Lo que no sabías Capítulo Uno
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Lo que no sabías

Lo que no sabías

Por Michaela Sawyer

© inepub.com

Capítulo Uno

NICK

—Un poco más rápido —gruñí, con la voz hueca, mientras observaba su cabeza subir y bajar con entusiasmo entre mis piernas. Alcé la mirada hacia el techo, intentando fingir un entusiasmo que no sentía.

Se llamaba Tiffany, la rubia de esta semana en un desfile interminable. Hasta el placer se sentía mecánico, como marcar otra casilla en mi agenda diaria entre reuniones de negocios y sesiones de gimnasio.

Mi pulso se mantenía estable, delatando lo rutinario que se había vuelto todo aquello.

¿Cuándo se había convertido el sexo en semejante tarea? La idea me incomodaba más de lo que quería admitir.

Tiffany era como todas las mujeres que habían entrado en mi vida desde que me hice multimillonario. Encajaba perfectamente en el molde: rubia, ojos azules, curvilínea y retocada donde había que estarlo. Otra mujer ambiciosa convencida de que podía convertir un polvo en un final feliz.

Nunca les funcionaba.

Seguí con la mirada sus labios deslizándose a lo largo de mi miembro, llevándome hasta el fondo de su garganta, y me pregunté si ella veía la ironía: cuanto más se esforzaban por alcanzar mi corazón, más se convertía este en piedra.

Tiffany soltó un gemido sonoro.

Normalmente, ver mi polla rozar el fondo de su garganta me excitaba más, pero hoy era como si su cara estuviera adorando mi miembro sin conseguir acercarme al desahogo que necesitaba.

Que no se me malinterprete: mi polla estaba dura que dolía, pero mi cerebro, no tanto.

Me miró a través de sus largas pestañas postizas e intenté mostrar todo el interés que pude, soltando un gruñido leve, aunque era más de frustración que de placer.

Dejé caer la cabeza hacia atrás en mi lujoso sofá de cuero e intenté concentrarme en la boca caliente y húmeda que me la estaba chupando, pero antes de darme cuenta, mis pensamientos estaban en cualquier cosa menos en la mamada.

La verdad era que me daba igual cualquier pensamiento que me cruzara por la cabeza. Solo quería que Tiffany se diera prisa para poder correrme y que ella se largara a su casa.

—Más rápido, Tiff —ordené, intentando que acelerara, pero ella siguió al mismo ritmo lento y soso.

Enredé los dedos en su pelo, agarrándolo con fuerza y decidido a tomar el asunto en mis propias manos, pero me quedé paralizado cuando vibró mi móvil.

Agradecido por la interrupción, la solté.

—Es suficiente, Tiff —agarré el borde del sofá de cuero, con los nudillos blancos contra el material oscuro.

Tiffany se sentó sobre los talones, limpiándose la boca con el dorso de la mano. El gesto le corrió el pintalabios rojo, revelando lo primero auténtico que había visto en ella en toda la noche.

—Pero no hemos terminado —deslizó un dedo de uñas perfectas por mi muslo mientras me la guardaba—. No has tenido tu final feliz —sus labios se curvaron en ese puchero ensayado que había visto en una docena de caras—. Y yo tampoco.

Mi móvil volvió a vibrar. Lo levanté como un escudo entre nosotros mientras con la otra mano ya me abrochaba el botón.

—Lo siento, Tiff. Tengo que coger esto. ¿Lo dejamos para otro día? —no tenía la menor intención de volver a ver a Tiffany.

—Podría quedarme y esperar a que termines —se puso de pie, desnuda de cintura para arriba. Sus tetas eran fantásticas, pero parecían iguales a las de todas las demás tías con las que me acostaba: enormes y falsas.

—Esto puede llevar un rato, pero te llamo —habría dicho cualquier cosa con tal de sacarla de mi casa.

Mis reglas estaban grabadas a fuego: nada de acceso a mi dormitorio, nada de besos, nada de visitas espontáneas, nada de quedarse a dormir.

Las reglas no eran crueles; eran una armadura que protegía las partes de mí que no podía permitirme compartir.

Las partes que no quería compartir. Era más fácil que me llamaran cabrón desalmado, mujeriego, gilipollas, que explicar las verdaderas razones por las que mantenía a todo el mundo a distancia.

—Claro —esbozó una sonrisa esperanzada, pero ambos sabíamos que me estaba despidiendo para siempre.

Me puse a trastear con el móvil, evitando deliberadamente mirarla a los ojos.

—Sabes dónde está la puerta, ¿no? —las palabras salieron más duras de lo que pretendía, pero quizá era mejor así: la falsa amabilidad solo traía complicaciones.

Me retiré a la cocina, con los pies descalzos silenciosos sobre el suelo de mármol.

Todo eran superficies brillantes y ángulos afilados: encimeras de granito pulido, electrodomésticos alemanes que parecían más esculturas modernas que utensilios de cocina, y una vinoteca programada para mantener la temperatura perfecta para añadas que rara vez tocaba.

El suave zumbido del frigorífico Sub-Zero era el único sonido, aparte de los movimientos amortiguados de Tiffany en la otra habitación, mientras pulsaba el botón verde de aceptar y me llevaba el móvil a la oreja.

—Mira quién ha resucitado —apoyé la frente contra el frío cristal del enorme ventanal de la cocina, observando la lluvia resbalar.

La risa de Emmett crepitó al otro lado de la línea.

—¿Qué tal, Nick?

—Viviendo el sueño. Currar, follar, comer, dormir y vuelta a empezar —mi reflejo se veía hueco en el cristal. Vacío—. ¿Y tú?

