Lo que el tiempo no pudo borrar (Denver 2) CAPÍTULO 15
44%

CAPÍTULO 15

Delaney pasó más tiempo del que quería admitir eligiendo qué ponerse esa noche, probándose y descartando al menos cuatro conjuntos distintos antes de decidirse por un vestido verde oscuro que Marlow le había regalado hacía dos años y que apenas había usado.

Se sintió, mientras se arreglaba frente al espejo, extrañamente parecida a la joven de veintitrés años que se había preparado con nervios similares para su primera cita con Silas, más de una década atrás, y se preguntó si esa sensación de deja vú era buena señal o simplemente un recordatorio incómodo de cuánto se parecían los principios, con toda su ilusión, a los principios anteriores que ya sabía cómo terminaban.

Silas la recogió el viernes en un auto que ella no reconocía, más nuevo y más elegante que cualquiera que él hubiera tenido diez años atrás, y Delaney se sorprendió notando pequeños detalles de su vida actual que todavía no conocía del todo: la manera en que conducía con más cautela que antes, la música que sonaba en la radio, algo que ella no reconocía pero que sonaba a jazz instrumental, muy distinto al rock alternativo que solía escuchar de joven.

—Cambiaste tus gustos musicales —comentó, mientras se abrochaba el cinturón.

—Chicago tiene una escena de jazz extraordinaria. Terminé enamorándome de ella casi sin darme cuenta. —Silas la miró de reojo, con una sonrisa—. Hay muchas cosas pequeñas que cambiaron en estos diez años, Delaney. Espero que tengamos tiempo de descubrirlas todas, poco a poco.

—Me gustaría eso.

El trayecto hasta el restaurante transcurrió en un silencio cómodo, interrumpido solo por comentarios ocasionales sobre las luces navideñas que ya empezaban a aparecer en algunos escaparates del centro, a pesar de que apenas era finales de octubre.

Delaney notó que Silas conducía con una mano sobre el volante y la otra descansando cerca de la palanca de cambios, como si esperara, sin presionar, que ella decidiera tomarla si así lo deseaba.

Lo hizo, a mitad de camino, entrelazando sus dedos con los de él con una naturalidad que sorprendió a ambos.

—¿Nerviosa? —preguntó Silas, notando el ligero temblor en su mano.

—Un poco. Es extraño, ¿no? Después de todo lo que hemos pasado, después de la confesión completa y las lágrimas y las conversaciones difíciles, una cena normal me pone más nerviosa que cualquiera de esas conversaciones pesadas.

—Tiene sentido, en realidad. Las conversaciones difíciles tenían un propósito claro: llegar a la verdad.

Esto, en cambio, es simplemente nosotros, sin ningún objetivo específico más que disfrutar de la compañía del otro.

Eso puede ser más aterrador, de cierta manera, porque no hay ningún resultado predeterminado que alcanzar.

—Exactamente eso. Gracias por entenderlo tan bien.

—Yo también estoy nervioso, para que sepas. Solo que oculto mejor el temblor de las manos.

La llevó a un restaurante pequeño e íntimo en el barrio de LoDo, uno que ella no conocía a pesar de vivir en Denver toda su vida, con mesas de madera envejecida y velas que proyectaban sombras suaves sobre las paredes de ladrillo expuesto.

—Descubrí este lugar hace unas semanas, buscando algo distinto a los restaurantes que solíamos frecuentar hace diez años —explicó Silas, mientras los acomodaban en una mesa junto a la ventana—. Me pareció apropiado empezar de nuevo en un lugar sin memorias previas asociadas.

—Es un gesto considerado.

—Intento serlo, en lo que pueda. Es lo mínimo que puedo ofrecer, dado todo lo demás.

Pidieron una botella de vino tinto para compartir, y durante las primeras horas de la cena hablaron de todo menos del pasado: de los libros que cada uno había leído en los últimos años, de las ciudades que Silas había visitado por trabajo, de las variedades de flores más difíciles de conseguir en Denver durante el invierno.

—Cuéntame sobre Chicago —pidió Delaney, en un momento, genuinamente curiosa—. No la versión de "reconstruí la solvencia de la empresa de mi padre". La versión de tu vida diaria ahí. ¿Cómo era un día cualquiera para ti?

Silas consideró la pregunta con una sonrisa pensativa.

