15. El día de la prensa
El día de la prensa
El jueves, Vera puso una tirita negra sobre la cámara del timbre de la residencia.
—No sirve de nada —dijo Eva, mirando la cinta—. La cámara está afuera.
—Pero me hace sentir que hice algo.
—Eso sí sirve de algo —dijo Mateo desde el suelo, sin levantar la vista de una pieza de barro que se había roto por la mitad.
No todos los días empezaban con una frase así. El jueves sí.
La visita de prensa era a las cinco. Desde las diez de la mañana, la residencia había empezado a comportarse como una casa antes de que llegue alguien importante: cosas que llevaban semanas tiradas aparecieron de pronto guardadas, las tazas sucias encontraron dueño y Mateo escondió una pila de cajas detrás de una cortina que no ocultaba absolutamente nada.
Yo no tenía que salir en ninguna foto. Eva me lo había repetido tres veces.
También me había dado permiso de no bajar.
El problema de que alguien te dé permiso para esconderte es que, de pronto, esconderse parece una decisión mucho más fácil de defender.
Pasé la mañana en mi cuarto recortando pequeños mapas en papel vegetal.
Eran copias de la zona sur de Seattle, con calles reales y marcas que solo yo entendía: un círculo azul para la cancha de Lidia, una línea roja para el callejón donde se oían los trenes, un punto amarillo al lado de la máquina de dulces que nunca funcionaba.
No era el proyecto que había propuesto al entrar a la residencia.
Mi proyecto inicial tenía palabras como intervención urbana y cartografía afectiva . Lo escribí de madrugada para que sonara como si yo supiera cosas importantes sobre ciudades.
Ahora solo quería hacer un mapa donde alguien pudiera encontrar una cancha que no estaba en internet.
Al mediodía, alguien tocó mi puerta dos veces.
—Está abierto —dije.
Fue Caleb.
No entró. Se quedó apoyado en el marco con una bolsa de pan en una mano y una carpeta doblada bajo el brazo.
—Eva me pidió que preguntara si vas a comer.
—Eva puede preguntar ella.
—Eva dice que si viene ella, la vas a mandar a pelear con el calendario.
—Eso es una posibilidad real.
Caleb levantó un poco la bolsa.
—Compré pan de queso.
—Eso también es una forma de manipulación.
—No es mi mejor forma, pero funciona.
Lo dejé entrar porque el pan olía demasiado bien y porque, después de la conversación del día anterior, no quería convertir cada puerta cerrada en una declaración.
Se sentó en el suelo, no en mi cama. Agradecí que entendiera sin haberlo hablado.
—¿Qué haces? —preguntó, mirando los papeles.
—Un mapa.
—Eso lo había deducido.
—Qué alivio. Me preocupaba que tuvieras que volver a la escuela.
Él sonrió y tomó una de las hojas con cuidado por un borde.
—¿Qué significa este círculo azul?
—Una cancha escondida. Una señora llamada Lidia corta naranjas ahí.
—¿Y el amarillo?
—Una máquina de dulces que se come las monedas.
—Eso parece importante.
—Lo es. Dice mucho de un lugar que siga existiendo una máquina que nadie arregla y a la que todos vuelven.
Caleb dejó el papel donde estaba.
—¿Vas a ponerlo en la muestra?
—No sé.
—¿Porque no está listo?
—Porque si lo pongo, alguien va a querer explicar qué significa.
—¿Y no significa algo?
—Sí. Pero no siempre quiero traducirlo.
Caleb se quedó mirando el mapa como si no necesitara una respuesta más larga. Podía ser desesperante. Esa mañana, no lo fue.
—Hoy puedes quedarte arriba —dijo al fin.
—Ya lo sé.
—Pero si quieres bajar, puedo estar cerca.
—¿Cerca de qué? ¿De mí o de los periodistas?
—De la puerta. De ti si me lo pides. De los periodistas si se ponen idiotas.
—¿Cómo sabrías que se están poniendo idiotas?
—Arreglo cosas. La gente también hace ruido distinto cuando quiere conseguir algo.
Miré la carpeta que tenía bajo el brazo.
—¿Qué es eso?
