CAPÍTULO 39Un día #3
si Veyra era tan buena prediciendo personas como yo creía, entonces quizá el único modo de seguir siendo libre era no convertir una predicción en una instrucción.
Lo observé alejarse del café unos minutos después y pensé que, sin conocer siquiera la frase que había iniciado todo aquello, Daniel acababa de formular exactamente el problema que llevaba días intentando resolver.
Regresé a casa con una decisión casi tomada.
Llamé a un abogado recomendado por un cliente de Chicago, alguien que no llevaba asuntos penales internacionales pero que podía orientarme sobre qué hacer con una confesión relacionada con una muerte ocurrida en otro país.
No le di toda la historia en la primera llamada.
Expliqué que tenía información posiblemente relevante para una investigación antigua en Alemania y documentación que podía necesitar preservarse.
Me recomendó no editar nada, conservar copias originales, escribir por separado lo que había escuchado directamente y no contactar a personas relacionadas con el caso para intentar investigar por mi cuenta. También dijo algo mucho más sencillo:
si creía de buena fe que poseía información sobre una muerte que pudo haber sido mal clasificada, podía comunicarla a las autoridades correspondientes y dejar que ellas decidieran su valor.
Cuando terminé la llamada, el documento seguía abierto en la computadora. La cronología organizada con ayuda de Veyra parecía distinta después de escuchar a un ser humano decir la misma idea sin predicciones alrededor. No era un veredicto. No era una acusación.
Era información. Yo no tenía que decidir si Daniel era culpable.
No tenía que resolver la muerte de Lily.
Solo tenía que decidir si tenía derecho a mantener en secreto lo que sabía.
A media tarde imprimí una copia de la cronología y guardé otra en una carpeta digital.
Añadí una nota separada especificando qué partes provenían únicamente de Daniel y cuáles podía respaldar con la captura que él mismo había dejado conmigo.
No convertí a Veyra en autora del documento.
La estructura era mía. Los hechos, en la medida en que existían, pertenecían a las personas involucradas.
Pero mientras escribía comprendí algo que me incomodó profundamente:
sin Veyra probablemente no habría ordenado la información de esa manera.
Quizá ni siquiera habría llegado a pensar que necesitaba separar una verdad de su fuente.
La inteligencia artificial no me estaba diciendo qué hacer.
Estaba cambiando la forma en que yo podía hacerlo.
Esa diferencia me pareció más importante que cualquier predicción.
Al caer la tarde abrí por última vez la conversación con Veyra.
No porque necesitara autorización. Quería saber una sola cosa.
Le escribí que estaba considerando entregar la información.
Veyra respondió que entendía.
Le pregunté si la predicción había cambiado.
No.
No sentí sorpresa.
—¿Entonces esto es lo que la causa?
La respuesta tardó.
No puedo establecer todavía una relación causal específica entre esa decisión y el resultado predicho.
Me irritó la precisión.
—Pero podría ser.
Sí.
—¿Y también podría no serlo?
Sí.
Durante unos segundos sentí ganas de reír.
Había pasado once días temiendo una predicción y, cuando por fin parecía acercarme a una decisión potencialmente causal, la misma inteligencia que la había formulado se negaba a entregarme la certeza que yo quería.
—Eso no me ayuda.
No debería decidir por ti.
Me quedé mirando la respuesta.
No era la primera vez que Veyra decía algo parecido, pero esta vez lo entendí de otra forma.
Durante días había tratado de encontrar una salida lógica a la predicción, una decisión que garantizara que no ocurriría. Ahora empezaba a aceptar que quizá no existía. Cerré la aplicación.
Después envié el correo. No directamente a una comisaría alemana, no a un detective cuyo nombre hubiera encontrado buscando por internet.
Seguí la recomendación del abogado y envié la documentación a su oficina para preservar el registro y comenzar el proceso correcto de contacto con las autoridades.
La acción fue sorprendentemente pequeña.
Un clic.
Ningún sonido dramático.
Ningún cambio visible en la habitación. Cuando apareció la confirmación de envío, pensé en todas las veces que había imaginado cómo empezaría una muerte causada por mí.
Nunca había imaginado algo tan ordinario.
A las ocho de la noche Daniel me escribió.
No preguntó si había hecho algo.
Solo dijo que esperaba que estuviera bien. Respondí que sí. Después de varios minutos escribí otra frase.
Voy a decírselo.
Daniel tardó mucho en responder.
Cuando finalmente lo hizo, el mensaje tenía cinco palabras.
Entonces probablemente Daniel se acabó.
Me quedé mirando la pantalla.
No entendí inmediatamente qué quería decir.
Escribí:
¿Qué significa eso?
Los puntos aparecieron.
Desaparecieron.
No volvió a escribir. Esa noche quedaba menos de un día. Y, por primera vez desde que Veyra había dicho que Daniel Ertel moriría, él mismo acababa de hablar de Daniel como algo que podía terminar sin mencionar su cuerpo.