivia —dije—. Yo… —No sabía qué decir. No sabía cómo explicar lo que había pasado porque ni yo mismo lo entendía. Nunca me había ocurrido algo así. Jamás había perdido el control por un ataque de celos.

La miré a los ojos y vi la confusión en ellos.

—Nick, ¿qué te pasa? —No tenía ni idea de cómo responder.

—Lo siento, perdí el control.

—¿Cómo se supone que voy a volver a la fiesta? —No podía decirle que no quería que volviera—. ¿Cómo se supone que voy a salir de aquí? —Se sujetaba la parte de arriba del vestido.

Retrocedí hacia la puerta. —Salgo yo primero y me aseguro de que no haya nadie. Si está despejado, puedes subir.

Cogió una toalla y se cubrió con ella.

Salí de la despensa y me topé de frente con Hannah.

—¿Dónde está Olivia? —Hannah se plantó delante de mí con los brazos cruzados. Mi silencio solo hizo que entrecerrara más los ojos—. La vi subir contigo. —Dio un paso hacia mí y bajó la voz—. ¿Qué está pasando?

Clavé la mirada en un punto por encima de su hombro, con la mandíbula apretada.

—¿Está en la despensa contigo? —La mano de Hannah salió disparada hacia el pomo. Intenté detenerla, pero era demasiado tarde: la puerta se abrió de golpe—. ¡Dios mío! —Su mirada saltó entre Olivia y yo mientras la comprensión le iluminaba los ojos, cada vez más abiertos—. ¿Estás bien?

—Sí, estoy bien. —La voz de Olivia sonó firme, pero tenía los dedos crispados en la toalla.

—Ven, vamos a asearte. —El tono dulce de Hannah con Olivia contrastaba con la mirada que me lanzó: mitad decepción, mitad advertencia. Al pasar junto a mí, su hombro rozó el mío. El gesto dijo todo lo que sus palabras callaron.

Mis manos no dejaban de temblar. Cada regla sobre la que había construido mi vida —mantener la distancia, conservar el control, no crear vínculos— se desmoronaba como arena entre mis dedos.

Yo mismo había establecido los términos: nada de exclusividad, sin ataduras, sin promesas.

Entonces, ¿por qué solo pensar en ella con otro me dolía como una puñalada?

Apoyé la frente contra el cristal frío, intentando calmar mi respiración.

Distancia. Necesitaba distancia de Olivia.

Pero incluso mientras lo pensaba, sabía que era como un alcohólico que promete no pisar un bar: me dolía físicamente solo de pensar en no verla.

¿Cuándo se había convertido en mi adicción?

Salí al patio y cogí una cerveza del bar junto a la piscina.

—¿A qué ha venido eso? —La voz de Kat me sacó de mis pensamientos. Me giré y la encontré sentada en una tumbona, con una ceja arqueada en esa expresión de terapeuta que conocía demasiado bien.

—¿A qué venía qué? —Me llevé la botella a los labios para ganar tiempo, aunque ambos sabíamos perfectamente a qué se refería.

—Sabes perfectamente de qué hablo. —Se levantó de la silla con deliberada parsimonia, como siempre hacía cuando se preparaba para una conversación larga.

—Aquí no. —Señalé hacia la casa con la cabeza mientras echaba a andar. Lo último que necesitaba era público para la conversación que se avecinaba. La guie a través de la casa hasta mi despacho y cerré la puerta tras nosotros.

—¿Y bien? —Kathryn se acomodó en el sillón de cuero y cruzó las piernas. El gesto me resultaba tan familiar de nuestras sesiones de terapia que la mandíbula se me tensó por reflejo.

—No sé qué pasó. —El borde del escritorio se me clavaba en las palmas mientras me apoyaba en él—. Estoy perdiendo el control.

—Yo no diría que estás perdiendo el control, pero...

—No sabes lo que pasó cuando la traje a casa. —Los nudillos se me pusieron blancos contra la caoba.

Kathryn se inclinó hacia delante; su calma profesional se resquebrajó lo justo para dejar ver preocupación.

—¿Qué pasó?

—Me la follé. —Cada palabra me raspaba la garganta—. La reclamé como mía.

—De acuerdo. —Su voz se mantuvo firme, pero los dedos se le tensaron en el reposabrazos—. ¿Ella lo quería?

—Sí, hice que dijera que lo quería. —Me aparté del escritorio y empecé a dar vueltas como un animal enjaulado—. Hice que me lo pidiera. Hice que dijera que era mía.

—¿Cuál es el problema? —La pregunta quedó suspendida en el aire entre nosotros, suave pero inevitable.

Apoyé la frente en el cristal frío de la ventana.

—Ella no es mía.

—Nick, entiendo que no quieras una relación, pero es evidente que estás enamorado de esta chica. Entonces, ¿por qué te resistes?

Me pasé la mano por el pelo mientras caminaba hacia la ventana. La fiesta continuaba abajo, ajena a los muros que se derrumbaban a mi alrededor. Amor. Solo la palabra bastaba para que se me encogiera el pecho.

—Esto va más allá de lo que hizo Victoria, ¿verdad? —El reflejo de Kathryn en el cristal la mostraba inclinada hacia delante, con los codos en las rodillas: su clásica postura de «ahora vamos a llegar al meollo del asunto».

Como no respondí, dejó que el silencio se alargara, una técnica que conocía bien.

—Nick. —Solo mi nombre, pero cargado con años de amistad y comprensión.

—¿Y si soy como él? —Las palabras me sabían a cobre en la boca, amargas y metálicas. Quedaron suspendidas en el aire entre nosotros, cargadas con dos décadas de miedos nunca expresados.

—Nick, no te pareces en nada a tu padre. En nada.

Me aferré al marco de la ventana hasta que los nudillos se me pusieron blancos.

—¿Y si recuerda aquella tarde? —La voz se me redujo a un susurro—.

¿Y si se da cuenta de que yo soy la razón por la que volvió a casa?

¿De que todo lo que le pasó se remonta a mí?

—La culpa que había cargado durante años de pronto pesó más, como si las pesadillas de Olivia fueran algo físico que me aplastara los hombros.

—Primero, tuviste la suerte de poder salir de una mala situación y entrar en una llena de amor. Los Ryan te quisieron como a un hijo; si te pareces a alguien, es al Sr. Ryan, no a tu padre.

Me giré para mirarla. Tenía razón. Tuve suerte.

—Segundo, quién sabe cómo reaccionará Olivia cuando lo recuerde. Todo depende de cómo lo recuerde. Quizá deberíais venir los dos a verme. Ya sabes, a una sesión. Podría ayudarla con las pesadillas.

Asentí.

—Tal vez.