Lo que enterramos antes de tiempo (Fractura 1) Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

Trevor estaba en la puerta del auditorio. Había llegado tarde y había entrado justo a tiempo de verlo. Tenía la piel blanca como el papel y las lágrimas le rodaban por las mejillas. Buscó a Reese en la primera fila y la encontró. No había rabia en su cara.

Se dio la vuelta y echó a correr. Reese oyó las zapatillas rebotando en el mármol del pasillo hasta que se perdieron.

Reese se quedó helada. Las risas se fueron apagando.

—¡Reese, has estado brillante! —exclamó Anna, empujándola con el hombro, radiante—. Ya verás cómo esto nos da un pase libre el resto del curso.

Reese no sintió nada. Miró a Patricia, que negó con la cabeza y se levantó para irse, sin mirarla siquiera.

Reese se quedó con Anna, Misha y Julia.

El resto del día todos hablaron de lo mismo, con una excitación que disfrazaba la lástima. Trevor no volvió al instituto.

Durante los días siguientes, su ausencia se notó en todas partes.

La directora Richardson, el señor Davison (jefe de disciplina) y el orientador abrieron una investigación silenciosa.

Convocaron a clases enteras para «charlas sobre el uso ético de la tecnología», una fachada transparente para sonsacar información.

Anna, Misha y Julia eran impenetrables. Su cohesión era su armadura.

En las reuniones con los profesores hablaban con voz medida y preocupada, llenas de indignación cívica por la «filtración» de un «vídeo inapropiado» de un compañero.

Reese no aparecía en el vídeo; por tanto, la sospecha caía sobre el propio Trevor o sobre un hacker anónimo.

El martes siguiente al vídeo, el padre de Anna, cuyo apellido figuraba en la placa del gimnasio, cruzó el vestíbulo con un abrigo oscuro y una carpeta bajo el brazo.

Salió del despacho de la directora dos horas después.

El archivo seguía en el ordenador del proyector, pero la investigación dejó de preguntar quién lo había puesto.

Las charlas sobre tecnología se fueron espaciando, y a la semana siguiente nadie convocaba a nadie.

Reese se movía como un fantasma. Su abuela había notado la palidez y la falta de apetito, y lo atribuía al estrés del curso.

Reese asentía y dejaba que la mentira la protegiera.

Una noche Elsie le dejó la sopa en la mesa sin preguntar si había cenado.

Patricia ya no la miraba, ni siquiera en el pasillo.

Anna la observaba constantemente.

—Relájate, Reese. Ya pasó. Si te pones nerviosa, la gente pensará que tienes algo que esconder. Eres Reese Ellison. Actúa como tal.

Pero Reese no podía actuar. Cada risa de sus amigas era un martillo sobre su conciencia. ¿Dónde estaría Trevor? ¿En casa, con su abuela? ¿Habría vuelto a abrir el chat, esperando un mensaje?

El miércoles siguiente, por la tarde, fue a la biblioteca pública de Albany, lejos de la vigilancia de la escuela, para trabajar en su ensayo para el programa de verano de Columbia sobre su «capacidad de liderazgo y empatía».

Estaba en una mesa del fondo, bajo la luz mortecina de la tarde, releyendo una frase pomposa sobre cómo había «superado la adversidad» tras la muerte de sus padres, cuando sintió que alguien se detenía a su lado. Levantó la mirada.

Era Trevor. Estaba de pie en la entrada del pasillo de ficción, con la misma ropa desaliñada, pero con los ojos vacíos. Parecía no haber dormido en días.

Reese sintió un escalofrío. Su primer impulso fue recoger sus cosas y huir, pero la vergüenza la clavó a la silla.

Él caminó despacio hasta su mesa y se detuvo frente a ella.

—Reese —dijo su nombre, y la forma en que lo dijo, sin ira, solo con dolor, la destrozó.

No pudo mentir de inmediato. No pudo ponerse la máscara.

—Trevor… yo…

—¿Por qué? —la interrumpió él—. Me dijiste que me entendías. Dijiste que te sentías sola. Te di el único poema que he escrito y tú…

—Lo siento —susurró ella, con las lágrimas asomando por fin—. Lo siento mucho. Fue… una estupidez. Fue horrible.

Trevor se tambaleó ligeramente, como si la disculpa, en lugar de sanarlo, lo hubiera herido más.

—¿Fue una broma? ¿Todo? ¿El chat, las clases, el poema? ¿Fui solo algo de lo que reírse?

Reese no podía responder. Él merecía la verdad. Merecía saber que ella era una cobarde.

En ese momento su iPhone vibró sobre la mesa. Era un mensaje de Anna: Estamos en el Starbucks, cruzando la calle. Te estamos vigilando. No jodas esto.

Se recompuso. La máscara se cerró sobre su rostro, más gruesa y fría que nunca.

Se secó las lágrimas con el dorso de la mano y se inclinó. Su voz era dura como el mármol, la voz que Anna le había enseñado.

—¿Tú… tú de verdad te lo creíste? —preguntó. Y luego, para que el mensaje no dejara dudas, se echó a reír. Era una risa falsa, alta y cruel.

