Lo que dejamos en el Verano (LA SAL nº 1) Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

Solo te deja sola con menos información.

—Prometo dejar de usar el sarcasmo cuando lo que en realidad quiero decir es que tengo miedo —dijo Elena, y a su lado se oyó un resoplido cariñoso de Lucía, que la conocía demasiado bien como para no dudarlo del todo—.

Prometo elegirte cada día con toda la información, porque ya sé lo que se siente al elegir a ciegas, y no pienso volver a hacerlo.

Prometo construir esto contigo sabiendo que los cimientos ya han sido puestos a prueba y que han aguantado.

El beso que siguió fue breve, casi pudoroso frente a todo el pue‐ blo que los miraba, pero llevó detrás un aplauso que se alargó más de lo normal, y Doña Carmen, en primera fila, se sonó la nariz con un pañuelo de tela bordado que llevaba preparado desde por la ma‐ ñana "por si acaso",

y le dijo a Teresa, en un susurro que se oyó perfectamente en las tres filas de alrededor: "Yo fui la primera en decir que ese chico estaba muy delgado. Si no llega a ser por mí, nadie se entera de nada."

—Doña Carmen —dijo Teresa, sin volverse—, llevo cuarenta años oyéndote decir que fuiste la primera en enterarte de todo lo que pasa en este pueblo.

—¡Y tengo razón casi siempre!

* * *

El banquete se sirvió en mesas largas de madera colocadas directa‐ mente sobre la explanada de césped que daba al camino de ronda, con manteles de lino sin planchar del todo a propósito, porque Mar‐ tín había insistido en que la comida de esa noche no fuera la co‐ mida de una estrella Michelin,

sino la comida de un hombre que cocinaba para la gente que quería.

Hubo un arroz de sepia y alcachofas que llevaba todo el día co‐ ciéndose despacio en paelleras enormes colocadas sobre fuego de leña en el jardín, con el humo mezclándose con el olor a sal del atardecer; hubo pescado a la brasa recién sacado del mar esa misma mañana por el cuñado de Raúl,

que tenía barca; hubo un postre de crema catalana quemada al momento delante de los invitados, con el chisporroteo del azúcar caramelizándose bajo el soplete arran‐ cando ohs y ahs de los niños del pueblo sentados en la mesa de al lado.

Martín se había pasado buena parte de la tarde entrando y sa‐ liendo de la cocina improvisada montada junto a la casa, supervi‐ sando, probando, ajustando un punto de sal aquí, un hervor allá, hasta que Lucía lo agarró del brazo y le dijo, con una firmeza que no admitía discusión, que era el novio,

no el chef, y que se sentara de una vez a la mesa con su mujer.

—Sabe a memoria —dijo Elena, probando el arroz, con los pies descalzos ya bajo la mesa y los zapatos abandonados en algún lugar del césped desde hacía una hora.

—¿A qué sabe la memoria?

—A esto. A azafrán y a sal marina y a la primera vez que cociné algo contigo y te dije que el sofrito olía a quemado.

—Esa noche te dije que era intencional.

—Mentiste fatal aquella vez también.

—Ya no. —Martín le apretó la mano por debajo de la mesa—. Ya no vuelvo a mentir en nada, ni siquiera en las cosas pequeñas.

Elena lo miró, con el atardecer del Empordà cayendo detrás de él en esa luz dorada casi líquida que solo tenía ese pueblo en las tardes de junio, el mar volviéndose de un azul cada vez más oscuro, las primeras estrellas asomando ya por encima de la línea de los pi‐ nos, y pensó,

con esa costumbre suya de traducirlo todo a estructu‐ ras, que un matrimonio bien construido no era el que nunca tenía grietas, sino el que aprendía a repararlas en cuanto aparecían, sin esperar a que se convirtieran en algo que pusiera en riesgo el con‐ junto entero.

—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto? —dijo ella.

—¿Qué?

—Que a pesar de todo lo que pasó, a pesar de la mentira, del cáncer, de la hospitalización, de los meses en Madrid llorando sin entender nada...

no cambiaría nada de lo vivido. Ni un solo día.

Porque si no hubiera pasado todo eso, no sabría con la certeza con la que lo sé ahora que esto —señaló la mesa, el pueblo entero cele‐ brando, a él— vale la pena, con información completa y todo.

—Eso es lo que más me costó entender —dijo Martín—. Que protegerte de la verdad no era amarte. Amarte era confiar en que fueras lo bastante fuerte para cargar con ella. Tardé treinta y seis años y un linfoma en aprenderlo.

—Espero que no necesites otro linfoma para aprender la si‐ guiente lección.

—La siguiente lección la vamos a aprender juntos, sin necesidad de que nadie se ponga enfermo primero. Ya no hacen falta más pruebas de fuego. Esta ya la superamos.

Doña Carmen se acercó a la mesa en ese momento, con una copa de cava en la mano y el sombrero ya ligeramente torcido des‐ pués de dos horas de banquete, y les puso una mano a cada uno en el hombro con esa confianza que solo da haber acompañado a al‐ guien durante los peores meses de su vida.

—Los dos estáis horribles llorando en vuestra propia boda — dijo, aunque a ella también le brillaban los ojos—. Pero es un llanto bonito. He visto muchas bodas en este pueblo, y esta es la primera en la que la gente llora de verdad y no solo por educación.

—Gracias, Doña Carmen —dijo Elena, riendo entre lágrimas—. Por todo. Por el cava que llevaba guardado desde marzo.

—Ah, eso. —La mujer hizo un gesto con la mano, quitándole importancia—. Ese cava lo tenía guardado desde antes. Desde que vi a ese muchacho tan delgado en el mercado, supe que algo pa‐ saba. Una siempre sabe.

Se alejó hacia la mesa de Teresa con la copa en alto, dejando tras de sí una estela de perfume anticuado y satisfacción absoluta, y Martín y Elena se quedaron mirándose, riendo todavía.

* * *