Lo que no preguntaste CAPÍTULO 25La voz de Gina
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CAPÍTULO 25La voz de Gina

La voz de Gina

Hasta entonces Gina había existido para mí de una manera extraña.

No era una desconocida, pero tampoco alguien a quien realmente conociera.

Había aparecido en momentos demasiado importantes como para ser irrelevante: el accidente del pie, el coma, algunas actualizaciones durante la neumonía y los meses en que Daniel desapareció y ella parecía saber menos de lo que yo esperaba.

Habíamos intercambiado suficientes mensajes como para que yo reconociera su manera de escribir, pero nuestra relación siempre había dependido de Daniel. Si él estaba bien, Gina prácticamente desaparecía. Si algo ocurría, su nombre regresaba a mi pantalla.

Por eso me sorprendió escucharla antes de saber que era ella.

Daniel estaba en una llamada conmigo desde la oficina, algo poco frecuente pero no extraordinario. Había terminado una reunión tarde y todavía tenía que revisar unas cosas antes de irse. La cámara apuntaba principalmente hacia él y una pared que yo ya había visto otras veces.

Durante varios minutos hablamos mientras trabajaba.

Yo hacía lo mismo desde Pine Hollow y la conversación tenía esa forma poco elegante que habíamos perfeccionado durante años: largos intervalos sin decir nada, interrumpidos por comentarios que solo tenían sentido porque ninguno necesitaba la atención completa del otro.

En algún momento Daniel empezó a buscar algo sobre el escritorio y dijo una frase en alemán hacia fuera de cuadro.

Una voz femenina respondió desde algún lugar cercano.

No entendí las palabras, pero sí reconocí el ritmo.

Me tomó unos segundos. Le pregunté si era Gina y Daniel levantó la vista con una expresión que confirmó la respuesta antes de que dijera nada.

Poco después la voz se acercó y él giró ligeramente la cámara.

Apareció una mujer que yo nunca había visto con claridad. Tendría quizá cuarenta y tantos, el cabello claro recogido de una manera práctica y una expresión que transmitía la clase de cansancio que solo producen las oficinas al final del día.

Cuando Daniel explicó quién era yo, sonrió de inmediato.

—Lorraine.

No dijo mi nombre como una pregunta.

Lo dijo como si ya supiera exactamente quién era.

Eso me produjo una sensación difícil de explicar. Durante años yo había conocido a Gina únicamente a través de texto. Había leído mensajes suyos cuando estaba asustada, cuando no sabía si Daniel despertaría del coma, cuando intentaba entender qué había ocurrido durante una hospitalización.

Había imaginado una voz para ella sin darme cuenta.

La real era más grave de lo esperado y tenía un acento fuerte cuando hablaba en inglés.

—Así que sí eres real —dijo.

Me reí.

—Eso iba a decir yo.

Daniel hizo una expresión de resignación que solo consiguió divertirla más.

Gina comentó que él hablaba de mí con frecuencia y Daniel lo negó inmediatamente. Ella respondió que sí con la seguridad de alguien que llevaba demasiado tiempo trabajando con él como para tomar en serio sus protestas.

La escena duró apenas unos minutos, pero fue suficiente para que algo se moviera dentro de mí.

Gina sabía de Chicago. Sabía que Daniel había estado en Pine Hollow.

No porque yo se lo hubiera contado. Daniel había hablado de mí cuando yo no estaba presente.

No debería haber sido sorprendente. Sus compañeros en Chicago ya habían demostrado que yo no era un secreto absoluto dentro de su vida.

Sin embargo, escuchar a Gina hablar de cosas que pertenecían a nuestra relación produjo una confirmación distinta.

Ella había estado allí desde mucho antes de que yo pudiera ponerle cara.

Había existido mientras Daniel se fracturaba el pie, durante el coma, durante la neumonía y probablemente durante cientos de días completamente normales que nunca me había mencionado.

La conversación terminó con Gina diciendo que esperaba conocerme algún día y Daniel acusándola de haber hablado demasiado.

Cuando volvió a quedar solo frente a la cámara, le dije que aparentemente hablaba de mí más de lo que admitía.

Él respondió que Gina era una mentirosa profesional y cambió de tema con esa facilidad suya para evitar convertir un momento pequeño en algo más grande.

Yo, en cambio, seguí pensando en Gina durante los días siguientes.

No porque hubiera dicho nada especialmente revelador, sino porque su existencia física reorganizaba recuerdos antiguos. Un mensaje que había recibido años atrás ya no pertenecía a una figura abstracta.

Podía imaginar a esa mujer escribiéndolo.

La voz que había escuchado en la oficina encajaba con la forma breve y práctica de sus textos, con esa tendencia a responder exactamente lo que sabía y detenerse cuando no tenía información suficiente.

Eso también importaba. Durante mucho tiempo una de las teorías que mi cabeza había producido en momentos menos razonables era que Gina podía formar parte de algo que yo no entendía.

