Lo que no preguntaste CAPÍTULO 8Siempre había algo
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CAPÍTULO 8Siempre había algo

Siempre había algo

La primera vez que Maggie dijo que a Daniel le pasaban demasiadas cosas, yo me enojé con ella.

Maggie sí pensó en otra cosa.

—¿Otra vez está enfermo?

La forma en que dijo otra vez fue suficiente.

Levanté la vista.

—Tiene COVID.

—Ya.

—¿Qué significa “ya”?

Maggie movió ligeramente el vaso entre las manos y durante un segundo pareció arrepentirse de haber empezado.

—Nada.

—No. Dilo.

—Lorraine, no quiero discutir.

—Entonces no pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—Esa.

—No sabía que tenía una cara específica para Daniel.

—La tienes.

Maggie suspiró.

Nos conocíamos desde hacía demasiado tiempo para fingir cortesía cuando ninguna de las dos tenía ganas.

Maggie era una de las pocas personas a las que había hablado realmente de Daniel.

No porque quisiera mantenerlo en secreto, sino porque explicar una relación construida entre Wisconsin y Alemania exigía más contexto del que normalmente quería ofrecer.

Maggie había escuchado desde el principio.

El juego. Las llamadas. El accidente del pie.

El coma. La rehabilitación. Había visto fotografías.

Había oído algunos audios. Una vez incluso saludó a Daniel brevemente durante una videollamada. No podía decir que no existía.

Pero tampoco confiaba en él.

Nunca lo había hecho del todo.

—Solo digo que tiene una suerte terrible —dijo finalmente.

—Eso no suena como lo único que estás diciendo.

—Porque no lo es.

Dejé el tenedor.

—Entonces dilo.

Maggie sostuvo mi mirada.

—Siempre hay algo.

La frase me molestó precisamente porque reconocí algo en ella.

—Una rueda le pasó por encima del pie. ¿Qué quieres que haga con eso? ¿Decirle que no le creo?

—No.

—Estuvo en coma.

—Lo sé.

—¿Entonces?

—No estoy diciendo que esas cosas no hayan pasado.

—Parece exactamente lo que estás diciendo.

—Estoy diciendo que cada vez que desaparece hay una explicación enorme después.

Me crucé de brazos.

—Porque a veces pasan cosas enormes.

—Sí.

—Entonces no entiendo tu punto.

Maggie tardó antes de responder.

—Ese es mi punto. No sé cuál es mi punto todavía.

Aquello me irritó aún más. Era fácil desconfiar cuando no se tenía que ofrecer una alternativa.

—Daniel está enfermo.

—Está bien.

—No está inventando COVID para no contestarme.

—No dije eso.

—Pero lo piensas.

—Pienso que no sabes suficiente para saberlo.

Eso sí dolió.

—Sé bastante.

Maggie no respondió.

—He hablado con gente de su vida —continué—. Gina existe. Su amigo existe. He visto a su madre. Lo veo a él. No es un tipo que me manda tres mensajes y luego pide dinero.

—Nunca dije que lo fuera.

—Entonces deja de tratarlo como si fuera una estafa.

—No lo trato como una estafa.

Maggie se inclinó un poco hacia mí.

—Lo trato como alguien a quien tú conoces de una manera muy específica.

—¿Qué significa eso?

—Que sabes muchísimo de lo que él te cuenta y muy poco de lo que no te cuenta.

No respondí.

Odiaba esa clase de frase porque era suficientemente ambigua para parecer inteligente y suficientemente cierta para quedarse.

Mi teléfono vibró.

Las dos miramos la pantalla.

Daniel.

Abrí el mensaje.

Positivo. Me siento de muerte. Muy dramático.

Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.

—¿Ves?

Le mostré la pantalla.

Maggie leyó.

—Sí.

—Tiene COVID.

—Nunca dije que no tuviera COVID.

—Entonces ¿qué quieres?

—Que no tengas que demostrarme nada.

