Lo que nadie vio de nosotros 2. La regla de no buscar
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2. La regla de no buscar

La regla de no buscar

La primera regla que me puse al llegar a Seattle fue no buscar mi nombre.

La segunda fue no buscar el de Caleb Duarte.

La segunda duró hasta las nueve diecisiete de la mañana.

No escribí su nombre en el buscador. Eso habría sido admitir algo. Solo abrí el navegador mientras esperaba que el agua de la tetera hirviera en la cocina compartida de la residencia y miré la barra vacía durante un tiempo ridículo.

Después cerré el navegador.

Eso también cuenta como ganar.

La cocina olía a pan tostado y a una planta que alguien había ahogado con buenas intenciones. Había cuatro tazas en el escurridor, todas distintas, y una nota pegada al refrigerador que decía: Por favor, no guarden recipientes con experimentos vivos.

Leí la nota dos veces mientras esperé a que el agua hiciera algo más útil que calentarse.

—¿No duermes o solo te levantas para mirar electrodomésticos con desprecio?

Me sobresalté tan mal que golpeé la tetera contra la encimera. El agua caliente salpicó el borde y una gota me cayó en el dedo.

—Excelente entrada —dije, sacudiendo la mano—. Muy discreta.

Caleb estaba en la puerta, con una mochila al hombro y el cabello todavía húmedo. Llevaba la misma sudadera gris del día anterior, aunque esta vez se le veía una mancha de pintura seca cerca del codo.

—Lo siento. No quería asustarte.

—Pues es una habilidad natural. No la desperdicies.

Él miró la tetera, luego mi mano.

—¿Te quemaste?

—No. El agua me atacó por sorpresa, pero sobreviviré.

Se acercó un paso y se detuvo. No intentó tomarme la mano. Ese detalle, tan pequeño que no debería haber significado nada, hizo que me fijara más de la cuenta.

—Hay hielo en el congelador —dijo—. A la izquierda.

—¿Cómo sabes dónde está todo?

—Llegué hace tres días.

—Eso no responde nada.

—Abrí cajones.

—Eso sí es una respuesta preocupante.

No se rio. O tal vez sí, pero lo escondió mirando la alacena de los vasos.

La cocina era demasiado pequeña para dos personas que apenas se conocían. Cada movimiento tenía que calcularse: quién abría una puerta, quién retrocedía, qué tanto espacio se podía dejar entre los dos sin que pareciera que uno estaba huyendo.

Yo tenía práctica huyendo sin que se notara.

—¿A qué hora quieres trabajar? —preguntó.

—¿Eso fue un intento de conversación normal?

—Sí.

—Entonces vas mejorando.

Su boca se tensó apenas, como le pasaba cuando una frase llegaba hasta sus labios y él la dejaba morir ahí.

—A las once tenemos el estudio —dijo—. Si quieres, podemos ver sitios antes. Para el mapa.

—¿Ya tienes sitios?

—Tengo piezas. No es lo mismo.

—Ayer dijiste que sí era lo mismo.

—Dije que se parecían.

La tetera empezó a silbar. Agradecí la interrupción como se agradece una excusa para no mirar a alguien demasiado tiempo.

—Tenemos una regla —dije, sirviendo el agua en una taza con un gato dibujado en el fondo.

—¿Sobre el proyecto?

—Sobre todo.

Caleb esperó. Nunca llenaba los silencios por mí. Era una cualidad incómoda; obligaba a elegir si ibas a hablar o no.

—No me grabas sin preguntarme —dije—. Ni mi voz, ni mi cara, ni nada que parezca una versión artística de “pero era por el proyecto”.

Su expresión cambió. No a ofensa. A atención.

—Está bien.

—Y no busques cosas sobre mí.

La mentira se me quedó atravesada antes de terminar la frase. Yo tampoco iba a buscarlo. Desde luego.

Caleb bajó la vista hacia la mesa.

—Está bien —repitió.

—¿Eso es todo?

—¿Esperabas que negociara?

—No sé. La gente suele hacer preguntas. “¿Por qué?”, “¿qué te pasó?”, “¿qué tan grave fue?”

—No necesito saberlo para respetar una regla.

Quise responder algo rápido. Algo gracioso. Algo que hiciera que esa frase no se sintiera como una mano extendida.

No me salió nada.

Caleb tomó su mochila.

—Nos vemos a las once, entonces.

—No llegues con una cámara escondida en la sudadera.

—No tengo cámara.

—Eso es exactamente lo que diría alguien con una cámara escondida.

Esta vez sí sonrió. Fue peor que la primera porque lo vi venir y no hice nada por evitarlo.

—Nos vemos, Mara.

Cuando se fue, me quedé sola con el silbido apagado de la tetera y mi taza de gato.

Había dicho su nombre sin tropezarse.

Como si no pesara nada.

Al día siguiente, el estudio que nos asignaron quedaba al fondo de una nave larga, detrás de una puerta de vidrio esmerilado que decía R-12 .

Era un cuarto blanco, con una mesa demasiado grande, dos lámparas articuladas y una ventana que daba a una calle por donde pasaban camiones.