Trevor retrocedió un paso, con los ojos llenos de una incredulidad desgarradora.

—¿De qué te ríes?

—De ti, Trevor —dijo Reese, con un desprecio aprendido—. ¿El bicho raro que ni siquiera puede mantener la ropa puesta en una videollamada?

Se puso de pie, muy recta.

—Fuiste una herramienta. Para mí y para mis amigas. Queríamos ver hasta dónde llegabas. Y llegaste hasta el fondo. —Buscó el insulto final, el que lo haría huir para siempre—. Eres patético. Un perdedor. Vete a casa y deja de hacer el ridículo.

Recogió el bolso y pasó a su lado sin mirarlo. Lo sintió a su espalda como una figura de cristal que se resquebrajaba. No se detuvo a mirar atrás.

Ya en la calle, Reese descubrió que llevaba el bolso apretado contra el pecho con las dos manos. Anna la esperaba en la puerta del Starbucks, con una sonrisa de aprobación radiante.

—Bien hecho. No te caigas ahora. Ya está —dijo, pasando el brazo por el de Reese.

Reese sonrió también, tomándose la aprobación de Anna como se toma un analgésico.

No volvió a ver a Trevor.

En el instituto se dijo que lo habían pasado a un programa de estudios en casa; o que se había mudado con unos parientes a Utica; o que sencillamente había dejado de ir. La mesa junto a los cubos de basura quedó vacía durante todo marzo. Nadie se sentó en ella.

El vídeo, en cambio, no desapareció. Circuló por los móviles durante semanas, de mano en mano, de sótano en sótano, y acabó perdiendo el nombre de Trevor para convertirse en un mote: el Webcam.

Reese aprendió a girar la pantalla del teléfono cuando alguien se lo enseñaba, a reír en el segundo exacto, a no decir nada.

Por las noches, a veces, abría su perfil. No se movía desde aquel jueves: ni una foto, ni una frase. Solo la imagen de una calle de Albany bajo la nieve. Una noche escribió «Lo siento» en el cuadro del chat. Lo borró. Lo escribió otra vez. Lo borró. A la tercera apagó el portátil.

Patricia nunca volvió a hablarle. Se cruzaban en el pasillo y Patricia miraba al frente, como si Reese fuera una taquilla más.

Y la vida, de la manera más obscena, siguió.

A mediados de abril llegó la carta de Columbia: la admisión al programa de verano.

Reese la abrió en la cocina, con su abuela mirándola con las manos juntas, y su abuela lloró y la abrazó y le dijo que estaba orgullosa.

Reese dijo gracias. Por la noche Anna le mandó un mensaje con diez signos de exclamación y una foto de las dos con la carta, y Reese le puso un corazón.

Aquella misma semana alguien volvió a subir el vídeo a una página de «confesiones» del instituto. Julia lo comentó en la cafetería, riéndose con la boca llena:

—Otra vez el Webcam. Esta vez con comentarios.

—Pasa de eso —dijo Anna, sin levantar la vista del móvil—. Se pasa solo.

Reese miró su bandeja. Nadie le preguntó nada.

El jueves de esa semana, por la mañana, estaba en clase de geometría, con el lápiz sobre un ejercicio de ángulos y la carta de Columbia doblada en el fondo de la mochila, cuando la megafonía carraspeó. Eran los avisos de cada mañana, con la voz de la directora Richardson pastosa por la estática.

—Buenos días, Albany High. Recordad que las entradas para el baile de primavera se venden hasta el viernes en secretaría. El equipo de lacrosse ganó anoche por tres goles. El menú de hoy es pizza.

Alguien detrás de Reese dijo «bien». El profesor seguía borrando la pizarra.

—Y tengo que comunicarles una noticia dolorosa. —La voz se le quebró, y se aclaró la garganta—. Anoche falleció nuestro compañero Trevor Smith. La policía del condado está al tanto. Los orientadores estarán disponibles en la biblioteca durante todo el día. Gracias.

La megafonía chasqueó y se apagó.

Nadie se movió. El profesor se quedó con el borrador en el aire. Luego alguien dijo «¿Quién?», y alguien le contestó «El Webcam», y la sala se llenó de un murmullo de un tono que Reese no supo nombrar.

—Dicen que se lo hizo él —susurró alguien—. Dicen que…

Nadie preguntó qué.

El iPhone vibró dentro de la mochila. Lo sacó por debajo de la mesa. Era Anna.

No digas nada. Tranquila.

La mina del lápiz se rompió contra la hoja.

A la hora del almuerzo, la cafetería zumbaba en voz baja. Reese avanzó con su bandeja hacia la mesa redonda junto a las ventanas. Al pasar vio la mesa de los cubos de basura. Estaba vacía, pero alguien había dejado una manzana sobre ella, sola en la formica.

Patricia estaba sentada dos mesas más allá, con una ensalada intacta. Levantó la vista una sola vez. No hizo ningún gesto. Reese entendió que lo sabía.

Se sentó. Julia hablaba bajito con Misha, y Misha tenía los ojos rojos y no sonreía. Anna ocupó su sitio y puso las manos en la mesa, planas, como para que no se vieran temblar.

Anna no probó su bandeja.

Nadie probó la suya.