Lo que nadie vio de nosotros 16. La estación
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16. La estación

La estación

La Estación no era una estación desde hacía treinta años.

Antes había sido el lugar donde terminaban los trenes que llevaban mercancía al puerto.

Ahora tenía un café, tres tiendas de segunda mano y una sala de espera que alguien había convertido en biblioteca comunitaria.

Aún conservaba los relojes altos, detenidos en distintas horas.

A las doce menos diez, todos parecían burlarse de mí.

Llegué veinte minutos antes.

Llegar puntual con el estómago apretado tampoco era valentía.

Pedí un café que no quería y me senté en una mesa desde la que podía ver las dos entradas. Saqué el teléfono. Lo guardé. Lo saqué otra vez. Leí el mensaje de Cora una vez más, como si entre la primera y la sexta lectura fuera a aparecer una instrucción más clara.

No le dije a nadie que iba a verla.

Preferí que la decisión llegara sin un coro de opiniones antes de tiempo.

Cuando el reloj de la pared marcó las doce con una lentitud ofensiva, Cora entró por la puerta del lado de la biblioteca.

Lo primero que pensé fue que se veía más pequeña.

No había cambiado de estatura. Mi recuerdo de ella era el que ocupaba demasiado espacio.

Tenía el pelo un poco más largo que antes, hasta la mandíbula, y una chamarra gris enorme con las mangas remangadas.

Llevaba una bolsa de tela negra y las mismas botas que usaba cuando vivíamos en el edificio de la facultad.

Reconocí la marca de pintura blanca en la punta derecha.

Yo se la había hecho una noche, tratando de decorar una playera en su sala.

Ella se detuvo al verme.

No sonrió.

Yo tampoco.

Se sentó frente a mí y dejó la bolsa en el suelo.

—Hola —dijo.

—Hola.

Había imaginado ese momento demasiadas veces. En algunas versiones le decía todo. En otras, ella me abrazaba y el cuerpo entendía por fin que no estaba sola. En ninguna imaginé que el ruido más fuerte sería la máquina de café espumando leche detrás de ella.

—Pedí café —dije, porque mi cerebro decidió que ese era el dato urgente.

Cora miró el vaso frente a mí.

—Lo sé. Siempre pides café y no te lo tomas.

—A veces me lo tomo.

—Cuando está frío y ya no sabe a nada.

La frase no fue cruel. Ese fue el problema. Todavía conocía cosas de mí.

La mujer del mostrador trajo una taza para Cora. Ella no había pedido nada. La dejó sin preguntar, como si Cora hubiera ido ahí todas las semanas durante los dos años que no nos vimos.

—Gracias, Mina —dijo Cora.

La mujer asintió y se fue.

—¿Vienes mucho? —pregunté.

—Trabajo cerca.

—Caleb dijo que estabas en una librería.

Cora apretó la mandíbula apenas.

—Caleb dice muchas cosas como si no fueran suyas.

—No vine a hablar de él.

—Yo tampoco. Pero está ahí aunque no lo digamos.

No supe discutirle eso.

Saqué el teléfono de mi bolsillo y lo dejé boca abajo sobre la mesa.

—¿Qué era lo que nadie me contó?

Cora llevó ambas manos alrededor de la taza. Tenía una cicatriz nueva junto al pulgar. Quise preguntar de dónde había salido. No lo hice. Había cosas que ya no tenía derecho a exigir como antes.

—Primero quiero decirte algo —dijo—. No te llamé para que me pidieras perdón perfecto. Ni para darte uno.

—No venía a pedirte que me perdonaras.

Ella me miró.

—¿No?

La respuesta correcta habría sido no. La respuesta verdadera me costó más.

—Creo que sí —dije—. Un poco.

Cora asintió, como si eso fuera lo primero honesto que habíamos dicho.

—Yo tampoco vine a hacer como que no me dolió.

—Lo sé.

—No, Mara. No creo que lo sepas.

La dijo despacio, sin subir la voz. Me hubiera sido más fácil si se hubiera enojado.

—La noche de la fiesta, cuando fui por aire, no necesitaba que resolvieras nada —continuó—. Necesitaba que me acompañaras cinco minutos. Eso fue lo que te pedí.

La imagen volvió con una nitidez que odié: la terraza del departamento de Teo, el vidrio empañado, Cora sentada en el suelo con las rodillas contra el pecho.

La gente adentro gritando una canción que ya no recuerdo.

Mi celular vibrando sin parar porque alguien había subido una historia donde aparecía yo besando a alguien que no era Cora ni era importante.

—Me pediste tu bolsa —dije.

—Te pedí mi bolsa y que no te fueras.

—No me fui.

—Volviste. Pero cuando volviste estabas mirando tu teléfono.

No respondí.

—Había un montón de gente entrando y saliendo —seguí, inútilmente—. Yo no entendía qué estaba pasando.

—Yo tampoco entendía qué estaba pasando. Por eso te quería ahí.

El café frente a mí ya estaba frío.

—Después me dijiste que no armara una escena —dijo Cora.

Sentí que algo me bajaba por el estómago, pesado, conocido.

—No me acuerdo de haber dicho eso.

—Ya sé. Y no te lo digo para que te sientas una mierda. Te lo digo porque yo sí me acuerdo.

Miré la mesa. Tenía un rayón largo cerca del borde, como una ruta dibujada por una llave.

—No sabía que estabas tan mal —dije.

—No. No sabías. Porque yo era muy buena haciendo que no se notara. Y tú eras muy buena creyendo que, si no se notaba, no era urgente.

No fue una acusación completa. Era peor que eso. Era una parte de verdad que ambas habíamos ayudado a fabricar.

—Después se hizo el video —dije.

