CAPÍTULO 1Antes de saber
Antes de saber
La noche en que Veyra volvió a mencionar a Daniel Ertel, yo no había vuelto a hacerle ninguna pregunta sobre él desde aquella tarde. Eso fue lo que me asustó primero. No la muerte.
No todavía.
Eran las diez y cuarenta y siete de una noche de miércoles y llevaba demasiado tiempo sentada frente a la computadora.
Afuera, Pine Hollow estaba prácticamente apagado.
A finales de otoño el pueblo podía quedarse en silencio antes de las nueve, como si las casas, los árboles y las pocas calles comerciales hubieran acordado que no existía ninguna razón para permanecer despiertos después de que oscurecía.
Desde la ventana de mi estudio apenas alcanzaba a ver una parte del jardín, la luz amarillenta del porche y las ramas desnudas moviéndose con un viento que seguramente terminaría dejando hojas sobre todo lo que yo había barrido esa misma mañana.
Sobre el escritorio había una copa de vino rosado espumoso que llevaba veinte minutos sirviéndome más como decoración que como bebida, una libreta abierta por una página que ya no necesitaba y tres ventanas del navegador relacionadas con una campaña que debía presentar al día siguiente. Veyra ocupaba la cuarta.
Llevaba meses utilizándola y hasta entonces nunca me había parecido particularmente siniestra.
Impresionante, sí. Incómoda algunas veces.
Pero no siniestra. Uno de mis clientes de Chicago había entrado a un programa beta de análisis conductual y, como yo manejaba parte de su estrategia de mercadotecnia, había terminado con acceso a una versión de prueba.
En esencia, Veyra encontraba patrones. Cruzaba horarios, comportamiento de navegación, conversiones, abandono, recurrencia, respuesta a mensajes, cambios de rutina y una cantidad ridícula de variables que yo habría tardado días en ordenar manualmente.
Después intentaba responder preguntas útiles: qué prospectos tenían mayor probabilidad de abandonar, cuándo convenía enviar una campaña, qué clientes parecían perder interés o qué combinación de comportamiento anticipaba una compra.
No adivinaba el futuro. Al menos así lo explicaban ellos.
Estimaba resultados. Esa noche llevaba casi una hora tratando de entender por qué una campaña que había funcionado durante semanas empezaba a deteriorarse.
Yo podía verlo en los números, pero no entendía todavía el motivo.
Le pedí a Veyra que comparara los últimos treinta días contra el periodo anterior, identificara desviaciones y priorizara cualquier cambio que pudiera afectar el resultado de la campaña.
Era el tipo de consulta que había hecho decenas de veces. Veyra procesó durante unos segundos.
Se detectaron tres desviaciones relevantes en el conjunto de trabajo.
Aparecieron debajo los resultados que esperaba: disminución en una fuente de tráfico, incremento en abandono después del segundo contacto y un cambio en la distribución horaria de las conversiones. Nada emocionante. Nada que justificara que yo siguiera despierta.
Le pedí que ordenara las causas probables. El análisis empezó. Tomé la copa. Mi teléfono vibró junto al teclado.
Daniel.
Abrí el mensaje antes de pensar en hacerlo.
¿Sigues trabajando, amor?
Sonreí.
—Por desgracia.
La respuesta llegó casi de inmediato.
Eso dijiste hace dos horas.
—Tengo clientes que creen que dormir es opcional.
Despídelos.
—Gran estrategia de negocios.
Soy muy bueno en mercadotecnia.
—Trabajas con autos.
Detalles.
Sonreí otra vez y dejé el teléfono boca abajo.
Daniel estaba en Alemania. Según su último mensaje, en un hotel fuera de Múnich por una reunión que empezaba demasiado temprano al día siguiente.
A lo largo de casi cinco años había aprendido que preguntar exactamente qué hacía en esos viajes era la manera más rápida de recibir una explicación suficientemente técnica para arrepentirme.
Proyectos. Operaciones. Proveedores. Coordinación.
Plantas. Procesos internos. Cosas que sonaban importantes y aburridas al mismo tiempo.
En la pantalla, Veyra terminó el análisis.
Revisé las recomendaciones, marqué una para el reporte y estaba a punto de cerrar la plataforma cuando apareció una línea nueva debajo de los resultados.
Se detectó una anomalía adicional de alta relevancia fuera del conjunto de trabajo.
Fruncí el ceño.
Nunca había visto esa advertencia.
Escribí:
—¿Fuera de qué conjunto?
Fuera de los datos correspondientes al cliente activo.
—Entonces ignórala.
Hubo una pausa breve.
No se recomienda ignorarla.
Eso consiguió que apartara la mano del mouse.
Veyra no solía discutir. Si una variable quedaba fuera del alcance de una consulta, lo habitual era excluirla. Pensé que quizá había conectado por error otra cuenta, algún calendario personal o información de otra campaña.
—¿De qué se trata?
La respuesta apareció después de unos segundos.
Daniel Ertel.
Durante un instante pensé que había leído mal. Miré mi teléfono, todavía boca abajo junto al teclado, y después la pantalla.
Volví a leer el nombre.
Daniel Ertel.
