9. Cora no está muerta
Cora no está muerta
La palabra sí no se pareció a un alivio.
Se pareció a descubrir que el piso de una habitación que conocías tenía una puerta debajo.
—¿La viste? —pregunté.
Caleb miró hacia donde Mateo intentaba abrir otra bolsa de papas con los dientes. Vera guardaba el hilo azul en su mochila. Nadie nos estaba mirando. Nadie sabía que una sola respuesta acababa de cambiar el tamaño de una ausencia.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Hace cuatro meses.
El viento trajo olor a agua salada y combustible. No escuché el resto de la conversación del grupo. Solo pensé en los meses convertidos en una cifra precisa. Cuatro. Una palabra pequeña para todo lo que yo no había sabido.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Caleb no fingió no entender.
—Porque Cora no quería que nadie la buscara a través de mí. Y porque me daba miedo que, si te lo decía, pensaras que tenía derecho a decidir cuándo estabas lista para saberlo.
—¿Y qué hiciste?
La culpa cruzó su cara antes de que pudiera esconderla.
—Decidí no decir nada.
—No tienes que quedarte —dije.
—Lo sé.
—Te estás volviendo experto en decirlo.
—No quiero convertirlo en una frase que no significa nada.
—Ya lo hiciste con otras.
Le dolió. Lo vi. No se defendió.
La lluvia empezó como una especie de polvo frío.
—¿Cora está bien? —pregunté.
Caleb levantó la cabeza.
—No sé qué significa “bien”.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Hablar como si fueras una nota al pie. Pregunté si está viva, si come, si duerme, si tiene una vida que no se parece a esa noche. No te pedí un ensayo.
Por primera vez desde que estábamos en el muelle, él pareció perder el orden de las cosas.
—Está viva —dijo—. Tiene trabajo. Se mudó. La última vez que la vi estaba aprendiendo a manejar y odiaba hacerlo.
El alivio me dio rabia.
Cora no estaba necesariamente bien. Pero alguien más había sabido de ella durante un año, mientras yo no podía ni decir su nombre sin sentir que me faltaba aire.
—La viste.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Hace cuatro meses.
Me quedé mirándolo.
La lluvia dejó manchas oscuras en su sudadera. Su cabello se le pegaba a la frente. Parecía cansado. Parecía una persona real.
También parecía alguien que había podido ver a Cora y luego sentarse a mi lado en una lavandería sin decirlo.
—No sé qué quieres que te diga —murmuró.
—Eso es lo único que siempre sabes decir.
—No. Lo que siempre sé hacer es callarme cuando debería hablar.
La frase me golpeó porque no intentaba quedar bien.
—¿Por qué no me buscó? —pregunté.
Caleb miró hacia el agua. Un barco de carga pasó al fondo, borrado por la lluvia.
—No quiso.
No había crueldad en su voz. Eso no hizo que doliera menos.
—¿Te dijo que no me dijeras dónde estaba?
—No.
—Entonces podías haberlo hecho.
—Sí.
—Otra vez.
—Lo sé.
Quise gritarle. No lo hice. El muelle estaba demasiado vacío y una parte de mí no quería darle a esa noche la dignidad de un gran espectáculo.
—Vete con ellos —dije.
Caleb no se movió.
—Mara—
—Vete.
Esta vez lo hizo.
Lo vi caminar hacia la caseta, pasar junto a la caja de teléfonos, recuperar su caja de herramientas y seguir al resto del grupo. No volteó.
Eso fue lo que pedí.
Eso no impidió que me quedara con la sensación de haber cerrado una puerta desde dentro.
Esa noche, el número de Cora seguía en mi teléfono.
Lo abrí sentada en el suelo de mi habitación, con la espalda contra la cama. Afuera llovía de verdad. Las tuberías de la residencia golpeaban dentro de las paredes como alguien tocando una puerta equivocada.
Escribí su nombre en el cuadro de mensaje.
Cora.
Lo borré.
Escribí:
No sabía que estabas aprendiendo a manejar.
Lo borré también.
Eso era lo peor de extrañar a alguien. No extrañabas solo a la persona. Extrañabas todas las cosas pequeñas que te habías perdido mientras no se hablaban.
Al final escribí:
Escuché tu nombre hoy. Me dio miedo que fuera una señal. Perdón.
La primera frase fue torpe, pero al menos no fingía nada.
Antes de que pudiera borrarla, la envié.
El mensaje salió.
Se quedó con una sola marca gris durante menos de un minuto.
Después aparecieron dos.
No hubo respuesta.
Esperé mirando la pantalla hasta que me ardieron los ojos.
Cuando por fin la dejé sobre el suelo, vibró.
No era Cora.
Era Caleb.
No fui yo quien te escribió. No voy a preguntarte qué decía. Solo quería que supieras que, si alguien vuelve a hacerlo, puedes decirme que no me meta. O puedes decirme que sí.
Leí el mensaje una vez.
No respondí.
Cinco minutos después, el teléfono volvió a vibrar.
Esta vez era Cora.
No estoy muerta, Mara. Pero no sé si puedo hablar contigo todavía.
Me quedé sentada en el suelo hasta que amaneció, con dos mensajes abiertos y la certeza de que había formas de perder a una persona sin que nadie tuviera que desaparecer del mundo.