En una esquina había cajas con piezas etiquetadas y, en la otra, un perchero sin abrigos.

El tipo de lugar que todavía no sabía nada de nadie.

Llegué a las diez cincuenta y ocho. No porque me importara, sino porque llegar tarde por segunda vez habría parecido un rasgo de personalidad.

Caleb ya estaba ahí.

No levantó la vista de la caja de metal cuando entré. Solo movió una carpeta y dejó libre el lado de la mesa que daba a la ventana.

—Elegiste el asiento bueno —dije.

—Todavía puedes quitármelo.

—No me gusta ganar tan temprano.

Dejé mi libreta de tapas verde oscuro, mis lápices, un bolígrafo rojo y una regla metálica sobre la mesa.

Caleb había puesto tres hojas impresas entre los dos.

En la primera había una lista de lugares: una lavandería abierta de noche, el pasillo de un hospital viejo, una escalera de estacionamiento, un muelle donde no atracaban barcos desde hacía años.

—¿El hospital? —pregunté.

—La recepción. No las habitaciones.

—Aun así, no.

Tachó el lugar sin discutir.

—¿El muelle?

—¿Qué tiene?

—Que parece un sitio al que llevan a una protagonista antes de que tome decisiones cuestionables bajo la lluvia.

—No va a llover.

—Eso no me tranquiliza.

Tachó el muelle también.

—¿Qué quieres tú?

Era una pregunta sencilla. Me tomó más tiempo del que debía.

—Un lugar donde alguien pueda estar solo sin que parezca que está haciendo una escena.

Caleb dejó el bolígrafo.

—La lavandería.

—La lavandería.

—Tú dibujas y yo hago una pieza que se mueva cuando alguien toque ese punto del mapa.

—Una pieza que se mueva no necesita pedir permiso.

—Ya lo sé.

—Solo estoy comprobando que no hayas cambiado de opinión en cuatro minutos.

—No he cambiado de opinión.

Su voz no tenía reproche. Eso era lo peor. La gente paciente te deja sola con tus propias defensas.

Salimos después de comer algo que, en teoría, era un sándwich. Seattle estaba cubierta por un cielo bajo, gris, de esos que no terminan de decidir si van a llover o solo van a arruinarte el día por principios. Caminamos tres calles en silencio.

Yo contaba las ventanas encendidas. Él, por alguna razón, contaba los semáforos.

—Vas ocho —dije cuando cruzamos la avenida del Mercado.

Caleb volvió la cabeza.

—¿Qué?

—Semáforos. Vas ocho.

—No los estaba contando.

—Claro.

—Estaba viendo cuál de todos está a punto de dejar de funcionar.

—Eso es peor.

—¿Por qué?

—Porque si te digo que tú llevas ocho semáforos y respondes que estás estudiando cuál se va a descomponer, ya no puedo acusarte de raro. Técnicamente estás trabajando.

—Puedo dejar de trabajar, si te ayuda.

—No hagas sacrificios tan grandes por mí.

Una bicicleta pasó demasiado cerca de la banqueta. Caleb se hizo a un lado para dejarme espacio sin tocarme. Ni siquiera me miró al hacerlo.

Era un gesto mínimo. Aun así, algo en mi pecho se cerró.

Las personas que habían intentado protegerme solían empezar por decidir qué necesitaba. Apartaban el teléfono de mi mano. Respondían preguntas por mí. Me decían que no leyera comentarios, como si yo necesitara que alguien me administrara la cabeza.

Caleb solo dejó espacio.

O quizá yo estaba inventando cualidades heroicas porque no quería aceptar que me gustaba cómo olía su sudadera cuando el viento soplaba de frente.

La lavandería estaba en una esquina estrecha, entre una tienda de reparación de celulares y un local de persianas siempre cerrado. El letrero de neón decía LAVADO AZUL , pero la A parpadeaba y por momentos parecía decir LVDO AZUL .

Dentro había seis lavadoras, cuatro secadoras y una mujer dormida sobre una revista vieja. Una canción de los noventa sonaba demasiado bajo desde una radio detrás del mostrador.

La mujer abrió un ojo.

—Si van a usar las máquinas, tienen que pagar.

—Solo estamos viendo —dije.

—La gente que solo está viendo suele robarse el jabón.

Caleb sacó unas monedas.

—¿Podemos lavar una cosa?

Lo miré.

—¿Trajiste ropa sucia para una investigación?

—No.

—Entonces, ¿qué vas a lavar?

Metió la mano en la mochila y sacó una camiseta negra doblada con demasiado cuidado.

—Esto.

—Eso no estaba sucio.

—Ahora lo estará menos.

La mujer del mostrador nos miró como si fuéramos un problema administrativo, pero tomó las monedas.

—Veinticinco minutos. Y no se sienten encima de las máquinas.

—No teníamos planeado —empecé.

—Él sí parece de los que planean —dijo ella, señalando a Caleb con la revista.

Caleb bajó los ojos. Yo tuve que morderme la mejilla para no reír.

—Se llama Caleb —le dije a la mujer—. Por si quiere ponerlo en un reporte.

—No necesito su nombre para reconocer problemas.

