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Natalie
Dos semanas después
Las peonías quedan preciosas sobre sus lápidas.
De color rosa pálido. Las flores favoritas de mi madre.
No las traigo lo suficiente. No os visito lo suficiente.
Quizá sea porque una parte de mí cree que siempre estáis conmigo en todo lo que hago.
En cada historia que persigo. En cada mala decisión que, de algún modo, se convierte en la correcta.
Si quisiera ponerme en plan místico, diría que me estabais guiando durante toda la investigación de Northstar.
Quizá no fue mi intuición la que me decía que siguiera adelante.
Quizá fuisteis vosotros. Quizá me susurrabais que estaba cerca.
Que todavía no podía parar. Quizá también me salvasteis.
O quizá fueron Kate y Martina. Otra vez.
Miro por encima del hombro. Kate me está esperando cerca del sendero, con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta, dándome espacio, pero a la vez observándome como si esperara que me echara a llorar, me derrumbara o corriera hacia el peligro.
Todas ellas son posibilidades bastante plausibles.
Vuelvo a mirar las lápidas. —Le he pedido a Kate que me diera unos minutos para poder hablar con vosotros dos.
Una brisa atraviesa el cementerio, tan suave que agita la hierba, pero no lo bastante fuerte como para mover las flores.
Tomo aire. —Bueno, pues Kate, Martina y yo hemos descubierto la verdad sobre Northstar.
O al menos lo suficiente para destapar lo que estaba pasando.
Ahora los titulares están por todas partes.
En internet. En la prensa. En las noticias.
Se está investigando a gente. Se está deteniendo a gente.
Y espero que la gente recuerde vuestros nombres.
El vuestro y el de Tyreek. El de Brielle.
El de Isaiah. El de Trevon. —Se me hace un nudo en la garganta, pero sigo adelante—. Sé que yo no lo olvidaré nunca.
Por un momento, me quedo ahí de pie, mirando los nombres grabados en la piedra. Melissa Sloane. Daniel Sloane. Mis padres. Mi primer antes y después.
—Es curioso cómo puedes meterte en algo esperando una cosa y salir con algo completamente diferente.
No tenía ni idea, cuando fui a la escena del crimen de Tyreek, de que me llevaría de vuelta a vosotros.
No tenía ni idea de que un adolescente asesinado en Antioch respondería por fin a las preguntas que me he estado haciendo durante trece años.
La vida es curiosa. No graciosa de risa. A veces es curiosa de esa manera que te da ganas de gritar contra una almohada y luego comerte la masa cruda de las galletas.
—Así que, además de destapar los crímenes, Bee, Bernard Belsen —aunque a mí no me pega nada que se llame Bernard—, está a salvo.
Kelly Rowney también está a salvo. Espero que los demás que se vieron atrapados en Northstar estén a salvo ahora que han empezado las detenciones.
Ojalá puedan pasar página. Ojalá puedan construir algo bueno a partir de ahora.
Me dejo caer sobre la hierba y me siento con las piernas cruzadas delante de las lápidas.
—Cuando empecé con esto, no pensé que haría nuevos amigos.
Pero Bee, Kelly y yo hemos mantenido el contacto.
Son jóvenes, obviamente, pero no sé. Es como si se hubieran convertido en los hermanos pequeños que nunca tuve, pero que siempre quise.
Kelly incluso ha dicho que a lo mejor quiere ser periodista.
Me ha preguntado sobre la universidad. Sobre qué carrera elegir y cómo empezar.
—Una pequeña sonrisa asoma a mis labios—.
¿Os imagináis que yo dé consejos profesionales?
La sonrisa se desvanece un poco, pero no del todo.
—Kate me dijo algo muy sabio. Dijo que a veces no se trata de salvar a mil personas. A veces, salvar a una persona es suficiente. Ayudar a una persona es suficiente. Y quizá ayudé a salvar a Bee. Quizá ayudé a Kelly a encontrar un camino. Creo que eso está bastante bien, ¿no creéis?
Jugueteo con una brizna de hierba junto a mi rodilla.
—Es extraño cómo el trauma sigue haciendo crecer mi familia.
Después de que os fuerais, me sentí muy sola.
Hasta que conocí a Kate, y con el tiempo intimamos, y ahora somos como hermanas.
Luego pasó lo del año pasado con todo el asunto del asesino en serie, que sigue siendo una frase que odio decir en voz alta.
Fue entonces cuando encontré a Martina y a su familia.
Y ahora, con Northstar, tengo a Bee y a Kelly.
Vuelvo a mirar a Kate. Ella baja la vista hacia su teléfono y luego la aparta rápidamente, como si fingiera que no estaba viendo cómo me encontraba.
La gente puede sorprenderte. A veces de formas terribles. A veces de la mejor de las maneras.
—También conocí a un par de vuestros antiguos «amigos».
Aunque puede que «amigos» sea decir demasiado.
—Suelto un suspiro—. Probablemente ya lo sepáis, pero Sebastian —Baz, como lo conocíais— era vuestra fuente, pero se convirtió en uno de ellos.
Aunque es un poco más complicado que eso.
Os ayudó. Os traicionó. Lo utilizaron. Utilizó a otros.
No sé exactamente en qué lugar lo deja eso para mí.
Pero sobrevivió. Va a ir a la cárcel por su implicación, pero está cooperando.
Martina se mantiene en contacto con la oficina del sheriff.
Ahora hay un grupo operativo. Uno de verdad.
Así que quizá ayude a atrapar a más de ellos con su testimonio. Quizá eso sea algo.
Miro el nombre de mi padre.
