3. La persona que dejó la pantalla encendida
La persona que dejó la pantalla encendida
No hice clic.
No por fuerza de voluntad. Tampoco por dignidad.
No hice clic porque conocía demasiado bien la clase de cosas que podían vivir detrás de una pantalla.
Una miniatura borrosa. Un título escrito por alguien que nunca estuvo ahí.
Un comentario que empezaba con yo no sé qué pasó, pero y terminaba diciendo exactamente lo que una persona desconocida quería que todos creyeran de ti.
Las palabras seguían quietas en la barra de búsqueda.
Mara Vela fiesta video
Me fijé en que alguien había escrito fiesta sin acento. Me fijé en la falta de mayúsculas. En que el cursor seguía parpadeando después de video , como si esperara que alguien añadiera algo más.
Mara Vela fiesta video chica mala.
Mara Vela fiesta video amiga.
Mara Vela fiesta video qué pasó.
No hacía falta que estuvieran escritas para saber que existían.
—Mara.
La voz de Caleb llegó desde la puerta.
No me moví.
—No entres.
Escuché cómo la puerta se quedaba a medio cerrar. El clic suave de la tarjeta contra su lector. Después, nada.
—Ya estoy dentro —dijo.
—Entonces sal.
—Está bien.
Esperé el sonido de sus pasos alejándose.
No llegó.
Me di la vuelta.
Caleb estaba junto a la puerta, todavía con una mano en la correa de su mochila. Miró la pantalla y luego me miró a mí. No tuvo la decencia de parecer sorprendido. Tampoco tuvo la crueldad de parecer culpable.
Eso me enfureció más de lo razonable.
—¿Fuiste tú? —pregunté.
Él frunció el ceño.
—No.
—Qué respuesta tan corta para alguien que entiende de mecanismos. Podrías haberle puesto una pausa dramática.
—No fui yo.
—¿Y cómo sé que no estás mintiendo?
Su mirada fue hacia la pantalla. Después volvió a mí.
—No lo sabes.
La honestidad era un truco cuando llegaba en el momento correcto.
—Qué útil.
—No quiero decirte algo que suene bien si no puedo demostrarlo.
—Podrías empezar por no dejar mi nombre abierto en una computadora compartida.
—No lo dejé yo.
—Claro.
—Mara.
—No uses mi nombre como si eso arreglara algo.
La frase salió más alta de lo que esperaba. La puerta de al lado se abrió. Alguien pasó por el pasillo y volvió a cerrarla enseguida.
Caleb bajó la voz.
—No lo dejé yo. Pero entiendo por qué piensas eso.
—No, no entiendes.
—Tienes razón.
Eso me detuvo.
No era una buena respuesta, pero no era la que ella tenía preparada para pelear.
Había pasado tanto tiempo entrenándome para que la gente minimizara lo que sentía que, cuando alguien no lo hacía, me quedaba sin papel.
Caleb dejó la mochila en el suelo. No se acercó.
—Podemos preguntarle a Eva quién usó el estudio —dijo—. Hay tarjetas de acceso. O podemos cerrar esto y no hacer nada hasta que quieras.
—¿Y tú cuál prefieres?
Pareció pensar la respuesta en serio. Eso también era irritante.
—Prefiero que no tengas que decidir mientras estás enojada.
—Qué considerado.
—No lo estoy diciendo para que me agradezcas.
—Entonces deja de decir cosas que suenan a que debería hacerlo.
Sus dedos buscaron el borde de la correa de la mochila. La acomodó una vez. Luego otra. La manía de ordenar cosas que ya estaban en orden.
—No sé cómo hablar contigo sin hacerlo peor —dijo.
—Podrías intentarlo sin ocultar cosas.
Caleb levantó la vista.
Durante un segundo pensé que iba a decir algo. Algo grande. Algo que me explicaría la carpeta de su teléfono, el mensaje desconocido, la manera en que había cerrado los ojos cuando Eva leyó mi nombre.
En cambio, escuchamos un golpe en el pasillo.
Vera apareció en la puerta con una bolsa de tela colgando del hombro. Llevaba un carrete de hilo azul atrapado en el cabello y un café de máquina que parecía una amenaza.
—¿Vieron mis tijeras? —preguntó sin mirar hacia arriba—. Las dejé aquí o en el taller o en la vida anterior, no sé.
Entonces vio la pantalla.
Su cara hizo algo extraño. Primero se quedó vacía. Después intentó llenarse de normalidad. Falló en las dos.
—Ah —dijo.
Nadie habló.
Caleb miró a Vera. Vera miró el buscador. Yo miré a Vera.
—¿Fuiste tú? —pregunté otra vez.
Vera dejó la bolsa en el piso. El café se inclinó un poco sobre la tapa de plástico.
—Sí.
No sonó desafiante. Eso no la hizo menos culpable.
—¿Por qué?
—Yo…
—No empieces con “yo no quería”. La gente siempre no quiere antes de hacer algo que ya hizo.
Vera tragó saliva. Podía haber llorado. No lo hizo. Le agradecí eso, aunque no quería agradecerle nada.
—Revisé a las personas del programa —dijo—. No a fondo. Bueno, claramente sí a fondo, pero no era para… No sé. Me dio curiosidad.
—Qué palabra tan bonita para meterte en la vida de otra persona.
—Tienes razón.
—Deja de decirme eso si no sabías antes.
