Lo Que Dejamos en Sevilla CAPÍTULO 10 — DIEGO
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CAPÍTULO 10 — DIEGO

La despedida de soltero de Tomás se organiza discretamente, sin la extravagancia habitual de estas celebraciones que tanto abundan en las redes sociales, precisamente porque Tomás siempre ha odiado profundamente la atención excesiva sobre sí mismo, algo que Marina respeta considerablemente a pesar de su propia naturaleza más extrovertida.

En vez de una noche de discotecas ruidosas hasta el amanecer, terminamos en un pequeño bar de vinos escondido cerca de la Catedral, solamente los amigos más cercanos reunidos, incluyéndome a mí como padrino oficial y organizador involuntario de todo el evento.

—Gracias por esto —me dice Tomás, levantando su copa hacia mí con una sonrisa genuina que ilumina completamente su rostro habitualmente reservado—. Sé que las últimas semanas han sido complicadas para ti, con lo de Nora y todo lo que eso implica emocionalmente.

—No tienes que agradecerme nada en absoluto, Tomás. Eres mi mejor amigo desde hace quince años. Estaría aquí sin importar las complicaciones personales que estuviera enfrentando en mi propia vida.

—Precisamente por eso quiero agradecerte específicamente por tu presencia.

—Se inclina hacia adelante, con esa seriedad ocasional que contrasta marcadamente con su personalidad habitualmente tranquila y despreocupada—.

Marina me contó lo que le dijiste a Nora esta mañana.

Lo de tus padres, lo del miedo profundo que sentiste entonces.

Siento que la sorpresa se refleja claramente en mi expresión, sin ningún esfuerzo por ocultarla completamente.

—Nora se lo contó a Marina, entiendo, sin ninguna intención maliciosa de su parte, supongo.

—Y Marina me lo contó a mí, porque aparentemente en este grupo de amigos nadie sabe guardar un secreto durante más de veinticuatro horas consecutivas sin necesidad de compartirlo con alguien más.

—Sonríe, aunque su tono se mantiene considerablemente serio dado el contexto—.

Diego, llevo quince años enteros siendo tu amigo cercano.

Vi cómo te destruiste internamente después de dejarla, aunque nunca me explicaste completamente por qué te fuiste realmente en su momento, sin ninguna explicación satisfactoria disponible.

—No estaba orgulloso de mis razones, Tomás, entonces ni ahora tampoco. Todavía no lo estoy completamente, si soy honesto contigo.

—Pero finalmente se lo dijiste directamente a ella. Eso cuenta considerablemente más de lo que probablemente crees en este momento.

Bebemos en silencio un momento, contemplando el ambiente relajado del bar iluminado tenuemente, los demás amigos conversando animadamente en pequeños grupos alrededor de nosotros sobre temas considerablemente más ligeros.

—¿Crees que tengo alguna oportunidad real con ella? —pregunto finalmente, la pregunta que llevo cargando desde esta mañana sin atreverme a formularla en voz alta ante nadie más.

—Honestamente, no lo sé con certeza absoluta.

—Tomás siempre ha tenido esa honestidad directa que a veces resulta incómoda pero que siempre agradezco profundamente en momentos como este—.

Pero sé que Nora nunca dejó completamente de quererte, Diego, aunque pasara cinco años enteros fingiendo lo contrario delante de todos nosotros con considerable esfuerzo.

—¿Cómo lo sabes con tanta seguridad?

—Porque durante cinco años enteros, cada vez que alguien mencionaba tu nombre en alguna conversación grupal casual, ella cambiaba de tema inmediatamente, con una rapidez que sugería considerablemente más que simple indiferencia superficial.

La indiferencia genuina no necesita tanto esfuerzo activo constante para mantenerse convincentemente.

La observación se asienta en mi pecho con un peso extraño, mezcla de esperanza cautelosa y el miedo persistente de haber esperado demasiado tiempo para finalmente actuar correctamente al respecto.

Mientras tanto, en algún lugar de Sevilla, Nora está probablemente en su propia despedida de soltera organizada por Marina, y me pregunto brevemente qué estará pensando ella en este momento exacto, si estará considerando seriamente la posibilidad de darme una segunda oportunidad genuina o si simplemente está tratando de sobrevivir emocionalmente los días restantes hasta que pueda volver a su vida normal, lejos de mí y de toda esta historia complicada que reabrí deliberadamente esta semana con mi confesión.

—Deberías decirle exactamente esto que me estás diciendo a mí ahora mismo —dice Tomás, interrumpiendo mis pensamientos dispersos—.

No la versión editada, cuidadosa, que probablemente le diste esta mañana en el parque.

La versión completa, con toda la vulnerabilidad incómoda incluida sin ningún filtro protector.

—¿Qué versión completa te refieres exactamente?

—La versión donde admites que aunque tuvieras miedo entonces hace cinco años, el miedo más grande ahora mismo es la posibilidad de perderla definitivamente por segunda vez, esta vez sin ninguna excusa conveniente de trabajo en Argentina que puedas usar para justificarlo ante ti mismo.

Las palabras de Tomás aterrizan con una precisión incómoda, exponiendo exactamente el miedo que he estado evitando nombrar completamente incluso ante mí mismo durante los últimos días de convivencia forzada.

—Cuando la vi en el aeropuerto —digo finalmente, permitiéndome la vulnerabilidad completa ante mi mejor amigo sin ninguna reserva adicional—, sentí como si los últimos cinco años enteros se hubieran evaporado completamente de golpe.

Como si ninguna parte de mí hubiera dejado nunca realmente de quererla, sin importar cuánto intenté convencerme a mí mismo de lo contrario durante todo este tiempo transcurrido.

—Entonces díselo exactamente así, Diego, sin ninguna edición protectora de por medio. Sin protegerte a ti mismo del riesgo considerable de la vulnerabilidad completa ante ella.

—¿Y si me rechaza definitivamente después de escucharlo todo?

—Entonces, como mínimo, sabrás que lo intentaste genuinamente esta vez, en vez de huir otra vez por puro miedo paralizante. Eso ya sería considerablemente mejor que lo que hiciste hace cinco años enteros, sin ninguna duda al respecto.

Asiento, sintiendo el peso de la conversación asentándose profundamente en mi pecho, consciente de que Tomás tiene razón absoluta en su observación directa, aunque la idea de exponerme completamente ante Nora, sin ninguna protección emocional restante, resulte casi tan aterradora como lo fue hace cinco años enteros la idea de comprometerme completamente con ella para siempre.

La despedida continúa durante varias horas más, entre risas compartidas y brindis genuinos y anécdotas nostálgicas sobre los años universitarios que compartimos, pero mi mente permanece parcialmente ausente durante gran parte de la noche, ya planeando mentalmente exactamente cómo y cuándo voy a tener finalmente esa conversación completa con Nora, antes de que esta semana en Sevilla termine definitivamente y perdamos, quizás para siempre esta vez, la oportunidad genuina de reconstruir cuidadosamente lo que rompimos hace tanto tiempo entre nosotros dos.