CAPÍTULO 11 — NORA
Marina organiza mi propia despedida de soltera —o más bien la suya, aunque insiste considerablemente en que sea una celebración compartida "porque las dos merecemos festejar juntas antes de que yo me convierta oficialmente en una mujer casada aburrida", según sus propias palabras exactas— en un piso alquilado con terraza privada, vistas espectaculares hacia la Giralda iluminada contra el cielo nocturno, y una cantidad de sangría que resulta francamente irresponsable para un grupo de mujeres que tienen obligaciones de boda importantes al día siguiente por la mañana.
—Cuéntanoslo todo, sin omitir ningún detalle —exige Carmen, sentada con las piernas cruzadas sobre un cojín en el suelo, con esa energía entusiasta de veinte años que no conoce límites razonables en cuestiones de chismes ajenos—.
Marina nos contó lo básico esta tarde, pero necesitamos los detalles completos sin ninguna censura.
—Carmen, no vamos a interrogar a Nora sobre su vida amorosa complicada en su propia despedida de soltera —dice Marina, aunque su expresión sugiere que ella también está genuinamente interesada en escuchar los detalles completos sin ninguna excepción.
—Está bien —digo, sirviéndome otra copa de sangría con la resignación de quien sabe que esta conversación es completamente inevitable dado el ambiente—. Preguntad lo que queráis, sin ninguna restricción.
Las preguntas llegan en cascada continua: qué sintió exactamente cuando Diego se lo contó todo, si le creo completamente sin ninguna reserva, si esto cambia mi percepción de los últimos cinco años enteros, si hay alguna posibilidad real de reconciliación genuina entre nosotros.
Respondo lo mejor que puedo, procesando en voz alta muchas de las emociones que llevo removiendo internamente desde esta mañana temprano.
—¿Y qué vas a hacer ahora exactamente? —pregunta Marina, con una seriedad genuina que corta a través del ambiente festivo de la fiesta como un cuchillo.
—No lo sé con certeza absoluta todavía. Le dije que necesitaba tiempo para procesarlo, que quería que nos concentráramos simplemente en ser buenos padrinos durante estos días restantes de la boda.
—Pero eso no responde realmente la pregunta de qué sientes tú personalmente, Nora, más allá de la logística práctica.
Considero cuidadosamente mi respuesta, con la sangría ayudando ligeramente a bajar las defensas que normalmente mantendría considerablemente más firmes en circunstancias normales.
—Creo que todavía lo quiero —admito finalmente, la confesión saliendo con una vulnerabilidad que rara vez muestro tan abiertamente, ni siquiera ante mis amigas más cercanas de toda la vida—.
Nunca dejé completamente de quererlo, aunque pasé cinco años enteros fingiendo lo contrario ante todo el mundo, incluso ante mí misma en mis momentos más privados.
—Entonces, ¿cuál es exactamente el problema? —pregunta Carmen, con esa lógica directa de los veinte años que todavía no ha aprendido a complicar innecesariamente las cosas aparentemente simples.
—El problema es que quererlo no borra automáticamente cinco años enteros de dolor acumulado y desconfianza justificada.
El problema es que la última vez que confié completamente en él, desapareció sin ninguna explicación satisfactoria.
¿Cómo sé con certeza que no va a pasar exactamente lo mismo otra vez si las cosas se ponen genuinamente serias entre nosotros?
—No lo sabes con certeza absoluta —dice Marina, con una honestidad que agradezco profundamente en este momento particular—.
Nadie tiene garantías perfectas en el amor genuino, Nora, sin importar cuánto lo deseemos.
Pero creo que la diferencia real ahora mismo es que él finalmente tuvo el valor suficiente de contarte la verdad completa, algo que definitivamente no hizo hace cinco años enteros.
Eso tiene que contar considerablemente para algo importante en tu decisión.
—Tiene que contar considerablemente, sin ninguna duda —coincide Carmen—.