—Vivía en un apartamento pequeño cerca del río, mucho más modesto de lo que probablemente imaginas para alguien reconstruyendo un imperio arquitectónico.

Corría por la mañana junto al lago cuando el clima lo permitía, que no era tan seguido como me hubiera gustado dado el invierno de Chicago.

Trabajaba demasiadas horas, probablemente como mecanismo de evasión más que por necesidad real, aunque en los primeros años sí fue estrictamente necesario.

Los fines de semana visitaba clubes de jazz pequeños, casi vacíos, donde podía sentarme solo con una copa de bourbon sin que nadie me preguntara nada.

—Suena solitario.

—Lo fue, la mayor parte del tiempo. Elegí esa soledad, en cierto sentido, como una especie de penitencia que me imponía a mí mismo. No sé si era saludable, mirándolo en retrospectiva, pero en su momento se sentía como lo único que merecía.

—¿Y ahora? ¿Todavía sientes que mereces solo eso?

—Ahora no estoy seguro de qué merezco, si soy honesto. Pero sé lo que quiero, y eso ya es más claridad de la que tuve en años.

—¿Qué es lo que quieres?

Silas la miró directamente, con una intensidad que le cortó la respiración por un segundo.

—Esto. Estar aquí, contigo, descubriendo quién eres ahora y dejándote descubrir quién soy yo. Sin prisa, sin la presión de resolverlo todo de inmediato. Solo esto, paso a paso.

—¿Y después de la gala? —preguntó Delaney, con una curiosidad genuina—. ¿Qué planes tienes para cuando termine el proyecto del Aurelia?

Silas se quedó callado un momento, algo que Delaney no notó en ese momento pero que recordaría más tarde, con la claridad retrospectiva de quien busca señales que ya existían antes de reconocerlas del todo.

—Todavía no lo sé con certeza —dijo finalmente—. Hay algunas posibilidades sobre la mesa, pero prefiero no adelantarme demasiado. Quiero disfrutar este momento, contigo, sin proyectar demasiado hacia un futuro que todavía no está decidido.

—Eso suena sabio también, supongo. Aunque parte de mí siempre quiere saber los planes con anticipación. Es una manía profesional, creo, de organizar eventos con meses de antelación.

—Lo recuerdo bien. Tenías calendarios coloreados por categoría, si mal no recuerdo.

—Todavía los tengo, para que sepas. Algunas cosas nunca cambian.

Ambos se rieron, y el momento pasó sin que ninguno de los dos le diera mayor importancia, aunque para Silas representaba ya el primer indicio silencioso de la decisión imposible que se avecinaba.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Silas, hacia el final de la cena, cuando ya habían pedido postre para compartir—. ¿Cómo te imaginas esto, si funciona? No te pido una respuesta definitiva, solo curiosidad genuina.

Delaney consideró la pregunta con cuidado antes de responder, jugando distraídamente con el pie de su copa de vino mientras ordenaba sus pensamientos.

—No lo sé del todo. Pero me imagino algo construido más despacio esta vez.

Sin la prisa de hace diez años, cuando queríamos tenerlo todo resuelto —la boda, la casa, el futuro entero— antes incluso de haber aprendido a conocernos completamente el uno al otro.

Me imagino tomándonos el tiempo de descubrir quiénes somos ahora, no solo quiénes fuimos.

—Eso suena sabio.

—Es lo único que se me ocurre después de diez años de terapia y trabajo personal. Algo tenía que servir de todo ese esfuerzo.

Silas se rio, una risa genuina que le iluminó completamente el rostro, y le tomó la mano sobre la mesa con una naturalidad que ya no sorprendía a ninguno de los dos.

—Me gusta la persona en la que te has convertido, Delaney. Más allá de lo que sentía por ti hace diez años, que nunca dejó de existir, hay algo nuevo en admirar quién eres ahora, con toda tu historia, incluyendo el dolor que yo mismo causé.

—Me gusta la persona en la que te has convertido tú también, aunque me cueste admitirlo en voz alta. Hay una honestidad en ti ahora que no tenías antes, o que quizás tenías pero no habías aprendido todavía a ejercer con valentía.

El postre llegó, un pastel de chocolate denso con una bola de helado de vainilla derritiéndose lentamente sobre el borde, y compartieron el mismo plato con dos cucharas, riéndose cada vez que ambos intentaban tomar el mejor trozo al mismo tiempo.

