Capítulo Dieciocho
NICK
La planta baja se sentía demasiado silenciosa sin ella, y eso me aterraba. Ya me estaba acostumbrando a tenerla aquí, pero no podía quedarse.
Cambié de canal, cualquier cosa para mantener las manos ocupadas y la mente lejos de su aspecto durante la cena.
Los canales pasaban borrosos. Clic. Deportes.
Clic. Noticias. Clic. Teletienda. Pero su aroma persistía.
Mis dedos se crisparon al recordar su mano rozando la mía, ese simple contacto quemándome como el whisky.
Dos horas de televisión absurda no lograron ahogar el recuerdo de su aroma cuando se había inclinado hacia mí. Vainilla. Algo que hacía que mis manos ardieran por tocarla.
Pero no podía. Era tan joven, y merecía más que un hombre que no podía, que nunca se comprometería con ella. Confiaba en mí, y esa confianza era un peso que me oprimía el pecho y me impedía respirar.
Mejor agotarme con ESPN a altas horas que quedarme en la cama pensando en ella al fondo del pasillo.
Pulsé el mando, apagué el televisor y me levanté del sofá.
Por fin estaba lo bastante cansado como para creer que podría dormir, pero antes de llegar a mi habitación, lo oí: un sonido suave que me detuvo en el umbral.
Un pequeño gemido. Mis pies se movieron antes de que mi cerebro pudiera reaccionar.
Me dije que solo iba a ver cómo estaba, como había hecho cuando era más joven.
La diferencia era que, en aquel entonces, no había notado cómo la luz del pasillo acariciaba la curva de su hombro a través de la puerta abierta.
No me había obsesionado la forma en que sus shorts se le subían cuando se movía.
No había sentido esta atracción enloquecedora que hacía que cada paso hacia su habitación fuera como caminar entre melaza.
Me dejé caer al suelo, solo un momento, solo para asegurarme de que las pesadillas habían pasado.
La alfombra me raspaba la palma mientras me acomodaba, y su respiración constante fue acompasándose lentamente con la mía en la oscuridad.
Mis ojos se fueron cerrando, y el aroma familiar de su champú hizo que el suelo duro pareciera engañosamente cómodo.
Un dolor me atravesó la cadera cuando un peso cálido se estrelló contra mí. Puro instinto me hizo extender los brazos para atraparla, pero ese instinto me traicionó en el momento en que aterrizó. Su cuerpo se amoldó al mío como si estuviera hecha para encajar ahí.
Mis manos encontraron su cintura, y el calor de su piel a través de la seda hizo que mis dedos se tensaran involuntariamente. Cada punto de contacto se grabó en mi memoria: la presión de sus muslos, el aleteo de su aliento contra mi cuello, cómo temblaba ligeramente bajo mis manos.
—Nick.
Mi nombre en sus labios fue apenas un susurro, pero resonó en la quietud de la habitación. Sus dedos encontraron mi rostro en la oscuridad, trazando los contornos como si los estuviera memorizando. La caricia era ligera como una pluma, vacilante, hasta que alcanzó mis labios.
Atrapé cada dedo con besos suaves, permitiéndome saborear su piel. Cada punto de contacto enviaba descargas eléctricas por mis venas. El pulso me retumbaba tan fuerte que estaba seguro de que ella podía oírlo.
La luz de la luna se derramaba por la ventana, iluminando la pregunta en sus ojos.
—¿Sí?
La palabra salió más ronca de lo que pretendía.
—¿Qué haces en el suelo?
Cada palabra era una caricia de aliento cálido contra mis labios.
Tres centímetros nos separaban.
Tres centímetros de espacio que crepitaban con todo lo que no podíamos decir.
Tragué saliva, intentando recordar todas las razones por las que esto era mala idea.
—Escuché...
El resto de la explicación murió en mi garganta cuando su pulgar me recorrió el labio inferior.
—Una pesadilla. Pensé que estabas teniendo una. Quería asegurarme de que estuvieras bien.
Los fragmentos de frases eran todo lo que podía articular con su caricia nublándome los pensamientos.
Algo cambió en su expresión: vulnerabilidad mezclada con un destello de determinación que me detuvo el corazón. Estábamos en el filo de la navaja, y sabía que lo que sucediera a continuación lo cambiaría todo.
Mis manos descendieron hasta encontrar piel desnuda, agarrándole el trasero mientras su dedo me recorría la mandíbula, bajaba por la garganta hasta el pecho.
Mis manos se apretaron a su alrededor y la giré, inmovilizándola debajo de mí.
Mis labios capturaron los suyos en un beso ardiente y posesivo.
Un pequeño gemido escapó de sus labios y lo tragué mientras se abría para mí.
Mi lengua se adentró en su boca, saboreando y provocando hasta que su lengua encontró la mía y se enredaron.
Sabía tan jodidamente bien.
La deseaba; mi cuerpo estaba desesperado, mis manos recorriéndola, mi boca exigiendo su sumisión. La dulce calidez de su lengua rozó la mía y solté un gruñido salvaje.
Arranqué mi boca de la suya y ella aspiró bruscamente, como si no pudiera encontrar suficiente aire, mientras yo deslizaba los labios por su mandíbula, mordisqueando despacio hasta bajar a su cuello.
