12. Coser sin mirar
Coser sin mirar
El domingo no llegó nunca.
O, peor: llegó a las once cincuenta y seis de la mañana, cuatro minutos antes de la hora que Cora había escrito en su carta, y luego decidió durar para siempre.
La dirección era una cafetería frente a una plaza pequeña. Tenía mesas afuera, plantas que sobrevivían por terquedad y una ventana desde donde podía ver a cualquiera acercarse antes de que me viera a mí.
Elegí la mesa más incómoda.
Pedí café.
No lo tomé.
A las doce, Cora no estaba.
A las doce diez, tampoco.
A las doce veintidós, recibí un mensaje.
No puedo hoy. No es por ti. O quizá sí, pero no de la manera que estás pensando. Perdón.
Miré las palabras hasta que dejaron de tener forma.
No sabía qué responderle a alguien a quien había extrañado durante un año y que acababa de cancelar una cita que ninguna de las dos sabía cómo tener.
Escribí está bien .
Lo borré.
Escribí entiendo .
También lo borré.
Al final envié:
Gracias por avisarme.
La ternura le quedaba lejos. Era lo más cerca que podía estar de no convertir su miedo en una deuda.
Salí de la cafetería con el café intacto y caminé sin revisar el mapa.
Eso fue un error. Seattle era una ciudad amable hasta que decidía que no: las calles parecían seguir una lógica durante tres cuadras y después te dejaban frente a un patio de carga, una bodega o una calle que terminaba en una pared.
Cuando levanté la vista, estaba frente al taller de Santos.
La persiana estaba abierta. La máquina verde seguía en el escaparate, ahora sin sábana.
No entré porque quisiera ver a Caleb.
Entré porque estaba ahí.
La distinción era importante, aunque nadie más la comprara.
Vera estaba sentada frente a una mesa de corte, cosiendo una línea roja sobre un pedazo de lona. Caleb sostenía una lámpara vieja con el cable abierto entre las manos. El hombre del periódico no estaba leyendo; dormía con la boca entreabierta detrás del mostrador.
Vera levantó la vista.
—Hola —dijo, y luego pareció recordar que no éramos amigas que se saludaban como si nada—. ¿Estás bien?
—Pregunta arriesgada.
—Sí. Lo pensé después de decirla.
Caleb no se levantó. Dejó la lámpara sobre la mesa, con cuidado.
—¿Cora no fue? —preguntó.
Lo miré.
—¿Te escribió?
—No.
—Entonces no adivines cosas.
—Tienes razón.
—No empieces.
Por un segundo, Vera cerró los ojos. Caleb miró la lámpara. El hombre dormido respiró fuerte detrás del mostrador.
Era imposible no notar cuánto espacio ocupaba una conversación que ya había pasado demasiadas veces.
—No fue —dije al final—. Y no quiero hablar de eso.
—Está bien —dijo Vera.
La miré con una advertencia que no tenía derecho a darle.
Ella levantó una mano.
—No es la misma frase. Es solo información.
La risa me agarró desprevenida. Salió corta. Vera sonrió, aliviada, y volvió a la lona.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté.
—Una prueba para una convocatoria del taller municipal —dijo—. Si me dan el espacio, quiero llenarlo de rutas cosidas por gente que no se conoce. Las costuras se podrán quitar; no quiero que parezcan órdenes.
Me acerqué. Los hilos rojos cruzaban la tela de una manera torpe y bonita. Algunos terminaban en un nudo; otros no llegaban a ningún sitio.
—Parece que alguien se perdió —dije.
—Esa era la idea.
Me senté frente a ella.
—¿Me enseñas?
Vera tardó medio segundo antes de responder. No por duda, sino porque entendía que una pregunta así podía ser algo más que una pregunta.
—Sí.
Me pasó una aguja. El hilo rojo se me escapó dos veces. A la tercera, logré meterlo por el ojo de la aguja sin ayuda y sentí una satisfacción absurda, infantil, enorme.
—No mires tanto —dijo Vera—. Las manos aprenden mejor cuando dejas de vigilarlas.
—Eso suena falso.
—Todo el mundo piensa que es falso hasta que deja de mirar.
Caleb levantó los ojos desde la lámpara.
—Tiene razón.
—No te metas en mi educación textil.
—No me estoy metiendo.
—Tu presencia tiene opiniones.
—Eso no tiene sentido.
—Y, sin embargo, te ofendiste.
Vera se tapó la sonrisa con la mano. El hombre del mostrador se despertó justo a tiempo para mirarnos con desaprobación.
—Si van a coquetear, háganlo lejos de las agujas —murmuró.
El aire se volvió extraño.
Caleb bajó la vista. Yo clavé la aguja demasiado rápido y me piqué el pulgar.
—No estamos coqueteando —dije.
El hombre volvió a cerrar los ojos.
—Eso dicen todos antes de sangrar sobre una tela.
La gota de sangre apareció justo encima de un hilo rojo. Vera tomó mi mano antes de que pudiera esconderla, la envolvió en un trozo de papel y la soltó de inmediato.
—Presiona —dijo—. No te voy a dar un discurso.
—Gracias.
Caleb no se acercó. Se quedó donde estaba, con la lámpara abierta sobre la mesa y un destornillador entre los dedos.
Me gustó que no viniera a salvarme de una herida que ni siquiera era una herida de verdad.
Eso fue lo que me dio miedo.
—Tu chaqueta está rota —dijo Vera.
Miré el forro descosido cerca del bolsillo. Llevaba semanas así. Un hilo suelto no parecía una emergencia hasta que alguien lo señalaba.
—Puedo arreglarla —dijo Caleb.
—No.
La respuesta salió rápida.
Él asintió. Vera no hizo cara de lástima.
—Yo te enseño —dijo ella—. Tú la coses.
La chaqueta quedó sobre la mesa. El desgarro era pequeño, una línea de tres centímetros. Pasé el hilo por la aguja y empecé a hacer puntadas irregulares por dentro del bolsillo.
No eran bonitas. No eran invisibles.
Pero mantenían la tela unida.
Caleb dejó de trabajar un momento. No me miró a la cara; miró la chaqueta.
—Quedó bien —dijo.
—Quedó funcional —corregí.
—A veces es lo mismo.
Quise discutir. En vez de eso, doblé la chaqueta y me la puse otra vez.
El teléfono de Vera vibró sobre la mesa.
La pantalla se encendió con una notificación de una red social. No alcancé a ver el nombre de quien escribía. Sí vi la frase bajo una foto antigua de la residencia.
¿Mara Vela está ahí?
Vera apagó el teléfono demasiado tarde.
Nadie habló.
El hilo rojo seguía atravesando la lona entre mis manos.