Caleb abrió la boca. Lo miré y la cerró otra vez.
—Vera —dijo con cuidado—. Para. No lo arregles hablando.
—Sí tengo.
—No para que ella se sienta mejor.
Vera apretó el vaso de café. La tapa hizo un crujido mínimo.
—No fue por el proyecto —dijo—. No voy a fingir eso. Escuché a alguien de cerámica decir que tu nombre le sonaba y pensé que… pensé que quería saber si era una de esas historias que la gente cuenta mal. Y luego vi cosas. Y cerré la página. Pero cuando volvimos al estudio quise…
Se quedó callada.
—¿Quisiste qué? —pregunté.
—Saber si estabas bien.
Me reí.
El sonido salió feo. Más parecido a una tos.
—Buscarme no es preguntarme si estoy bien.
—Lo sé.
—No, ahora lo sabes porque estoy parada enfrente de ti. Ayer no lo sabías.
Vera asintió una vez. El hilo azul se le cayó del cabello hasta el hombro.
—No —dijo—. Ayer no lo supe.
No había forma elegante de responder a alguien que por fin dejaba de defenderse. Me habría gustado que la hubiera. Quería castigarla con una frase que le durara años. Quería que entendiera exactamente lo que era ver tu peor minuto convertido en una ruta de búsqueda.
Pero Vera ya parecía entender una parte.
No la importante. Esa parte no se podía entregar. Cada quien tenía que llegar sola.
—Salgan —dije.
Vera parpadeó.
—Mara—
—Los dos.
Caleb tomó la mochila. Esta vez no intentó decir mi nombre. Vera recogió su bolsa sin encontrar las tijeras. Antes de irse, dejó el café sobre una mesa auxiliar, como si no supiera dónde poner las manos.
—Lo siento —dijo.
No le contesté.
La puerta se cerró.
Durante un rato solo escuché el aire acondicionado peleando con una ventana mal sellada.
El estudio parecía igual: las hojas de propuesta, mis lápices, la regla metálica, la lista de lugares que Caleb había hecho.
Eso era lo insoportable de las cosas malas.
Rara vez entraban con una música distinta.
A veces solo se sentaban encima de la misma mesa de siempre.
Abrí una carpeta nueva en la computadora.
Escribí: Lugares donde nadie pregunta .
Lo leí. Lo borré.
Escribí: Mapa para desaparecer sin irse .
También lo borré.
La barra de búsqueda seguía abierta en otra pestaña. Podía cerrar el navegador. Podía borrar el historial. Podía hacer que la pantalla volviera a ser solo una pantalla.
Pero afuera seguía existiendo el video. Y el nombre. Y la gente que creía que querer saber era parecido a tener derecho.
Apagué el monitor sin cerrar nada.
No porque estuviera lista para enfrentarlo.
Porque no quería pasar la mañana limpiando la curiosidad de alguien más.
Encontré a Caleb en las escaleras de servicio, sentado dos pisos abajo del estudio. Tenía un cable rojo enrollado en la mano, demasiado apretado.
Cuando me vio, se puso de pie.
—No vine a buscarte —dijo de inmediato.
—Estás en una escalera. Sería un plan bastante malo.
—He tenido peores.
Quise decirle que no tenía derecho a hacerme reír justo entonces. El problema fue que tenía razón: era una respuesta decente. Eso no era lo mismo que perdonarlo por nada, pero me quitó una esquina de la rabia.
Me senté dos escalones arriba de donde él estaba. Lejos. No tanto como para parecer que no había elegido sentarme ahí.
—Vera me dijo que revisó a todos —dije.
—Sí.
—¿Tú lo hiciste?
—No.
—¿Ni ayer? ¿Ni cuando llegaste a tu cuarto? ¿Ni después de que te dije que no lo hicieras?
Caleb sostuvo mi mirada.
—No.
Su respuesta no tenía adornos. Lo odié por hacer que sonara creíble.
—¿Por qué?
—Porque ya sabía que buscar no iba a decirme nada que te perteneciera contarme.
—Eso no responde por qué sabías que iba a salir algo.
Se quedó quieto.
El edificio crujió en algún lugar. Arriba, una puerta golpeó contra una pared y alguien dijo una grosería demasiado alegre para ser real.
Caleb bajó los ojos hacia el cable.
—No lo vi por primera vez en internet —dijo.
Sentí que el aire de la escalera cambiaba de peso.
—¿Qué significa eso?
—Significa que no debería haber dicho que solo me sonaba tu nombre.
—Caleb.
—No puedo contarte todo aquí.
—Claro que puedes. Lo que no quieres es hacerlo.
No levantó la voz. Nunca lo hacía. Pero algo en su cara dejó de esconderse.
—Tienes razón.
Quise decirle que dejara de darme la razón como si eso fuera valentía.
No tuve tiempo.
Caleb miró hacia el hueco de la escalera, como si hubiera una salida escrita en alguna de las paredes.
—Estuve ahí —dijo.
No dijo dónde.
No hacía falta.
Me levanté tan rápido que la liga negra se me cayó de la muñeca. Rebotó una vez en el escalón y quedó entre los dos.
Caleb no intentó recogerla.
—Mara—
—No.
Mi voz no salió fuerte. Salió pequeña. Eso fue peor.
Subí las escaleras sin correr. Correr habría sido admitir que él podía alcanzarme.
Detrás de mí, no escuché sus pasos.