El silencio se alargó hasta poder medirlo en latidos. El hielo tintineó contra el vaso: una vez, dos. El sonido me transportó al verano en que me marché y nunca miré atrás.

—Ojalá pudiera decir lo mismo —otro tintineo, más suave esta vez. Vacilante—. Oye, hay algo que necesito pedirte.

—Claro, lo que sea, tío —me puse serio. Emmett había sido mi mejor amigo desde primaria. Yo era dos años mayor que él, pero si no hubiera sido por él y su familia, habría acabado en una casa de acogida o posiblemente muerto a manos de mi padre, el borracho—. ¿Qué pasa?

—Es por Olivia.

—¿Qué tal la pequeña Livy? —Livy, o Olivia para la familia y los amigos íntimos, era la hermana pequeña de Emmett.

—Ya es toda una mujer —algo en la voz de Emmett me hizo apartarme de la ventana—. Se va a hacer un máster.

—Vaya, pero si solo tiene... —el cálculo se me atragantó como un viejo remordimiento. Veintinueve menos...— ¿Veinte?

—Veintiuno —oí las llaves tintinear al otro lado—. Cumplió hace unas semanas.

Me acerqué al mueble bar. —El tiempo vuela.

De vez en cuando había mantenido el contacto con Emmett, pero hacía años que no hablábamos, y aún más desde que había visto a Olivia.

—Va para allá. La aceptaron en el programa de posgrado de la Universidad del Sur de Florida en Tampa para hacer su máster en finanzas. Intenté que se quedara por aquí, pero se empeñó en independizarse.

—¿En qué puedo ayudar?

—Llega mañana.

La voz de Emmett adoptó ese tono protector de hermano mayor que recordaba de nuestra infancia.

—Esperaba que pudieras recogerla en el aeropuerto, asegurarte de que se instale bien en la residencia y ayudarla con lo de las clases.

Me froté la nuca.

—Por supuesto, tío. Sabes que haría cualquier cosa por ti y por Olivia.

—Te lo agradezco, Nick.

—¿Y tú qué tal?

Salí de la cocina, atravesé el salón y entré en mi despacho.

—¿Cuándo vienes a visitarme?

—Pronto, espero. Esto ha sido una locura últimamente.

—Tengo ganas de verte. Y no te preocupes por Olivia. Yo me encargo.

—De acuerdo.

Al otro lado de la línea se oyó un crujido de papeles, seguido del suave tecleo de un ordenador.

—Te mando los datos del vuelo por mensaje.

—Me alegro de hablar contigo.

Mi mano encontró la vieja pelota de béisbol en mi escritorio, la del último partido de instituto que jugamos juntos.

—No te pierdas tanto.

El tecleo se detuvo.

—Lo mismo digo.

Una silla crujió.

—Y Nick.

La pelota de béisbol era suave bajo mis dedos, con zonas desgastadas que contaban años de lanzamientos en su patio trasero.

—¿Sí?

—Cuida de mi hermana.

Su voz se había vuelto fría, despojada de todo salvo la orden. Las palabras quedaron suspendidas entre nosotros como una puerta a punto de cerrarse, y por primera vez me pregunté si aquello era algo más que un simple favor entre viejos amigos.

La línea se cortó antes de que pudiera responder. Volví a colocar la pelota de béisbol en su soporte.

La voz de Emmett había transmitido algo que no lograba identificar del todo, algo más que simple preocupación de hermano mayor, aunque probablemente estaba estresado porque su hermana pequeña abandonaba el nido. La había criado desde que él tenía dieciocho años, lo cual debía de haber sido duro.

Dejé el móvil sobre el escritorio y vi un periódico abierto, seguramente dejado ahí por mi ama de llaves, Arlena. Recorrí la página con la mirada buscando el último cotilleo y puse los ojos en blanco al ver la enorme foto de mí con mi supuesta última «novia», Kelsey Timberland.

El soltero más codiciado de Florida podría haber dejado de estar disponible.

Nicholas Pearson fue visto el viernes por la noche muy acaramelado con la supermodelo Kelsey Timberland, a la salida de un evento benéfico organizado por el Sr. Pearson.

Según los rumores, ambos compartieron limusina, y según amigas de la Srta.

Timberland, ella no volvió a casa hasta el día siguiente.

Así que, o el playboy más cotizado ha sido por fin domesticado, o los dos pasaron la noche juntos.

—¿De dónde sacan esta basura? —murmuré mientras cerraba el periódico y lo tiraba a la papelera.

Las tonterías que escribían eran cada vez más cómicas.

Kelsey y yo habíamos compartido limusina para volver a casa, y sí, le tiré los tejos. Después de un polvo rápido en la limusina, ella insistió en que la dejara en casa de su novio secreto.

El móvil empezó a vibrar sobre la encimera.

Esperaba que fuera la información del vuelo de Olivia, pero en su lugar apareció en la pantalla el nombre de Brittany junto con la foto que le había asignado a su contacto.

Me la había enviado una noche que estuve fuera de la ciudad y me perdí nuestro lío semanal: una foto extremadamente reveladora en la que aparecía tumbada en una cama, completamente desnuda salvo por unos tacones morados de quince centímetros y una sonrisa seductora.

Quería asegurarse de que no me olvidara de ella, y en su momento me pareció muy sexy, pero ahora era igual que la foto de cualquier otra tía en mi móvil.

Descarté el mensaje de Brittany de un manotazo, pero las palabras de Emmett resonaban en mi cabeza: «Cuida de mi hermana». La misma hermana que una vez me miraba como si yo fuera lo más grande del mundo, antes de que aprendiera a decepcionar a todos los que se preocupaban por mí.