—Y Dean. —Trago saliva—. Por lo visto, metió a mamá en esto con buenas intenciones.
Al menos al principio. Luego le entró miedo.
O lo amenazaron. O se acobardó. Quizá las tres cosas.
Su conciencia apareció tarde, pero apareció.
Me dio el pendrive de mamá antes de morir. Eso fue lo que destapó todo el asunto.
Me escuecen los ojos.
—Y, papá, ahora sé por qué estabas allí. Dean te dijo que mamá iba a reunirse con una fuente y que algo no le cuadraba. Fuiste porque intentabas protegerla.
Ahora las lágrimas fluyen más deprisa, desbordándose antes de que pueda detenerlas.
—Odio eso. Y me encanta. No sé qué hacer con ninguno de los dos sentimientos.
—Me seco las mejillas con la base de la mano—.
Espero tener algún día un amor así. Quizá no la parte de caer en una emboscada mortal.
De eso podría prescindir. Pero de ese en el que alguien aparece porque no concibe no hacerlo. Esa parte.
Un pájaro trina en algún lugar entre los árboles.
Un coche pasa por la carretera, más allá de las puertas del cementerio.
—Y el Detective Steele. —Su nombre me deja un sabor amargo—.
No sé hasta qué punto lo conocíais, pero yo creía que era un amigo.
Durante años, pensé que era de los buenos.
No lo era. Ahora está muerto, y no estoy de luto por él.
En realidad no. Estoy de luto por el hecho de haber confiado en él.
Estoy de luto por la chica que era cuando él me mintió y yo le creí ciegamente.
Tomo una bocanada de aire temblorosa. —Pero no quiero pensar más en él.
Hoy no. —Las peonías se mecen levemente con la brisa—.
Cuando lo pienso, siento que todos trabajamos en este caso juntos.
Toda una familia de periodistas. Vosotros lo empezasteis.
Yo lo he terminado. O he ayudado a terminar una parte, al menos. ¿Qué pensáis de eso?
Las lágrimas vuelven a resbalar por mis mejillas, pero esta vez las dejo correr.
—Bueno —susurro—, más vale tarde que nunca, supongo.
—Me quedo ahí sentada un minuto más, o quizá más tiempo, dejando que el silencio me envuelva.
Durante trece años, sus muertes pesaron mucho sobre mí.
Ahora me siento más ligera, pero saber la verdad no os trae de vuelta.
Estoy aprendiendo que el duelo cambia constantemente y no se acaba nunca.
—He terminado el artículo —digo—. El último.
Por Tyreek y los demás. Por vosotros también.
Eli dice que es el artículo más importante que The Bay Insider ha publicado jamás.
Intentó no emocionarse al decírmelo, pero no lo consiguió.
—Eso me hace sonreír de verdad—. Y ahora se supone que tengo que tomarme un tiempo libre.
Obviamente, Kate me obliga. También estoy trabajando en las correcciones del libro que escribí sobre cuando me retuvo un asesino en serie el año pasado mientras investigaba un caso, porque, al parecer, ahora tengo una marca personal. —Suelto una risita.
—Escribí el libro. Ahora tengo que corregirlo.
No sé muy bien qué haré con él después. Quizá lo publique.
Quizá lo queme. Ya veremos. —Miro a Kate.
Sigue esperando pacientemente—. Kate me convenció para que me tomase unas vacaciones de verdad.
Y va a venir conmigo. Hawái. Cócteles. Playa.
Nada de paneles de investigación. Nada de casos sin resolver.
Nada de secuestros. Nada de asesinos en serie. Ese es el itinerario oficial.
Hago una pausa. —Me sorprendió que se cogiera días libres en el trabajo.
Pero, como ya he dicho, la gente puede sorprenderte para bien.
—El viento vuelve a agitar la hierba—. Espero que esto os dé paz.
O quizá sea una tontería. Quizá la paz es para los vivos.
—Me llevo los dedos a los labios y luego toco cada una de sus lápidas—.
Sea como sea, os quiero a los dos. Y ya hablaremos.
Me pongo en pie y me sacudo la hierba del vestido. Cuando me giro hacia Kate, está mirando el móvil con una expresión extraña. Espero que no la estén llamando para ir a la escena de un crimen. Tenemos que coger un vuelo. Cuando me acerco, ella levanta la vista. —¿Qué pasa? —pregunto.
—Acabo de recibir un correo.
—¿Ah, sí?
—No conozco al remitente. —Habla en voz baja—. Pero dice que la muerte de mis padres no fue un accidente.
Dejo de caminar. —¿Qué?
Me tiende el teléfono. El mensaje es corto: «El accidente de coche de tus padres no fue un accidente».
Un escalofrío me recorre, a pesar del cálido sol sobre mis hombros. —¿Podría ser una broma? —pregunto.
—Probablemente —dice Kate. Bloquea el móvil y se lo guarda en el bolsillo sin borrar el correo—. Deberíamos irnos —dice—. No queremos perder el vuelo.
La estudio. —¿Estás segura de que no quieres hablar de esto?
—No —dice. Luego me dedica una leve sonrisa—. Hawái nos espera. Ya hablaremos luego de una posible conspiración de asesinato.
A pesar de todo, me río entre dientes. Mientras caminamos hacia el coche, vuelvo a mirar las tumbas de mis padres. Por primera vez en trece años, no siento que los esté dejando atrás. Sé que están conmigo.
Kate pregunta: —¿Estás bien?
Inspiro. El aire huele a hierba y a flores. —Sí, lo estoy —digo. Y esta vez es verdad.