Capítulo Ocho
NICK
Las cuatro de la madrugada.
Mi ventilador de techo proyectaba sombras cambiantes que se acompasaban con mis pensamientos inquietos.
Nueve años de noches sin dormir me habían enseñado cada grieta en estas paredes, cada susurro de la casa al asentarse.
El desahogo sexual solía concederme unas horas de paz, pero últimamente, incluso ese escape me había abandonado, dejándome a solas con un vacío que se ahondaba con cada hora que pasaba.
Hacia las cuatro y media, me harté de dar vueltas en la cama sin poder dormir. Necesitaba moverme, así que bajé a la cocina. Cogí una botella de agua de la nevera y me apoyé contra la pared.
La botella aún estaba fría en mi palma cuando un movimiento captó mi atención: una sombra desprendiéndose de la oscuridad del umbral.
El pulso se me aceleró al reconocerla, incluso antes de que mi mente lo procesara.
Un poco de luz se colaba por la pequeña ventana sobre el fregadero, no la suficiente para distinguir la figura, pero tenía una idea bastante clara de quién era.
No quería que el intruso supiera que estaba allí si no era ella, así que me quedé completamente quieto en las sombras hasta que pasó junto a la ventana y estuve seguro de que era Olivia.
Extendí la mano y encendí la luz. Ella gritó, sobresaltándome lo suficiente como para que se me cayera la botella de agua.
—Mierda. —Busqué a tientas la botella que rodaba mientras el agua se encharcaba a mis pies—. ¿Qué haces aquí?
Olivia se llevó una mano al pecho, el pulso visible en el hueco de la garganta.
—No podía dormir.
En ese momento, me di cuenta de lo que había llevado debajo de aquel albornoz. Era otro camisón, pero este parecía más bien lencería. La pieza de seda rosa y negra apenas cubría nada, y mi polla brincaba de entusiasmo.
—Bajé a por algo de beber.
—¿Vestida así? —gruñí, señalando lo que llevaba puesto.
Se le encendieron las mejillas mientras se miraba.
—Eh, sí. —Estaba avergonzada, y yo excitado—. Hannah no me dio muchas opciones de ropa para dormir.
Recuérdame matar a Hannah mañana.
Aparté la mirada para poder pensar con claridad.
—¿Por qué no puedes dormir?
—Normalmente me levanto temprano. —Sus dedos trazaban dibujos distraídos sobre la encimera de mármol—. Me gusta entrenar a primera hora de la mañana, y no consigo convencer ni a mi mente ni a mi cuerpo de que hoy no toca.
—¿Quieres entrenar? —Mis dedos tamborileaban contra la encimera mientras se me ocurría un plan.
Olivia se enderezó, y de pronto irradiaba energía.
—Sí.
Me aparté de la encimera. Esto podría venirnos bien a los dos, porque yo tenía mucha tensión acumulada que necesitaba liberar.
—Ve a cambiarte y baja.
Quince minutos después, estaba esperando en la cocina cuando apareció por la puerta.
Llevaba ropa deportiva que me hizo cuestionar mi cordura.
Los pantalones cortos de licra se le ceñían como una segunda piel, y el sujetador deportivo convertía cada respiración en una tortura.
Mi mirada recorrió la línea elegante de su espalda, la suave curva donde la cintura se encontraba con la cadera.
Me obligué a apartar los ojos, pero la imagen ya estaba grabada en mi mente: cómo se movía con una gracia fluida, ajena a su efecto en mí.
—¿Qué sueles hacer primero? —Intenté distraerme estirando.
—Normalmente corro —respondió—. A veces voy corriendo hasta el gimnasio y luego entreno, pero casi siempre solo corro.
—Genial, vamos. —Esperaba que esta carrera me ayudara, porque ahora mismo tenía una erección del tamaño de Texas y necesitaba quemar energía.
La guié hasta el patio trasero y más allá de la piscina, donde había una gran pista de atletismo.
Siempre me había gustado correr, pero cuando los paparazzi empezaron a interesarse por mí, dejé de tener la opción de salir a correr.
Había comprado una gran parcela de la propiedad de atrás y construido una pista privada.
La dejé ir delante: un error. Tres zancadas después, verla moverse delante de mí se convirtió en otra forma de tortura.
La alcancé, igualando su ritmo castigador.
Pasamos volando mi límite habitual de ocho kilómetros, con los pulmones ardiendo, cegados por el sudor.
Solo cuando los músculos gritaron más fuerte que el deseo, mi mente por fin se despejó.
Para cuando se detuvo, ninguno de los dos podía respirar. Nunca había corrido tan fuerte en mi vida. Prefería un ritmo más lento y constante de unos ocho kilómetros, pero habíamos superado esa marca hacía rato y a un ritmo mucho más rápido. Eso sí, parecía ayudarme a dejar de pensar en sexo.
Me desplomé sobre la hierba húmeda, con los músculos protestando.
—¿Siempre corres así?
Olivia apoyó las manos en las rodillas, cada palabra entrecortada por la respiración.
—Sí... me gusta correr.
