7. Las máquinas no mienten
Las máquinas no mienten
A las siete de la mañana ya había decidido tres cosas.
La primera: no iba a responder otro mensaje de un número desconocido.
La segunda: no iba a contarle a Caleb que alguien me había escrito.
La tercera: no iba a ir a buscarlo.
A las nueve cuarenta estaba frente al taller del mercado, mirando una persiana metálica a medio subir y preguntándome en qué momento mis decisiones habían empezado a durar tan poco.
El letrero decía REPARACIONES A. SANTOS , aunque la A estaba tan desteñida que podía ser una R, una H o una mancha. En el escaparate había una licuadora desarmada, tres ventiladores sin aspas y una máquina de coser verde cubierta con una sábana transparente.
No entré de inmediato.
Desde la banqueta podía oír un golpe de metal, el clic de una llave inglesa y una radio que transmitía un partido viejo con demasiada emoción para ser martes por la mañana.
El número desconocido seguía abierto en mi teléfono.
Alguien que estuvo ahí.
El mensaje no decía que fuera Caleb.
Eso era lo que lo hacía peor.
Si hubiera dicho fue él , podía enfurecerme con una dirección clara. Si hubiera dicho ten cuidado , podía decidir que era una persona aburrida jugando a ser misteriosa. Pero no. Había elegido una frase lo bastante pequeña para entrar en cualquier sitio.
Cuando la persiana subió unos centímetros más, vi a Caleb.
Estaba sentado en el suelo, delante de la máquina verde.
Llevaba una camiseta negra con las mangas arremangadas y tenía una raya de grasa en la mejilla que no parecía saber que estaba ahí.
Había extendido herramientas sobre una toalla vieja con una organización que daba un poco de miedo: destornilladores por tamaño, tornillos en tapas de frascos, una pinza alineada con el borde de la tela.
No parecía el chico que guardaba archivos en el teléfono.
Ese era el problema con las personas. Podían estar haciendo algo tierno y seguir siendo capaces de arruinarte la mañana.
Caleb levantó la vista.
No se sorprendió al verme. Solo dejó el destornillador a un lado.
—Hola.
—No te emociones. Vine a ver si la máquina tenía mejor criterio que tú.
Por un segundo, el ruido de la radio fue lo único en el taller.
—Es probable —dijo.
Entré.
El interior olía a polvo caliente, aceite y café recalentado. Había estantes llenos de cosas que parecían haber sido abandonadas por generaciones: tostadores, lámparas, dos ventiladores, una caja de relojes sin manecillas y un caballo de juguete con una pierna de menos.
Detrás de un mostrador bajo, un hombre de cabello blanco estaba leyendo el periódico con lentes en la punta de la nariz. No levantó la vista cuando pasé.
—Si se rompe, lo trae —dijo—. Si no se rompe, no toque nada.
—No prometo nada —respondí.
—Ya me di cuenta.
Caleb se puso de pie. Era más alto de lo que recordaba cuando no estaba sentado detrás de una mesa o agachado junto a una puerta. Se limpió las manos en un trapo, empeorando la mancha en lugar de quitarla.
—¿Necesitas algo? —preguntó.
La pregunta tenía cuidado. Demasiado cuidado. Como si cada palabra pudiera explotar si la ponía mal.
Saqué el teléfono y se lo extendí.
—¿Fuiste tú?
No lo tomó. Leyó la pantalla desde donde estaba.
Su cara no cambió mucho. Fue apenas un endurecimiento alrededor de los ojos. Lo suficiente para que mi estómago se cerrara.
—No —dijo.
—¿Reconoces el número?
—No.
—¿Hay alguien más que haya estado ahí y que pueda saber que estoy en Seattle?
Caleb se apoyó en el borde de la mesa de trabajo. Miró hacia el hombre del periódico, como si necesitara comprobar que estaba demasiado lejos para escucharnos.
—Mara—
—No me digas que no tienes que responder. Ya sé que no tienes que hacerlo. Te estoy preguntando si puedes.
Él asintió una vez.
—Había mucha gente. Personal del lugar, invitados, gente que grabó con el teléfono, gente que llegó después. No sé quién lo mandó.
—¿Y no vas a decirme nombres?
—No quiero darte una lista de personas para que las conviertas en sospechosas por mí.
—Qué considerado otra vez.
—No es consideración. Es que no sé.
La respuesta me dejó sin dónde empujar.
El hombre del periódico dobló una página.
—Duarte —dijo sin mirarnos—. Si vas a discutir, discute mientras sujetas esto. Se me va a caer la tapa.
Caleb cerró los ojos un momento.
—Ahora voy.
—No, ahora ya estaba ahí. Llega tarde incluso cuando llega temprano.
Caleb tomó una pieza circular de metal y se arrodilló junto a la máquina. La tapa lateral estaba abierta. Dentro había engranes pequeños, una correa gris y una cantidad de hilo acumulado que parecía el nido de un animal diminuto y muy molesto.
—¿Qué le pasa? —pregunté.
—Se atasca cuando cose hacia atrás.
—Como casi todos.