Caleb tardó medio segundo de más en responder.
—Mi propuesta para la muestra.
—¿Puedo verla?
—Todavía no.
Era una negativa suave, pero seguía siendo una negativa.
Antes, quizás habría insistido. Habría decidido que si me dejaba entrar a su cocina y me hablaba de quedarse, entonces tenía derecho a todas sus puertas.
—Está bien —dije.
Él levantó los ojos. Parecía sorprendido.
—No voy a buscarla cuando te bañes, Caleb.
—No estaba pensando eso.
—Ahora sí.
Se rio. De verdad. Un segundo después, algo golpeó la pared del pasillo y Mateo gritó que alguien había puesto cinta sobre una de sus esculturas "sin consentimiento del barro".
Caleb tomó otro pan de la bolsa.
—Cinco minutos abajo —dijo—. Luego puedes volver a encerrarte y nadie hará un documental sobre ello.
—Diez.
—¿Diez qué?
—Diez minutos. No soy tan fácil de sobornar.
—Con pan de queso sí.
—Cállate.
A las cinco con siete minutos llegaron dos mujeres y un hombre con una cámara pequeña.
No se parecían a los equipos de televisión que yo imaginaba. No había luces enormes ni micrófonos peludos. La mujer que se presentó como Paula llevaba un impermeable beige y una libreta con una esquina mordida. El hombre de la cámara tenía una mancha de pintura azul en la uña del pulgar.
Eso no hizo que me tranquilizara.
Las cosas que dan miedo casi nunca llegan vestidas como cosas que dan miedo.
Me quedé arriba al principio. Desde el descanso de la escalera podía ver parte del salón común. Eva hablaba con Paula frente a la pared donde Vera había colgado sus telas. Mateo fingía que una de sus piezas no se había partido. Caleb ajustaba un cable junto a la ventana.
Nadie me miraba.
El cuerpo no entendió eso. Me sudaban las manos de todos modos.
—¿Quieres que cierre la puerta? —preguntó Vera, que había aparecido detrás de mí con dos vasos de agua.
—¿Tú quieres?
—Sí. Pero no porque esté pasando algo malo. Porque odio que desconocidos pisen cerca de mis telas con zapatos mojados.
Eso me hizo reír por la nariz.
—Puedes cerrarla.
Vera cerró la puerta del pasillo y se sentó a mi lado en el escalón. No habló. Abajo, las voces eran un rumor sin palabras claras.
Mi teléfono vibró.
Otra vez Cora.
Esta vez era una nota de voz.
Tenía once segundos.
No la reproduje.
La miré como se mira una aguja en el suelo: sabía que no podía fingir que no estaba, pero tampoco quería tocarla mal.
—¿Es ella? —preguntó Vera.
Asentí.
—¿Quieres que me vaya?
Negué con la cabeza.
Vera tomó un sorbo de agua. Al otro lado de la puerta, alguien reía demasiado fuerte. Pensé en todos los años que había pasado creyendo que las conversaciones importantes ocurrían en habitaciones silenciosas, frente a frente, con personas preparadas.
La mayoría llegaba así: en una nota de voz de once segundos, sentada en unas escaleras, con una amiga que no sabía qué hacer pero no se iba.
Me puse un audífono en un oído.
La voz de Cora sonó más baja de lo que la recordaba.
—Mara, no quiero que Caleb te cuente la historia por mí. No le debes una respuesta a nadie hoy. Pero si quieres hablar, el sábado voy a estar en La Estación. A las doce. Si no llegas, lo voy a entender.
Eso era todo.
No había reproches. No había una lista. Ni siquiera había una promesa.
Quité el audífono.
—¿Te va a ver? —preguntó Vera.
—El sábado.
—¿Vas a ir?
El edificio crujió. Abajo, Paula preguntó algo que no alcancé a entender. Caleb pasó por debajo de la escalera cargando una caja de extensiones. Por un segundo levantó la vista y me vio.
No hizo un gesto para que bajara.
No vino a salvarme de nada.
Solo me vio.
—No sé —le dije a Vera.
Y por primera vez esa frase no fue una forma de escapar.
Fue la verdad antes de elegir.