Capítulo 18
La extracción pericial de una tabla sepultada bajo capas de repinto sintético y mortero de plomo no es un trabajo de fuerza, sino un ejercicio de paciencia quirúrgica.
Durante tres días, el Monasterio de Santa María de la Vega dejó de ser una ruina olvidada para convertirse en un puesto avanzado de la investigación científica.
La Brigada de Patrimonio Histórico instaló un generador diésel en el patio exterior, desplegó una carpa de aislamiento climático sobre la capilla lateral del sagrario y mantuvo un retén permanente de dos guardias civiles en los arcos de entrada.
Sofía y yo trabajábamos bajo la luz fría de tres proyectores LED de alta densidad, equipados con mascarillas de carbono activo y lupas binoculares de seis aumentos.
—El mortero de plomo y resina que sella los laterales del panel central tiene una rigidez extrema —señaló Sofía, aplicando con un cuentagotas una solución de citrato de triamonio al dos por ciento sobre la junta de la madera—.
Si intentamos hacer palanca sin ablandar la matriz, la vibración rasgará la capa de aparejo del siglo XVII.
—Usa el bisturí ultrasónico en el flanco derecho —le indiqué, mientras fijaba los sensores de higrometría a la estructura del retablo—. Necesitamos liberar primero el encombado del soporte para que la madera respire sin fracturarse.
A las ocho de la noche del tercer día, el panel central cediós tres milímetros. Con la ayuda de un sistema de ventosas de vacío y dos cabrestantes de precisión, logramos bascular la estructura hacia adelante.
El reverso de la tabla reveló el sello de prensa de la Colección Real de Nápoles de 1640 y una inscripción a carboncillo rasgada por el tiempo: I.C. Caravaggio – Náp. 1609.
—Es una pieza única en el mundo —susurró Sofía, conteniendo el aliento ante la pantalla del espectrómetro portátil que confirmaba la presencia de azurita natural y laca de granza en la capa pictórica oculta—. Vale más de cincuenta millones de euros en el mercado negro.
—Y por eso mismo no podemos dejar la pieza ni un solo minuto sin custodia —respondió el capitán Velasco, que acababa de entrar en la carpa tras revisar el perímetro exterior—.
El informe preliminar ya ha llegado al Juzgado de Guardia y a la Dirección General de Bellas Artes.
Mañana a las diez de la mañana llegará el camión blindado del Museo Nacional para el traslado.
Sin embargo, la noche en la sierra no prometía tranquilidad.
A las dos de la madrugada, una tormenta eléctrica descargó sobre la comarca. El viento del norte hacía retumbar las chapas sueltas de los tejados del monasterio y los truenos ahogaban los sonidos del bosque circundante.
Me hallaba solo en la carpa de trabajo, velando el proceso de secado lento de las catas de consolidación que habíamos aplicado sobre la superficie.
La luz de los proyectores parpadeó de forma errática tres veces antes de apagarse por completo: el generador diésel del patio exterior se había detenido bruscamente.
El silencio de las ruinas se volvió opresivo.
Encendí la linterna táctica de mi casco y me puse de pie. Apoyé la mano en el mango de madera de mi escopleadora de acero.
—¿Capitán Velasco? —llamé hacia la salida de la nave central, pero la única respuesta fue el azote de la lluvia contra los muros de piedra.
Avancé con cautela fuera de la carpa, barriendo las sombras del templo con el haz blanco de la linterna.
A diez metros de la entrada de la capilla, sobre las losas húmedas del crucero, yacía uno de los guardias civiles de la custodia: estaba inconsciente, con un golpe sangrante en la nuca y el equipo de radio destrozado junto a su cinturón.
El corte del generador no había sido una avería por la tormenta.
Giré sobre mis talones para regresar junto a la tabla de Caravaggio, pero una figura embozada con traje impermeable oscuro y visor nocturno emergió de la penumbra del deambulario, cortándome el paso con una pistola con silenciador.
—No se mueva, señor Alarcón —dijo una voz masculina con un marcado acento extranjero, fría y pausada—. La codicia de los coleccionistas privados no tiene paciencia para esperar al traslado oficial del Ministerio.
Detrás de él apareció un segundo individuo portando una caja rígida de fibra de carbono para transporte térmico de obras de arte.
No eran ladrones comunes de iglesias; eran profesionales de un equipo de extracción táctico enviado por el comprador internacional que figuraba en las últimas notas del cuaderno de Maresca.
—Esa obra no saldrá de este templo —dije, dando un paso atrás hacia la carpa de conservación mientras mantenía el haz de la linterna directo a los visores nocturnos de sus cascos.
—Esa obra ya tiene dueño desde 1942 —replicó el hombre armado, levantando el cañón de la pistola—. Muévase hacia la pared.
Aproveché el destello ciego del haz de mi linterna halógena proyectado sobre los tubos intensificadores de sus visores. El destello repentino causó una sobrecarga de luz en sus lentes, haciéndoles retroceder un segundo a ciegas.
Lanzai el frasco de disolvente nitrocelulósico que llevaba en el bolsillo directamente contra la cara del hombre armado y volqué la mesa de herramientas de precisión sobre el segundo asaltante.
El disparo amortiguado por el silenciador impactó contra el pilar de piedra a pocos centímetros de mi cabeza, haciendo saltar esquirlas de granito. Corrí hacia la carpa, tomé el extintor de nieve carbónica de cinco kilos y accioné la válvula de descarga en el pasillo de acceso.
Una nube densa de dióxido de carbono a menos setenta grados bajo cero inundó la capilla, cegando y congelando el ángulo de tiro de los asaltantes.
En ese mismo instante, los focos de los patrulleros de la Guardia Civil iluminaron los ventanales en ruinas del monasterio. El capitán Velasco y tres agentes irrumpieron en el recinto con las armas reglamentarias desplegadas, alertados por la interrupción de la señal del generador.
—¡Guardia Civil! ¡Tiren las armas al suelo! —resonó el grito del capitán en las naves góticas.
Acorralados por el humo helado y rodeados por los agentes que tomaban los accesos, los dos hombres arrojaron la pistola y la caja de transporte al suelo de piedra, levantando las manos.
Me apoyé contra el marco de madera del retablo, tratando de regular mi respiración mientras la policía procedía a la detención del equipo de asalto.
Sofía y el capitán Velasco se acercaron a la carpa. La tabla de la Adoración de los pastores permanecía intacta sobre los soportes de nivelación, reflejando bajo la luz de las linternas la intensidad de sus pigmentos centenarios.
—¿Está bien, Martín? —preguntó Sofía con la voz temblorosa.
—La tabla está a salvo —respondí, pasando un paño de microfibra por la cubierta de policarbonato que protegía el lienzo—. Esta vez, la oscuridad no ha tenido tiempo de secar la pintura.
Al amanecer, el camión blindado del Museo Nacional escoltado por cuatro patrulleros de la Guardia Civil cruzó los arcos del Monasterio de la Vega.
Mientras la grúa hidráulica introducía la caja con la obra de Caravaggio en la cámara de clima controlado del vehículo, supe que la última sombra del expolio histórico acababa de ser barrida por la luz de la justicia.