Él eligió una lavadora al fondo. Antes de sacar una pequeña llave de su caja de herramientas, me mostró la pantalla.

—¿Puedo ver cómo está armado el panel de esta máquina?

—Son mayores de edad. Pueden decidir por sí mismas.

—Mara.

—Sí. Puedes.

El zumbido de las lavadoras llenó el local: redondo y terco, como una conversación al otro lado de una pared. Caleb se agachó frente a una máquina, miró el botón flojo y después el borde oxidado del panel. No desarmó nada. Solo tomó notas y dibujó un círculo pequeño en su libreta.

Yo saqué mi libreta.

No dibujé las lavadoras. Dibujé las sillas de plástico alineadas frente a ellas, una junto a otra, todas mirando el mismo lugar. Dibujé el bote de detergente con la tapa rota. Dibujé a la mujer dormida, pero le quité la cara.

—¿Por qué sin caras? —preguntó Caleb desde el otro extremo.

No había levantado el teléfono. No había hecho nada mal. Aun así, la pregunta me endureció los hombros.

—Porque no necesito saber quién está triste para saber que alguien está triste.

Caleb no respondió de inmediato.

—Está bien —dijo.

No era una frase enorme. Pero no intentó corregirme. No dijo que quizá la mujer no estaba triste. No quiso llevarme a una conclusión más amable.

Se sentó en la silla de al lado, dejando una vacía entre los dos.

—¿Por qué arreglas cosas que nadie te pidió arreglar? —pregunté.

Él miró las lavadoras girar.

—Porque si una cosa funciona, alguien puede quedarse cinco minutos más sin pensar que todo se le viene encima.

—Eso suena a la respuesta que das cuando quieres que alguien piense que eres profundo.

—Tengo una peor, si prefieres.

—Adelante.

—Mi abuela tenía un local. Arreglaba ventiladores, licuadoras, cualquier cosa que alguien llevara con una bolsa de tornillos. Decía que casi nada se rompe de golpe. Primero avisa. Solo hay que mirar bien.

Esperé el final de la historia. La parte donde tenía que preguntar por el padre o por la casa o por qué eso importaba.

No llegó.

—¿Y funcionaba? —pregunté.

Caleb apoyó los codos sobre las rodillas.

—No. Pero me daba algo que hacer con el miedo.

No sonó triste. Eso fue lo que lo hizo triste.

La secadora de al lado se detuvo con un golpe seco. La mujer del mostrador despertó y dijo una grosería contra nadie en particular.

Caleb me miró entonces. No como quien espera una confesión. Como quien esperaba saber si debía seguir sentado ahí.

—Mi regla no era solo por el proyecto —dije.

—Lo imaginé.

—No tienes que imaginar cosas sobre mí.

—Tienes razón.

—No, espera. No era—

Me callé. Qué forma tan brillante de decirle a alguien que no asumiera nada y luego exigirle que entendiera exactamente lo que no quería explicar.

Caleb bajó la vista hacia sus manos.

—No voy a grabarte sin preguntar —dijo—. No te voy a buscar. Y si quieres que paremos el proyecto, paramos.

—No quiero parar el proyecto.

—Entonces no paramos.

—No deberías decir “no te voy a buscar” tan fácil.

Frunció un poco el ceño.

—¿Por qué?

—Porque suena a una promesa grande para alguien que me conoce desde ayer.

—No es una promesa grande. Es una regla pequeña.

—Las reglas pequeñas suelen ser las que la gente rompe primero.

Por un momento vi algo pasar por su cara. Culpa, quizá. O cansancio. Se fue antes de que pudiera nombrarlo.

—Entonces puedes recordármela —dijo.

La lavadora terminó. Caleb se levantó para sacar la camiseta, que ahora estaba limpia de una manera absurda y oficial. La dobló sobre la mesa de plástico con cuidado, como si el mundo pudiera depender de que las esquinas quedaran alineadas.

—¿Siempre doblas las cosas así? —pregunté.

—Solo cuando están mojadas.

—Eso no tiene sentido.

—No todo tiene que tenerlo.

Quise discutir. En vez de eso, me reí.

No una risa educada. No una que usas para que alguien se vaya contento.

Una de verdad, corta y torpe, que me salió antes de que pudiera decidir si era seguro hacerlo.

Caleb se quedó quieto con la camiseta entre las manos.

No dijo que le gustaba mi risa. Gracias a Dios.

Solo sonrió como si hubiera escuchado un sonido nuevo y no supiera si debía guardarlo.

De regreso en la residencia, subí al estudio antes que él porque dijo que tenía que devolver una extensión al almacén. Abrí la puerta de R-12 con mi tarjeta y entré pensando en la mujer de la lavandería y en las sillas mirando máquinas como si esperaran que una de ellas tuviera una respuesta.

La computadora de la mesa estaba encendida.

Alguien había dejado abierto el buscador.

No necesitaba acercarme para reconocer las letras en la barra.

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No hice clic.

Eso fue lo único que hice bien.

Detrás de mí, en el pasillo, una puerta se cerró.

Y por primera vez desde que llegué a Seattle, no supe si quería que Caleb entrara o que se quedara fuera.