Cora soltó el aire por la nariz.

—Después se hizo el video.

—La gente decía que te dejé tirada.

—La gente no sabía nada.

—¿Y tú no dijiste nada?

Sus ojos se endurecieron.

—¿Qué querías que dijera? ¿Que estaba teniendo una crisis en una fiesta y que mi mejor amiga se congeló? ¿Para que me creyeran a mí o para que te perdonaran a ti?

Me quedé quieta.

—No eras evidencia, Cora —dije al fin.

—Lo fui durante meses. Cada vez que alguien me preguntaba qué había pasado, tenía que decidir si protegía mi privacidad o tu versión. No se sentía bien ninguna de las dos.

La vergüenza no siempre llega como un golpe. A veces se instala en una silla frente a ti y te explica, con calma, quién fuiste cuando otra persona te necesitaba.

—Lo siento —dije.

Cora cerró los ojos.

—No sé qué hacer con que lo sientas todavía.

—No tienes que hacer nada.

—Bien. Porque no quiero que esto se convierta en que yo te alivie.

Asentí. Tragué saliva.

—¿Entonces por qué aceptaste venir?

Ella miró hacia los relojes detenidos de la pared.

—Porque Caleb me llamó hace una semana.

La miré.

—¿Él te llamó?

—Sí. Para decirme que estabas en la residencia. Que iban a trabajar juntos. Estaba asustado de que yo pensara que estaba usando mi historia para acercarse a ti.

—¿Y lo estaba haciendo?

Cora tardó en contestar.

—No lo sé. Creo que él tampoco sabía del todo.

Eso me hizo enojar de una manera limpia. Agradecí tener algo hacia dónde dirigirla.

—¿Por qué no me dijo?

—Porque Caleb siempre cree que si guarda una cosa el tiempo suficiente, deja de poder hacer daño.

—Y tú lo conoces demasiado bien.

Cora soltó una risa breve y cansada.

—Fuimos amigos antes de que tú y yo dejáramos de hablar. Esa es otra cosa que nadie te contó porque nunca preguntaste.

Sentí que el suelo se inclinaba apenas.

—¿Eran amigos?

—Trabajábamos juntos en algunos eventos. Él arreglaba las cosas que se rompían en las instalaciones, y yo fingía que sabía planearlas. Nada romántico, por si tu cara ya está escribiendo una historia.

Odié que hubiera leído mi cara. Odié que no estuviera equivocada.

—No estaba pensando eso.

—Claro.

—No estaba pensando eso.

—Mara —dijo con una suavidad que casi me rompió—. Puedes estar enojada con él sin inventarte algo peor para que sea más fácil.

Nos quedamos en silencio.

Había tanta historia entre nosotras que hasta callarnos venía cargado.

—El archivo —dije después—. ¿Sabías que él lo guardó?

Cora bajó la mirada a la taza.

—Sí.

—¿Le pediste que lo hiciera?

—Le pedí que no lo subiera ni se lo enseñara a nadie. La cámara del edificio grabó la terraza por accidente. Él estaba ayudando a Teo con las luces de la fiesta, vio que la toma podía existir y la pidió antes de que alguien más la agarrara.

—¿Y qué hay en la toma?

—No lo sé. Nunca quise verla.

La frase dejó una mesa nueva entre las dos.

—¿Nunca la viste?

—No. Porque no quería convertir el peor momento de esa noche en una prueba para decidir quién tenía razón.

Pensé en Caleb diciendo que había guardado algo por respeto. Pensé en él, durante dos años, teniendo una respuesta posible a una pregunta que me había perseguido. Pensé en lo mucho que podía significar un video y en lo poco que cambiaría que existiera.

—¿Por qué me escribiste? —pregunté.

Cora tomó la bolsa negra del suelo y sacó una foto doblada.

Sacó una Polaroid vieja de las dos, sentadas sobre una banqueta con una pizza barata entre las piernas. Cora tenía el pelo larguísimo. Yo llevaba una sudadera amarilla que había perdido hacía años. Las dos estábamos haciendo una cara horrible.

En el reverso, con mi letra, decía: no sobreviviremos a los veintidós.

—La encontré cuando me mudé —dijo—. Me dio rabia que fuera tan fácil extrañarte después de todo.

No lloré. Tenía el cuerpo demasiado atento, como si una lágrima fuera a hacer caer algo más.

—Yo también te extrañé —dije.

Cora apretó los labios.

—Extrañar a alguien no arregla cómo lo trataste.

—Ya sé.

—Pero tampoco significa que no podamos hablar nunca más.

La esperanza fue tan pequeña que casi no quise tocarla.

—¿Vamos a hablar otra vez? —pregunté.

—Hoy estamos hablando.

No me gustó escucharlo, pero Cora había contestado.

Al levantarse, Cora dejó la Polaroid sobre la mesa.

—No le pidas el archivo todavía —dijo.

—¿Por qué?

—Porque si lo ves ahora, vas a creer que por fin tienes una versión que te absuelve o una versión que te condena. Y no sé si ninguna de las dos te va a servir.

—¿Y qué se supone que haga?

Cora se puso la chamarra.

—Lo que no hicimos esa noche. Pregunta antes de decidir que sabes.

La vi caminar hasta la salida de la biblioteca. Antes de irse, giró un poco la cabeza.

—Mara.

—¿Sí?

—No dejes que la gente de internet convierta esto en la única cosa que eres. Pero no uses a la gente de internet para evitar mirar la parte que sí te toca.

Luego se fue.

Me quedé frente a mi café frío y una foto donde las dos parecíamos demasiado jóvenes para saber que un día dejaríamos de hablarnos.

Los relojes de la estación seguían detenidos.

Por primera vez, no les pedí que se movieran.