Eso terminó la discusión.

O al menos la parte audible.

Daniel siguió escribiendo esa noche. Poco, pero lo suficiente para que mi preocupación se mantuviera dentro de límites razonables.

Tenía fiebre, dolor de cabeza, tos y un cansancio que describía como si alguien le hubiera reemplazado la sangre por cemento.

Le dije que bebiera líquidos y descansara.

Él respondió que yo había desarrollado una fascinación preocupante por darle instrucciones médicas.

Tú y mi amigo médico juntos serían insoportables.

—Él por lo menos sabe lo que hace.

Discutible.

—Duerme.

Cenicienta mandona.

Todo parecía normal dentro de lo desagradable.

Al día siguiente habló menos. El siguiente, todavía menos. Daniel no era especialmente dramático cuando estaba enfermo, lo cual de alguna manera lo volvía más preocupante. Si decía que se sentía fatal, probablemente se sentía peor. Me enviaba mensajes cortos y espaciados. Todavía con fiebre.

Durmiendo.

No puedo hablar. Estoy tosiendo demasiado.

La última frase me hizo llamarlo.

No contestó.

Una hora después escribió:

Lo siento. Durmiendo.

—¿Estás respirando bien?

Tardó casi cuarenta minutos.

En su mayoría.

No me gustó esa respuesta.

—¿Qué significa “en su mayoría”?

No respondió.

Lo llamé otra vez.

Nada.

A la mañana siguiente apareció un mensaje.

El médico dice que los pulmones suenan mal. Voy a que me revisen.

—¿Al hospital?

Tal vez. No entres en pánico.

—No me digas que no entre en pánico después de escribir eso.

Pasaron veinte minutos.

Te mantendré al tanto.

No lo hizo.

El silencio duró todo el día. Esa noche intenté no pensar en Maggie.

Fracasé.

Siempre hay algo. Me molestaba que su frase hubiera encontrado espacio precisamente entonces.

Daniel estaba enfermo. Había una prueba positiva.

Llevaba varios días con fiebre y tos. Nada de aquello era misterioso.

Sin embargo, mi mente había aprendido a hacer algo nuevo: colocar los acontecimientos anteriores uno junto al otro. El pie.

El coma. La rehabilitación. Ahora esto. Pensados por separado, todos tenían explicación. Juntos empezaban a parecer otra cosa. No una mentira. Un patrón. La palabra apareció en mi cabeza y la rechacé inmediatamente.

Yo trabajaba con patrones todos los días.

La mercadotecnia era, en gran medida, encontrar recurrencias dentro de comportamientos que parecían independientes.

Un cliente compraba después de cierto número de contactos.

Un usuario abandonaba después de determinado punto.

Un segmento reaccionaba mejor a una frase que otro.

Pero las personas no eran campañas. Daniel no era una gráfica. Aun así, la palabra permaneció.

A la mañana siguiente seguía sin responder.

Le escribí.

—¿Daniel?

Nada.

Dos horas más tarde:

—Solo dime que estás en el hospital.

La frase me pareció absurda apenas la envié. Nadie debería querer recibir ese tipo de confirmación.

No llegó.

Esa tarde escribí a Gina.

No quería hacerlo.

Había algo en contactar a Gina que convertía cada silencio de Daniel en una emergencia oficial. Durante el coma había tenido sentido. Después traté de evitarlo. Ella era su compañera de trabajo, no un servicio de información para una mujer al otro lado del Atlántico.

Aun así escribí.

—Hola, Gina. Perdón por molestarte. ¿Sabes algo de Daniel?

La respuesta tardó casi una hora.

Hola, Lorraine. Sí. Iba a escribirte.

Sentí el mismo golpe en el estómago de las otras veces.

—¿Qué pasó?

Lo ingresaron al hospital. Neumonía por COVID.

Me quedé mirando las palabras.

Neumonía por COVID.

—¿Está bien?