El hombre del periódico hizo un sonido que podía ser una risa o una tos.
Caleb me miró.
—La correa patina.
—No sé qué significa eso.
—Significa que el motor intenta mover algo y la pieza que debe transmitir el movimiento resbala. Hace ruido, parece que funciona, pero no llega a ninguna parte.
—Eso sí es una metáfora horrible.
—No es una metáfora.
—Claro que no.
Él volvió a la máquina. Con una pinza, sacó un montón de hilo viejo de debajo de la placa. No lo hizo rápido. No intentó impresionarme. Fue quitando pedazo por pedazo, como si el hilo pudiera ofenderse si lo arrancaba de golpe.
—¿Por qué esa? —pregunté.
—¿Qué?
—De todos los aparatos de aquí. ¿Por qué las máquinas de coser?
Caleb tardó en contestar mientras sostenía una pieza minúscula en su sitio y ajustaba un tornillo.
—Porque hacen algo útil —dijo—. Y porque no están hechas para que las admiren.
—Hay gente que colecciona máquinas de coser.
—Hay gente que colecciona cucharas. No los tomo como referencia.
Eso me hizo sonreír. Apenas.
Él lo notó, pero tuvo la decencia de no celebrar nada.
—Mi tía tenía una —continuó—. Cosía ropa para vecinas, arreglaba uniformes, hacía cortinas. Cuando se descompuso, todos le dijeron que comprara una nueva. Ella no quería una nueva. Quería esa.
—¿La arreglaste?
—No. Tenía catorce años y la empeoré mucho.
—Eso sí encaja contigo.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo sé.
La máquina hizo un clic cuando él giró la rueda lateral. Después otro. La aguja subió y bajó una vez, seca, sin hilo.
Caleb se quedó quieto.
—¿Eso es bueno? —pregunté.
—No lo sé todavía.
—Excelente. Me encanta venir a sitios donde nadie sabe nada.
El hombre del periódico bajó los lentes.
—Si supiéramos todo, venderíamos boletos —dijo.
Me gustó él antes de poder evitarlo.
Caleb buscó un carrete de hilo en una caja de plástico y me lo tendió.
—¿Sostienes esto?
Miré el carrete, luego a él.
—¿Me estás pidiendo ayuda?
—Sí.
—Eso es muy valiente de tu parte.
—No es valentía. Tengo las manos ocupadas.
Tomé el hilo.
Me mostró por dónde pasarlo: una guía metálica, una palanca, una ranura tan pequeña que parecía diseñada para humillar a cualquiera con dedos humanos. Nos inclinamos sobre la máquina desde lados opuestos. Su nudillo rozó el mío una vez.
No aparté la mano.
Tampoco hice de eso una señal.
—Ahí no —dijo.
—No me grites.
—No te grité.
—Tu cara tiene volumen alto.
Él levantó una ceja.
—Mi cara no tiene volumen.
—Eso diría alguien que arregla máquinas para no asumir responsabilidad por el daño que provoca.
La sonrisa de Caleb apareció de golpe y se fue casi igual de rápido.
—Pásalo por debajo —dijo.
—Eso sonó sospechoso fuera de contexto.
—No hay contexto en el que debas decir eso en voz alta dentro de un taller.
—Entonces deja de darme material.
El hombre del periódico tosió de nuevo. Esta vez sí era una risa.
Caleb terminó de enhebrar la aguja. Giró la rueda. El hilo bajó, se tensó y dejó una puntada azul sobre un pedazo de tela vieja.
La máquina siguió.
Una línea.
Dos.
Tres.
Caleb soltó el aire.
No parecía orgullo. Parecía alivio.
—¿Ya? —pregunté.
—Ahora tiene que coser hacia atrás.
Presionó una palanca.
La aguja bajó. El motor zumbó. La tela avanzó en dirección contraria.
No se atoró.
El hombre del periódico dio dos golpecitos en el mostrador, como aplausos que no quería admitir que eran aplausos.
—No la rompas otra vez —dijo.
—Haré lo posible.
Caleb apagó la máquina y se limpió las manos con el trapo. Me devolvió el carrete de hilo, aunque no era mío.
—Gracias —dijo.
No le respondí enseguida.
No estaba castigándolo. Esa palabra pesaba raro después de todo lo que no había dicho.
—No fue nada —dije al final.
Él asintió.
El teléfono vibró en mi bolsillo.
Los dos lo escuchamos.
No tenía por qué mostrarle. No tenía por qué hacer de cada ruido una prueba de confianza.
Pero lo saqué.
En la pantalla apareció el nombre de Vera, no el número desconocido.
Si no quieres hablar conmigo, lo entiendo. Pero encontré una cosa en el navegador. No la abrí. Creo que deberías verla con alguien que elijas.
Leí el mensaje dos veces.
Caleb no intentó mirar la pantalla.
—¿Es él? —preguntó.
—No sé.
Eso era lo único que parecía cierto.
Guardé el teléfono.
La máquina verde quedó quieta entre nosotros, con la línea azul cosida sobre la tela como si alguien hubiera dibujado un camino y no supiera todavía a dónde llevaba.