—Creo que intentabas matarme. —El corazón me martilleaba en el pecho mientras ella esbozaba una sonrisa, con el sudor brillándole en la garganta.
La alegría se borró de su rostro.
—¿Has sabido algo de Emmett?
Negué con la cabeza mientras se me tensaba la mandíbula y clavaba la mirada en la pista.
—¿Me avisarás cuando sepas algo?
—Por supuesto. —Las palabras sobre los descubrimientos de ayer pugnaban por salir, pero me las tragué.
Parte de mí quería contarle todo lo que había averiguado, pero si ella no sabía lo que estaba pasando, solo conseguiría preocuparla más, y no quería eso.
Por ahora, o al menos hasta que lo resolviera, me lo guardaría para mí—. Vamos a desayunar.
El camino de vuelta a la casa transcurrió en silencio, solo con el sonido de nuestra respiración normalizándose poco a poco.
La luz de la mañana se derramaba sobre la propiedad, transformando en oro todo lo que tocaba.
Ninguno de los dos habló, como si el hechizo del esfuerzo aún nos envolviera, como si las palabras pudieran romper la extraña paz que habíamos encontrado en el agotamiento.
Arlena había anticipado nuestro regreso.
La mesa del patio estaba puesta con café humeante, fruta fresca y huevos que captaban la luz como pequeños soles en platos blancos.
Olivia se dejó caer en su silla con un suspiro agradecido mientras yo me sentaba enfrente, el amanecer tiñendo su perfil de ámbar y rosa.
El silencio entre nosotros crepitaba con palabras no dichas.
Pinché los huevos, repasando desesperadamente números de acciones, reuniones con clientes, cualquier cosa para no fijarme en cómo la luz de la mañana jugaba sobre su clavícula, en cómo sus labios se curvaban alrededor del borde de la taza de café.
—¿Te masturbas?
El café me abrasó las fosas nasales mientras me atragantaba. La pregunta cayó como una cerilla en un bidón de gasolina. Alguna parte distante de mi cerebro captó la ironía: después de todos mis esfuerzos de autocontrol, fue su inocencia la que finalmente lo hizo añicos.
—Oh, Dios mío, ¿estás bien? —Se inclinó hacia delante, y el movimiento le realzó las tetas en el ajustado sujetador.
Dejé la taza con cuidado deliberado, ganando unos segundos. —No estoy acostumbrado a este tipo de conversaciones durante el desayuno. —Mi voz sonó más firme de lo que debería.
Ladeó la cabeza, frunciendo el ceño con esa inocencia imposible. —¿Deberíamos esperar al almuerzo?
Agarré la taza de café como si fuera un escudo, esforzándome por mantener la voz firme. Decidí que lo mejor era ser honesto. —Sí, de vez en cuando me masturbo. —Su rostro se contrajo en una expresión pensativa—. ¿Por qué?
Recorrió el borde de la taza con un dedo. —Hannah dice que todo el mundo se masturba. Que es algo natural y que ayuda a liberar la tensión sexual. —Sus ojos se encontraron con los míos, con una curiosidad casi clínica.
La pregunta escapó de mis labios antes de que pudiera contenerla.
—¿Tú lo haces? —Me interesaba saberlo, pero no estaba seguro de poder soportar la respuesta.
Me atormentaría si decía que sí, y seguro que lo diría.
La idea de que ella estuviera acostada a solo una habitación de la mía cada noche, quizá tocándose, sería demasiado para mí.
—No. —Rodeó la taza con ambas manos mientras el vapor se rizaba entre sus dedos—. Pero estoy pensando en probarlo. —Lo dijo con tanta naturalidad, como si hablara de empezar un deporte nuevo o un pasatiempo, y algo en mi interior, quizá la intuición, me dijo que iba muy en serio.
Ya me sentía atraído por ella, y lo empeoraba todo el hecho de que iba a vivir conmigo un tiempo, lo que la convertía en territorio prohibido.
Ahora, los pensamientos de ella dándose placer iban a atormentarme sin descanso.
Mi polla ya estaba excitada; tan dura que palpitaba dolorosamente contra el pantalón corto.
Y hablando de masturbación, parecía que iba a tener que darme una ducha.
La silla raspó contra las baldosas del patio cuando me levanté de golpe, girando el cuerpo para apartarme de la mesa. —Debería ir a prepararme para el trabajo. —Las palabras me salieron tensas, apenas reconocibles como mi propia voz.
Justo cuando pensaba que mi hombría había alcanzado el límite, ella sonrió: un gesto que era a la vez inocente y devastador. —Voy a quedarme aquí un rato. —Sus dedos jugueteaban con la condensación del vaso de agua, trazando pequeños círculos distraídos que mis ojos no podían dejar de seguir.
Asentí una sola vez, sin fiarme de mí mismo para volver a hablar, y me alejé.
Cada paso hacia la casa fue deliberado, una batalla consciente por mantener el control.
Entré en la sala de estar con pasos torpes, negociando con mi polla, que rogaba por liberarse.
El aire fresco me golpeó la piel enrojecida al cruzar el umbral, aunque el cambio de temperatura no hizo nada por despejarme la cabeza.