Está estable. Necesita oxígeno.

—¿Está consciente?

Sí. Muy cansado, pero consciente.

La tensión en mis hombros bajó apenas.

—¿Por qué no me avisó?

Gina tardó.

Creo que todo ocurrió muy rápido.

Pensé en el último mensaje.

Te mantendré al tanto.

—¿Está grave?

Los médicos lo están vigilando de cerca. No quiero decirte algo que no sé.

Reconocí inmediatamente esa forma de responder. Era la Gina del coma. Cuidadosa. Precisa. Reacia a inventar tranquilidad.

—¿Tú estás con él?

No. Me están manteniendo al tanto.

—¿De quién?

La respuesta tardó más.

Su familia. A veces su amigo.

No pregunté cuál amigo.

Supuse que el médico.

Otra pieza conocida. Otra estructura que ya había visto antes. Gina escribió de nuevo.

Preguntó por ti hace rato.

Eso bastó para quitarme buena parte de la sospecha que ni siquiera quería reconocer que tenía.

—¿Puedes decirle que estoy aquí?

Por supuesto.

Durante los siguientes días las noticias fueron escasas. Daniel estaba despierto, pero dormía mucho. Seguía necesitando oxígeno. La neumonía había complicado la infección y los médicos querían vigilarlo. No estaba en coma. No había una catástrofe repentina. Simplemente estaba muy enfermo.

Eso debería haber hecho todo más fácil. No lo hizo.

Porque esta vez Daniel podía hablar. Solo que casi no lo hacía. Recibí un mensaje suyo dos días después.

Hola, amor.

Contesté inmediatamente.

—Hola.

Nada.

Esperé.

Cinco minutos.

Diez.

—¿Cómo estás?

La respuesta llegó casi una hora después.

Cansado.

—Gina dijo que tienes neumonía.

Sí.

—¿Necesitas oxígeno?

Sí.

—¿Puedes hablar?

Pasaron veinte minutos.

No mucho.

—No tienes que hacerlo. Solo quería saber de ti.

No hubo respuesta.

Por la noche apareció:

Lo siento. Dormí.

Era perfectamente razonable. Y, sin embargo, algo en aquella conversación me dejó incómoda.

No por lo que Daniel había dicho. Por lo poco que había dicho.

Antes del coma yo probablemente habría interpretado esos mensajes simplemente como los de una persona enferma. Ahora estaba contando los espacios.

Eso me avergonzaba. La siguiente vez que hablé con Maggie no le conté esa parte. Le dije que Daniel tenía neumonía y estaba hospitalizado.

—Lo siento —dijo.

No añadió nada.

Eso casi me molestó más.

—Puedes decirlo.

—¿Qué?

—Lo que estás pensando.

—No estoy pensando nada que te ayude.

—Maggie.

Ella suspiró.

—Lorraine, está enfermo. No voy a convertir eso en una teoría.

—Pero sigues pensando que hay algo raro.

—Sí.

Lo dijo sin dramatismo.

—¿Por qué?

Maggie tardó.

—Porque tú nunca sabes qué está pasando hasta después.

La frase me acompañó de vuelta a casa.

No era completamente cierta.

Yo sabía muchas cosas mientras ocurrían.

Daniel me había dicho que estaba enfermo.

Me había dicho que iba a consultar a un médico.

Gina confirmó la hospitalización. Había una neumonía real.

Pero también era cierto que los acontecimientos importantes de Daniel parecían adquirir forma completa solo después. Primero silencio.

Luego piezas.

Finalmente una explicación. No sabía si eso era sospechoso o simplemente la consecuencia natural de vivir a miles de kilómetros. Daniel permaneció hospitalizado varios días más. Una noche conseguimos hacer una videollamada.

Duró menos de cinco minutos.