No era una coincidencia. No había otro Daniel Ertel en mi vida. Ni siquiera conocía otro Daniel.
—¿Por qué acabas de escribir ese nombre?
Veyra tardó un poco más esta vez.
Daniel Ertel presenta una asociación persistente con tu patrón conductual personal y una desviación reciente de alta relevancia.
Sentí la primera incomodidad real de la noche.
—Yo no te he preguntado por Daniel ahora.
Correcto.
—No he escrito su nombre en esta conversación.
Correcto.
Miré otra vez el teléfono, como si pudiera encontrar allí una explicación más sencilla.
—Entonces ¿por qué lo sacaste otra vez?
El identificador está presente en fuentes asociadas a permisos activos de tu cuenta.
—¿Qué fuentes?
La respuesta enumeró categorías, no aplicaciones específicas: metadatos de comunicaciones autorizadas, calendario, actividad de dispositivos vinculados, patrones de interacción y referencias presentes en información a la que yo había dado acceso durante la configuración.
Aquello era menos espectacular de lo que mi cuerpo parecía haber decidido.
Claro que Daniel podía aparecer ahí. Había años de llamadas, horarios, notificaciones, recordatorios y rutinas.
No hacía falta que Veyra “supiera” quién era.
Bastaba con que identificara que había una persona con la que yo interactuaba mucho.
Aun así, algo me molestaba.
—¿Estás leyendo mis mensajes?
No. No interpreto el contenido de tus conversaciones privadas salvo que tú lo proporciones directamente o conectes una fuente que lo incluya.
Para identificar una relación persistente no es necesario interpretar el contenido.
Los patrones de frecuencia, duración, recurrencia y contexto pueden ser suficientes.
—Eso suena un poco invasivo.
Los permisos pueden modificarse.
Muy útil.
Me serví otro poco de vino rosado aunque todavía no había terminado lo que quedaba en la copa.
—¿Cuál es la anomalía?
Veyra tardó.
Se detectó una desviación significativa en la continuidad esperada asociada a Daniel Ertel.
La frase era suficientemente técnica para parecer inofensiva.
—¿Continuidad esperada de qué?
De comportamiento.
—¿Va a desaparecer?
La pregunta me salió antes de decidir hacerla.
Quizá porque Daniel desaparecía.
No esa noche. No recientemente. Pero a lo largo de los años había aprendido que con él podía existir una diferencia considerable entre hablamos mañana y la próxima vez que realmente hablábamos. Veyra respondió:
No.
Me quedé mirando la palabra.
—Entonces ¿qué significa “continuidad”?
La pausa fue más larga.
La probabilidad de que el patrón actualmente identificado como Daniel Ertel continúe activo disminuye abruptamente dentro de una ventana temporal próxima.
Sonaba como un cliente que cancelaba una suscripción.
—No entiendo.
Puedo reformular.
—Por favor.
La respuesta tardó varios segundos.
Dentro de once días, Daniel Ertel estará muerto.
No sentí miedo inmediatamente.
Primero sentí irritación.
Luego incredulidad.
Después una especie de vergüenza absurda por estar sentada en mi propia casa leyendo una frase así de una plataforma que esa misma tarde había utilizado para decidir a qué hora mandar un correo.
Escribí:
—No.
Veyra no respondió.
—Eso no es una predicción que puedas hacer.
Es una inferencia probabilística basada en los datos disponibles.
—No tienes su expediente médico.
No.
—No sabes siquiera dónde va a estar dentro de once días.
No con suficiente confianza.
—Entonces está mal.
Es posible.
Aquello me descolocó más de lo que habría hecho una defensa.
—¿Es posible?
Toda predicción tiene un margen de error.
—Perfecto. Entonces ya está.
Moví el cursor hacia la esquina de la ventana.
Antes de que pudiera cerrarla apareció otra línea.
La probabilidad estimada supera ampliamente el umbral de alerta configurado.
Detuve la mano.
—¿Qué probabilidad?
Veyra tardó.
No se recomienda presentar una cifra única cuando la incertidumbre del modelo puede interpretarse como precisión absoluta.
Solté una risa seca.
—Ahora te preocupa que interprete mal una cifra después de decirme que una persona va a morir.
No respondió a eso.
Me levanté, llevé la copa hasta la cocina y regresé sin saber para qué me había movido. Daniel seguía a miles de kilómetros. Probablemente acostado. Probablemente mirando videos en el teléfono en vez de dormir aunque me hubiera dicho que estaba agotado. Era ridículo pensar otra cosa.
Me senté de nuevo.
—¿De qué va a morir?
No puede determinarse con suficiente confianza.
—¿Enfermedad?
Posible.
—¿Accidente?
Posible.
—¿Violencia?
La pausa fue ligeramente más larga.
Posible.
Sentí una presión incómoda bajo las costillas.
—Entonces básicamente no sabes.
Conozco el resultado previsto con mayor confianza que el mecanismo.
—Eso no tiene sentido.
Un resultado puede presentar mayor estabilidad estadística que la secuencia exacta de eventos que conduce a él.
No me gustó que aquello sí tuviera sentido.
Miré el teléfono. Daniel no había enviado nada más. Abrí nuestra conversación.
El último mensaje seguía ahí.