Y honestamente, desde fuera observándoos toda la semana, la manera en que os miráis mutuamente sugiere que ninguno de los dos ha superado completamente al otro durante estos cinco años enteros, sin importar cuánto ambos finjáis lo contrario delante de todo el mundo.
La conversación continúa durante horas enteras, entrelazada con más sangría y risas compartidas y las historias habituales que surgen naturalmente en cualquier despedida de soltera, pero la pregunta de Marina se queda resonando persistentemente en mi cabeza mucho después de que cambiamos de tema hacia asuntos más ligeros relacionados con la boda de mañana.
*¿Qué sientes tú realmente, Nora, más allá de todo lo demás?*
Cuando finalmente regreso al apartamento pasada la medianoche, considerablemente mareada por la sangría y las emociones acumuladas del día entero, encuentro a Diego despierto en el sofá pequeño, con un libro abierto que claramente no está leyendo con atención real dada su expresión distraída.
—¿Cómo estuvo la despedida? —pregunta, cerrando el libro en cuanto me ve entrar por la puerta.
—Reveladora, en más de un sentido de la palabra. —Me siento en el borde del sofá, cerca de él pero manteniendo todavía una distancia cuidadosa entre nosotros—. Diego, puedo preguntarte algo directamente, sin ningún rodeo innecesario?
—Cualquier cosa que necesites preguntarme.
—¿Qué pasaría si decidiera darte otra oportunidad genuina? ¿Cómo sé con certeza que no vas a tener miedo otra vez cuando las cosas se pongan genuinamente serias entre nosotros dos?
Se queda en silencio un momento, considerando cuidadosamente la pregunta antes de responder con una honestidad que reconozco como genuina, sin ningún intento de suavizarla artificialmente.
—No puedo darte ninguna garantía absoluta, Nora, sería deshonesto de mi parte pretender lo contrario.
Sería una mentira considerable si te dijera que el miedo desapareció completamente solamente porque finalmente te conté la verdad.
Pero puedo prometerte, con toda sinceridad, que la próxima vez que sienta ese miedo específico, en vez de huir en silencio como hice antes, voy a hablarlo directamente contigo, aunque sea considerablemente más difícil que simplemente desaparecer sin ninguna palabra.
—Eso no es exactamente una garantía tranquilizadora, Diego, debo admitirlo honestamente.
—Lo sé perfectamente. —Sonríe, con una tristeza evidente detrás de la sonrisa cansada—. Pero es lo único honesto que puedo ofrecerte en este momento, en vez de promesas vacías que quizás no pueda cumplir completamente en el futuro.
Considero sus palabras durante un momento largo, sintiendo el peso de la decisión que se avecina inevitablemente, consciente de que mañana es el día de la boda oficial, que después de eso ya no tendremos más excusas logísticas convenientes para mantenernos cerca el uno del otro, que cualquier decisión sobre nuestro futuro compartido tendrá que tomarse considerablemente pronto, sin más tiempo disponible para posponerla indefinidamente.
—Vamos a dormir —digo finalmente, levantándome del sofá con las piernas ligeramente inestables por la sangría acumulada—.
Mañana es un día importante para todos, y necesitamos estar completamente presentes para Marina y Tomás, sin toda esta complicación emocional nuestra distrayendo del momento que realmente importa celebrar.
—Tienes razón absoluta. —Se levanta también, siguiéndome hacia la puerta del dormitorio con pasos cautelosos—. Buenas noches, Nora.
—Buenas noches, Diego.
Y mientras cierro la puerta del dormitorio detrás de mí, dejándolo otra vez en el sofá incómodo que ha soportado pacientemente durante toda esta semana entera, pienso, con una claridad que la sangría no logra completamente nublar, que quizás la pregunta de Marina no tiene realmente una respuesta tan complicada como había asumido.
Quizás simplemente tengo miedo de admitir, incluso ante mí misma en la privacidad de mis propios pensamientos, cuánto todavía lo quiero genuinamente.