La imagen estaba oscura y mal encuadrada. Daniel estaba recostado y se veía mucho peor de lo que yo esperaba. Tenía el rostro pálido, los ojos hundidos y una cánula nasal. Verla eliminó de golpe cualquier parte de mí que hubiera permitido que las dudas de Maggie crecieran demasiado.

—Dios, Daniel.

Sonrió apenas.

—Muy halagador.

—Te ves fatal.

Opinión constante.

—No deberías estar hablando.

—Quería verte.

Su voz era débil y entre frases respiraba de una manera que me hizo sentir culpable por mantenerlo despierto.

—Duerme.

—Mandona.

—Sí.

—Te extrañé.

—Yo también.

Daniel me miró unos segundos.

—No te preocupes.

—Muy tarde.

Sonrió.

—Cenicienta.

—¿Qué?

—Nada.

La llamada terminó poco después. Me quedé mirando mi propia cara reflejada en la pantalla negra. Había visto la cánula. Había escuchado su respiración. Daniel estaba enfermo.

Realmente enfermo. Maggie podía cuestionar las coincidencias todo lo que quisiera.

Eso era real. Y fue precisamente esa certeza la que hizo más difícil reconocer lo que ocurrió después.

Daniel empezó a mejorar. Primero dejó de necesitar tanto oxígeno.

Después podía escribir más. Le dieron el alta con seguimiento médico y una recuperación que, según él, iba a tomar tiempo.

La neumonía lo había dejado débil y cualquier esfuerzo lo agotaba.

Durante semanas se quejó de que caminar unas cuadras parecía ejercicio.

Después habló de recuperación respiratoria y ejercicios para volver a ganar capacidad pulmonar.

Yo celebraba cada pequeño avance. Una llamada de veinte minutos.

Una caminata.

Una foto afuera.

El regreso del apetito. La primera vez que hizo una broma realmente mala y tuve ganas de insultarlo. Sin embargo, algo de Daniel tardó más en regresar.

Su forma de escribir.

Había días en que seguía siendo él. Buenos días, Cenicienta. Una broma sobre los Packers. Una pregunta por mi trabajo. Un amor al final de una conversación. Y otros en que parecía que cada palabra le costaba.

Buenos días.

Ocupado.

Después.

Está bien.

Pensé que era cansancio. ¿Qué otra cosa podía ser?

Daniel acababa de pasar por una neumonía.

Durante un tiempo, cualquier diferencia tenía una explicación preparada.

Una noche le mandé una fotografía de algo que normalmente habría provocado una respuesta inmediata.

Era una tontería relacionada con el juego donde nos habíamos conocido.

Daniel contestó:

Bien.

Me quedé mirando la palabra. No tenía nada de incorrecto.

Solo no sonaba a él.

Escribí:

—¿Estás bien?

Sí.

—¿Seguro?

Solo cansado.

—Está bien.

No respondió.

Al día siguiente me llamó por video y volvió a ser Daniel. Se burló de mi cabello, preguntó por una presentación, recordó una historia que le había contado semanas antes y terminó llamándome Cenicienta porque elegí la ruta equivocada mientras le mostraba algo en un mapa.

La palabra Bien dejó de importar.

Así funcionaban las dudas con Daniel. Nunca duraban lo suficiente. La normalidad siempre regresaba antes de que pudiera convertirlas en una pregunta seria. Pero Maggie ya había puesto una frase dentro de mi cabeza. Siempre hay algo.

Y ahora yo había agregado otra. Siempre había un silencio antes de saber qué.

No sabía qué hacer con eso. Así que no hice nada.

Guardé la inquietud en el mismo lugar donde había guardado todas las anteriores y seguí hablando con Daniel.

Todavía no sabía si estaba viendo algo real o si simplemente había aprendido a mirar de otra manera.

Por el momento no tenía nada que pudiera llamar una conclusión.

Solo el accidente, el coma, la rehabilitación, la neumonía y esa sensación incómoda de que, cuando los colocaba uno junto al otro, dejaban una forma que todavía no sabía interpretar.