—Esto se siente absurdamente romántico —comentó Delaney, riendo—. Compartir postre con dos cucharas como en una película mala.

—¿Te molesta?

—Para nada. Me encanta, en realidad. Aunque nunca lo admitiría frente a Marlow, que se burlaría de mí sin piedad por ser tan clásica.

—Tu secreto está a salvo conmigo.

El mesero se acercó a preguntar si deseaban algo más, y ambos declinaron, ninguno con prisa por que la noche terminara, pero conscientes de que el restaurante empezaba a vaciarse a su alrededor y que probablemente era hora de dejar la mesa libre para otros comensales.

—¿Puedo confesarte algo? —dijo Delaney, mientras Silas pedía la cuenta—. Estuve nerviosa toda la tarde eligiendo qué ponerme. Como si tuviera veintitrés años otra vez y esta fuera nuestra primera cita real.

—En cierto modo lo es —dijo Silas, sonriendo—. Somos personas distintas ahora, construyendo algo distinto, aunque compartamos la historia del principio. Me parece justo que se sienta como un comienzo nuevo, con todos los nervios que eso conlleva.

—Yo también estuve nervioso, para que sepas. Cambié de camisa tres veces antes de decidirme por esta.

—Eso no lo hubiera adivinado nunca. Te ves completamente tranquilo.

—Años de práctica ocultando el pánico interno detrás de una fachada profesional. Los arquitectos aprendemos eso temprano, presentando proyectos frente a comités que pueden rechazar meses de trabajo con una sola objeción.

Terminaron la cena caminando de regreso al auto tomados de la mano, y cuando Silas la dejó frente a su apartamento, se despidió con un beso breve pero cargado de una promesa silenciosa de que esto, fuera lo que fuera, apenas empezaba a construirse.

—¿Puedo verte de nuevo pronto? —preguntó él, todavía sin soltar su mano del todo.

—Me encantaría eso. Aunque probablemente nos veamos mañana en el Aurelia de todos modos.

—Eso no cuenta. Necesito verte fuera del contexto profesional, sin planos ni cronogramas de por medio.

—Entonces sí. Pronto. Lo prometo.

Se despidieron finalmente con una sonrisa compartida, sabiendo ambos que la noche había sido, sin lugar a dudas, uno de los momentos más significativos de todo el proceso de reconstrucción que habían emprendido juntos.

* * *

Delaney subió a su apartamento flotando en una especie de nube ligera que no sentía desde hacía años, y se preparó una taza de chocolate caliente antes de sentarse en su balcón, a pesar del frío de la noche, necesitando un momento a solas para procesar todo lo que la cena había removido en ella.

Pensó en la manera en que Silas había hablado de Chicago, de su soledad autoimpuesta, de la penitencia que se había exigido a sí mismo durante una década entera.

Pensó en cuánto se parecía esa historia a la suya propia, dos personas castigándose en paralelo por el mismo error, sin saber que la otra estaba sufriendo de manera similar a kilómetros de distancia.

Le escribió un último mensaje antes de dormir: "Gracias por la cena. Y por ser honesto conmigo sobre Chicago. Significa más de lo que puedo expresar." La respuesta de Silas llegó minutos después: "Gracias a ti por escuchar sin juzgar. Buenas noches, Delaney. Hasta pronto."

Se durmió esa noche con una sensación de calidez que no había sentido en años, la sensación extraña y maravillosa de estar, poco a poco, reconstruyendo algo que había dado por completamente perdido.

Antes de quedarse dormida del todo, sin embargo, se permitió un último pensamiento, uno que llevaba semanas rondándole la cabeza sin que se atreviera a examinarlo directamente: ¿y si esto funcionaba?

¿Y si, contra todo pronóstico, contra todo lo que la lógica y el dolor pasado le decían que debía esperar, esta segunda oportunidad realmente floreciera en algo duradero?

La idea le resultaba tan aterradora como emocionante, un territorio completamente desconocido después de una década construyendo su vida alrededor de la certeza de que esa puerta particular estaba cerrada para siempre.

Se prometió a sí misma, mientras el sueño finalmente la vencía, permitirse esta esperanza sin exigirse ninguna certeza inmediata sobre el resultado final.

Bastaba, por ahora, con disfrutar cada paso de este camino incierto, confiando en que, pasara lo que pasara, ella saldría del otro lado más fuerte y más sabia que antes.