Presioné mi polla contra ella.
—¿Sientes eso?
Gemí mientras volvía a apoderarme de su boca. Ella emitió un murmullo afirmativo mientras sus caderas se arqueaban hacia mí.
—Te deseo.
Tracé la curva de su mandíbula con los labios, apenas rozándola, dejando que mi aliento le calentara la piel.
—¿Recuerdas de lo que hablamos?
Las palabras flotaron contra su cuello, donde latía el pulso.
—Sobre... tocarte.
Su ligero escalofrío nos recorrió a ambos.
—¿Alguna vez...?
Dejé la pregunta sin terminar, dejando que la anticipación creciera en los espacios entre las palabras.
Su cabeza cayó hacia atrás, exponiendo más su garganta.
—No.
La confesión vino acompañada de un arqueo de su cuerpo, presionándose más cerca, buscando más contacto. La desesperación inocente de su movimiento me dejó paralizado. La realidad me golpeó como un cubo de agua helada. No podía hacer esto. No podía follármela.
Me aparté de ella, la agarré por la cintura y la puse de pie.
Aunque tenía otra idea. Mi cuerpo me gritaba que me la follara, y estaba duro como una piedra, pero no iba a tocarla.
Iba a mirar mientras ella se tocaba. Me acerqué a la ventana y abrí las cortinas para que la luna llena entrara a raudales, iluminando la habitación a la perfección.
—¿Qué pasa?
Su pecho subía y bajaba rápidamente, y la luz de la luna capturaba el brillo del sudor en su clavícula.
—Quítate el camisón.
La orden salió ronca, rasgando el delicado silencio entre nosotros. Sus dedos se crisparon contra la seda, pero no se movió, atrapada entre la vacilación y algo más oscuro, más hambriento.
Frené mi acercamiento, dejando que mi voz bajara a ese registro grave que la había hecho temblar antes.
—No voy a follarte esta noche, Olivia.
La palabra cruda sonó afilada contra la suavidad de su nombre, exactamente el contraste que pretendía.
La confusión se dibujó en su rostro mientras llevaba las manos al dobladillo de su camisón de seda.
Sus dedos temblaban contra la tela, creando pequeñas ondas que capturaban la luz.
Antes de que pudiera refugiarse en ese miedo, cerré la distancia entre nosotros.
El calor de su piel irradiaba a través de la fina seda mientras le atrapaba las manos entre las mías.
—Déjame ayudarte —susurré contra su sien, sintiendo cómo le latía el pulso bajo mis labios.
Recorrí cada nudillo con los pulgares. Cada caricia fue medida, deliberada, transformando la energía nerviosa en algo más oscuro, más voraz.
La seda susurró entre nosotros mientras su respiración se volvía entrecortada y acelerada.
Me aparté lo justo para observar el cambio en sus ojos: el miedo transformándose en algo ardiente que hizo que mi autocontrol flaqueara un poco más.
Le levanté las manos por encima de la cabeza y me incliné hacia su oído, dejando que mis labios le rozaran la oreja.
—No bajes los brazos.
Cuando le solté las manos, permanecieron en el aire; deslicé lentamente la lencería de seda hacia arriba y se la quité, dejando al descubierto sus generosos pechos.
Dejé caer la prenda al suelo y sus brazos descendieron a los costados. Di un paso atrás para admirar la vista: era impresionante.
Acorté la distancia entre nosotros y le di un beso de reproche en los labios mientras la sujetaba por la cintura, la levantaba y la sentaba en la cama.
—Voy a enseñarte a masturbarte.
Alzó la cabeza con nerviosismo.
—Pero tienes que hacer exactamente lo que te diga.
Asintió.
—Si en algún momento te sientes incómoda, dímelo.
Volvió a asentir.
—Túmbate en la cama.
Las palabras quedaron suspendidas en la habitación bañada por la luna.
Obedeció con una gracia que me hizo un nudo en la garganta.
El colchón se hundió bajo su peso y me descubrí memorizando cada detalle: cómo el cabello se le esparcía sobre la almohada, cómo sus dedos se curvaban ligeramente sobre las sábanas.
—Apoya los pies en la cama con las rodillas flexionadas.
Mi voz había descendido a ese susurro ronco que habitaba en algún punto entre el control y el deseo. Se movió como en un sueño a cámara lenta, cada movimiento deliberado, como si supiera exactamente lo que le estaba haciendo a mi cordura.
Me retiré al pie de la cama; necesitaba distancia para mantener algún vestigio de control.
—Separa las piernas.
Las palabras me rasparon la garganta.
—Más.
Cada centímetro que revelaba era una tortura exquisita; la luz de la luna convertía su piel en nácar.
—Perfecto.
El elogio escapó de mis labios sin querer, y ella respondió con un leve jadeo.
—Pon la mano entre las piernas.
Mi mirada siguió el lento descenso de su mano, cómo le temblaban ligeramente los dedos mientras trazaban un camino por el abdomen. Me estaba provocando sin siquiera saberlo; cada movimiento vacilante avivaba el fuego en mi sangre. La mano se detuvo en su sexo, a la espera.
—Acaríciate, cariño.