Lo que dejamos en el Verano (LA SAL nº 1) Capítulo 21 #3
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Capítulo 21 #3

Los brindis llegaron con los postres, cuando ya el cielo se había vuelto de un violeta oscuro salpicado de las primeras estrellas y al‐ guien —probablemente Raúl— había encendido la guirnalda de bombillas cálidas colgada entre los pinos, que empezó a parpadear con un titileo suave,

como si el cielo entero hubiera decidido bajar un poco esa noche solo para ellos.

Raúl se levantó con la copa en la mano y un aplomo que a Mar‐ tín le sorprendió, porque su amigo llevaba toda la vida escabullén‐ dose de cualquier cosa que sonara remotamente a discurso.

—No se me dan bien estas cosas —empezó, y la mesa entera se rio, porque todos sabían que era verdad—. Así que voy a ser breve, y después voy a beberme esto y a dejar que sea Lucía quien haga llorar a todo el mundo, que para eso tiene más talento que yo.

Lucía, a su lado, le dio un codazo cariñoso.

—Conozco a Martín desde que teníamos ocho años y él ya in‐ tentaba mejorar la tortilla de patatas de mi madre sin que ella se en‐ terara —siguió Raúl—.

Lo he visto crecer, lo he visto abrir un res‐ taurante que nadie creía que fuera a funcionar en un pueblo de cua‐ trocientos habitantes, y lo he visto pasar el año más duro de su vida sin que casi nadie lo supiera.

—Se le quebró un poco la voz, y tuvo que carraspear antes de continuar—.

Y lo que quiero decir es esto: he visto a Martín asustado, he visto a Martín con la cabeza rapada y las manos temblando de una aguja que le acababan de sacar del brazo, y nunca, ni una sola vez en todo ese año, dejó de decir el nombre de Elena como quien repite un ancla para no irse a pique.

Así que, Elena, bienvenida oficialmente a la familia. Ya lo eras. Esto solo lo hace de papel.

Alzó la copa, y toda la mesa larga hizo lo mismo entre un mur‐ mullo de "salud" y algún que otro sorbido de nariz disimulado.

Lucía se levantó después, con los ojos ya brillantes de antemano.

—Yo sí que voy a llorar, así que preparaos —dijo, y arrancó una carcajada general—.

Elena, tú no lo sabes, pero durante meses te odié un poco.

No a ti, nunca a ti, sino a la situación, a tener que mentirte cada vez que me preguntabas si sabía por qué tu her‐ mano...

por qué mi hermano se había vuelto tan raro.

Cargué ese secreto hasta que ya no pude más, y cuando por fin te lo dije en aquel mercado, lo único que sentí fue alivio, un alivio egoísta, por‐ que por fin dejaba de estar sola con aquello.

Lo que no esperaba era que tú, en vez de odiarnos a los dos para siempre, decidieras que‐ darte a pelear.

Eso te lo voy a agradecer toda la vida. Gracias por elegirnos, incluso después de saber lo peor de nosotros.

Elena se levantó a medias de la silla para abrazarla por encima de la mesa, tirando sin querer una copa que nadie se molestó en re‐ coger hasta un buen rato después, y el pueblo entero aplaudió con esa efusividad ruidosa de la gente que ha compartido más de lo que se dice en voz alta.

* * * Después de los postres, cuando las mesas ya se habían quedado a medio recoger y los niños correteaban descalzos entre las sillas va‐ cías, alguien puso música —una guitarra en directo al principio, un amigo de Raúl que tocaba rumbas catalanas con una soltura desver‐ gonzada,

y más tarde un altavoz portátil con una lista de canciones que Lucía había preparado en secreto durante semanas— y Martín le tendió la mano a Elena.

—No sé bailar —dijo ella, aunque ya se estaba levantando.

—Yo tampoco. Por eso vamos a hacerlo mal juntos.

Bailaron despacio sobre la hierba, sin ningún estilo reconocible, la cabeza de Elena apoyada en el hombro de él, el olor a sal y a leña de la brasa todavía impregnado en la ropa de Martín,

el rumor del mar debajo de la música como un bajo constante que llevaba ahí toda la noche sin que nadie le hubiera prestado atención hasta ese momento.

Las luces de la guirnalda se reflejaban en pequeños puntos dorados sobre la superficie oscura del agua, allá abajo, y el aire olía a azahar tardío y a cera de las velas que Teresa había re‐ partido por todas las mesas.

—¿Sabes lo que más me gusta de esta noche? —dijo Elena, con la voz baja, casi contra el cuello de él.

—Dime.

—Que no hay nada perfecto. Se me descosió el vestido esta ma‐ ñana.

A Raúl se le ha quemado la manga de la camisa con una vela hace media hora.

Doña Carmen ha llorado más que nosotros dos juntos.

Y aun así, es la noche más bonita de mi vida.

Antes habría necesitado que todo saliera exactamente bien para disfrutarlo.

Ahora ya sé que las cosas imperfectas también se sostienen, si los cimientos son buenos.

Martín la apartó un poco para mirarla a la cara, con la luz de las bombillas pintándole motas doradas en el pelo.

—Sigues pensando en arquitectura hasta el día de tu boda.

—Y tú sigues pensando en comida. Hace un momento me has dicho que mi pelo olía "a masa recién horneada".

—Es un cumplido altísimo, para que lo sepas.

—Lo sé. Por eso me casé contigo.

Siguieron bailando, mal, felices, mientras detrás de ellos el sol terminaba de hundirse del todo en el mar y las luces de la fiesta parpadeaban entre los pinos como si el cielo entero hubiera deci‐ dido bajar un poco esa noche, solo para ellos.