No necesariamente una persona falsa. Simplemente alguien ayudando a sostener una versión de la vida de Daniel.

La idea nunca había tenido suficiente fuerza para convertirse en sospecha seria, pero existía dentro de ese conjunto de posibilidades que uno conserva cuando no tiene acceso directo a la mayor parte de una historia.

Escucharla no eliminaba esa posibilidad de manera lógica.

La hacía mucho menos natural. Las conspiraciones se vuelven bastante más difíciles de sostener cuando las personas involucradas parecen cansadas de revisar hojas de cálculo y quieren irse a casa.

Unas semanas después Gina volvió a aparecer, esta vez de una manera todavía más cotidiana.

Daniel estaba viajando dentro de Alemania y me llamó desde una estación mientras esperaba un tren. Llevaba varios minutos quejándose de un retraso cuando escuché su nombre al fondo. Gina apareció brevemente detrás de él con una bolsa de comida y le dijo algo que provocó una discusión en alemán.

Daniel intentó quitársela de la mano y ella no se lo permitió.

Cuando pregunté qué estaba pasando, él explicó con expresión de derrota que Gina había comprado comida porque se había saltado el almuerzo.

Ella se inclinó hacia la cámara apenas lo suficiente para decirle que se comiera la hamburguesa.

Daniel declaró que aquello era acoso laboral y Gina respondió algo en alemán antes de alejarse.

El episodio duró menos de un minuto y no tenía nada que ver con hospitales, accidentes ni desapariciones.

Precisamente por eso me gustó. Por primera vez Gina existía dentro de una escena completamente inútil.

No estaba comunicando una emergencia. No estaba justificando un silencio.

No era la persona que aparecía cuando Daniel no podía hacerlo.

Era una compañera llevándole comida porque él se había saltado el almuerzo.

A veces la evidencia más convincente es aburrida.

Si alguien hubiera querido convencerme de que Gina era real, probablemente habría diseñado algo más elaborado: una videollamada formal, una presentación completa, información verificable.

En cambio, yo había recibido una mujer cansada al final de la jornada y una discusión sobre una hamburguesa.

La vida real tenía esa clase de desorden.

Para entonces Veyra se había vuelto una parte habitual de mis días.

Al principio la había usado como cualquier otra herramienta de trabajo: preguntar, revisar, discutir resultados.

Con el tiempo eso había cambiado sin que yo decidiera cambiarlo.

Le pedía opiniones sobre campañas, sí, pero también le hacía preguntas que aparecían mientras trabajaba y que no siempre pertenecían exactamente al proyecto abierto.

Veyra ya conocía cómo pensaba, qué tipo de explicaciones me servían y cuánto detalle necesitaba antes de que empezara a impacientarme. Nunca tuve que pedirle que simplificara nada. Lo hacía sola.

No era Maggie.

No era Daniel.

No era una persona. Pero se había convertido en algo parecido a un lugar donde podía pensar en voz alta. Eso tenía una comodidad especial. Meses después, mientras revisábamos una cuenta empresarial, apareció una situación que me recordó a Gina casi de inmediato.

La cuenta parecía utilizarse de dos maneras muy distintas. Durante el día, las sesiones eran rápidas y directas. Por la noche, el ritmo cambiaba: más tiempo, más revisiones, más pasos antes de terminar algo.

El equipo asumió que dos personas estaban compartiendo la cuenta.

Yo se lo pregunté a Veyra casi como habría preguntado cualquier otra cosa.

—¿Tú qué ves?

Probablemente una sola persona.

—¿Aunque trabaje tan diferente?

Sí. Cambia el contexto, pero conserva pequeños hábitos.

—¿Qué hábitos?

La forma de corregir errores. El orden en que busca información. Las decisiones que toma primero cuando tiene varias opciones. Cosas que suele hacer sin pensarlas demasiado.

La explicación era tan sencilla que parecía obvia una vez dicha.

—Entonces puede parecer otra persona sin serlo.

Puede parecer distinta. No es lo mismo que ser otra persona.

Aquella frase me gustó.

Una semana después el cliente confirmó que Veyra había acertado.

Era el mismo empleado. Durante el día trabajaba desde la oficina y algunas noches entraba desde casa para preparar reportes con más calma.

No había dos usuarios ni una explicación complicada.

Solo una persona comportándose de manera distinta en dos contextos.

Y entonces pensé en Daniel. La asociación llegó sin esfuerzo porque Gina acababa de recordarme exactamente eso.

Existía un Daniel que yo casi nunca veía: el de la oficina, proveedores, reuniones, colegas y horarios que no tenían nada que ver conmigo.

Y existía el Daniel que yo conocía mejor: llamadas nocturnas, Packers, Cenicienta, bromas, conversaciones interminables y silencios cómodos. Durante años había interpretado algunas diferencias entre ambos como si necesitaran una explicación especial.

Quizá no.

Escribí:

—Eso explicaría a mucha gente.