13. Lo que hace una persona cuando se asusta
Lo que hace una persona cuando se asusta
Vera borró el comentario.
No lo ocultó. No lo bloqueó. No lo dejó ahí para fingir transparencia.
Lo borró.
Después dejó el teléfono boca abajo y dijo:
—No lo vi antes. Lo juro.
No sabía si creerle importaba. La pregunta ya estaba afuera. Otra persona había dicho mi nombre. Eso era suficiente para que mi cuerpo empezara a hacer inventario: puertas, ventanas, teléfonos, gente que podía mirar dos veces.
Caleb se levantó despacio.
—¿Quieres que hablemos con Eva?
—No.
—¿Quieres que—
—No.
Él se calló.
Vera tomó aire.
—La publicación era sobre la residencia. La subí hace dos días. Puedo borrarla completa.
—No —dije.
Los dos me miraron.
—No voy a hacer que borres todo porque una persona preguntó algo. No quiero que cada vez que alguien diga mi nombre, mi primera respuesta sea desaparecer.
La frase sonó más firme de lo que me sentía.
Vera asintió, pero no tocó el teléfono.
—Entonces, ¿qué hacemos?
No tenía respuesta. La odiaba por preguntarme y la odiaba más porque no lo hizo como quien espera que yo la salve de su culpa.
Caleb miró la lona, los hilos rojos, mi chaqueta mal cosida.
—Podemos poner límites sin borrar a Mara del programa —dijo.
—No hables de mí como si no estuviera —solté.
—Tienes razón. Perdón.
Me tapé la cara un segundo.
—No sé cómo hacer esto —dije contra mis manos.
Nadie respondió enseguida.
El hombre del mostrador carraspeó desde su silla.
—Cuando una gotera empieza, no tiras la casa —dijo—. Pones una cubeta y buscas de dónde viene.
Lo miramos.
Él volvió al periódico.
—No me miren así. Solo vendo aparatos rotos.
—Usted no vende aparatos —dijo Caleb.
—Precisamente.
No solucionó nada. Pero nos dio una cosa concreta que hacer.
La cubeta, en este caso, fue Eva. Hablamos con ella esa misma tarde.
Vera desactivó las etiquetas y limitó la publicación a gente que ya seguía la cuenta.
Eva escribió un correo para el grupo: nada de subir material de la residencia con otras personas visibles sin permiso.
Mateo propuso un castigo público para quien no cumpliera y Eva le quitó el celular por veinte minutos para demostrar que no era una mala idea.
Yo no dije mucho.
Caleb tampoco.
Cuando salimos de la oficina, él caminó conmigo hasta el pasillo y se detuvo a dos pasos de distancia.
—Mara.
—¿Qué?
—No necesitas demostrar que no tienes miedo.
Lo miré.
Él siguió antes de que pudiera interrumpirlo.
—Solo quiero que no tomes una decisión porque alguien te asustó.
—¿Y tú? —pregunté—. ¿Cuántas decisiones tomaste porque estabas asustado?
Su boca se tensó.
—Demasiadas.
—Entonces no me des consejos desde la orilla.
—No te estoy dando consejos.
—¿Qué haces, entonces?
Caleb miró hacia la escalera. Abajo, Vera discutía con Mateo por una cinta adhesiva. El ruido de la residencia seguía, tercamente vivo.
—Intento quedarme cuando me dan ganas de irme —dijo.
No era una frase espectacular. No quería serlo.
Por eso la guardé.
Esa noche fui al supermercado de la esquina por pan y terminé comprando mandarinas, una sopa instantánea y una planta pequeña que no necesitaba.
La cajera la miró.
—Esa se muere fácil.
—Perfecto. Me gustan los proyectos con expectativas bajas.
Subí a la residencia con la bolsa cortándome los dedos. En la cocina encontré a Caleb frente a una olla. No se sobresaltó al verme. Solo bajó el volumen de una canción que sonaba desde un teléfono apoyado en el refrigerador.
—¿Eso es pop de hace diez años? —pregunté.
—No.
—Es literalmente pop de hace diez años.
—Es una lista de reproducción del dueño de la cocina.
—Claro. El dueño de la cocina tiene gustos muy específicos y una sopa de tomate en el fuego.
Caleb miró la olla como si lo hubiera traicionado.
—No es sopa de tomate.
—Huele a tomate.
—Puede oler a tomate y ser otra cosa.
—Eso suena a una amenaza gastronómica.
Por primera vez en todo el día, mi pecho no estuvo preparado para apretarse.
Caleb tomó dos platos del escurridor. Puso uno en la encimera. Después el otro. No me preguntó si quería quedarme. No me dijo que era para mí.
La sopa siguió hirviendo.
Yo dejé las mandarinas sobre la mesa.
—Una de esas plantas se murió aquí —dije, señalando el borde de la ventana.
—Lo sé.
—¿La mataste tú?
—No. Pero intenté arreglarla.
—Eso no es una respuesta que inspire confianza.
Él sonrió de lado.
—Tampoco era una invitación.
Le lancé una mandarina. La atrapó antes de que golpeara la olla.
No fue perdón.
Fue algo más pequeño.
Una cena que ninguno de los dos tuvo que nombrar.