Lo Mejor de Dyna Grant (Momentos Especiales de las Highlands 5) Capítulo seis
79%

Capítulo seis

—¿Qué más deseas compartir conmigo, Diamond? Veo que estás estresada por todo este asunto de videncia.

Dyna miró a Derric y se encogió de hombros. Había pasado mucho tiempo desde aquel rayo y su iniciación como vidente.

—Hice todo lo que pude en respuesta a mis visiones. Si algo se me presentaba, hacía lo que podía para detenerlo, pero era sobre todo para proteger a mi abuelo. Eso es lo que me dijeron al principio.

—Entonces, cuando falleció, ¿tu trabajo terminó?

—No lo creo. Creo que las cosas cambiarán. Pero nuestra última conversación fue difícil.

—Continúa.

Dyna continuó su relato.

—Era principios de invierno y papá vino a verme. Me dijo que el abuelo deseaba hablar conmigo.

—Y fuiste.

—Por supuesto —dijo ella, con la mirada perdida en el vacío, sin siquiera intentar contener el llanto que se le acumulaba en los ojos. El recuerdo era tan intenso en su mente porque se había obligado a revivirlo a menudo, solo para grabarlo allí de cara al temido día.

El día en que él ya no estaría.

—Abuelo, papá me dijo que querías verme. —Se acercó a él, que estaba sentado frente a la chimenea en su sillón favorito.

—Así es. Siéntate, Dyna. —Señaló una silla frente a él.

—¿Necesitas algo, Seanair?

—Sí, quiero expresarte mi gratitud por todo lo que has hecho por mí. —Juntó las manos sobre el regazo—. Durante todos estos años ha habido muchos percances a punto de ocurrir, y sé que tú eres quien ha evitado que sucedieran. ¿Sabes por qué se te ha concedido esta capacidad de clarividencia?

—No. Hace mucho tiempo me dijeron que tenía un propósito y que debía seguirlo. Así que eso hago. —No sabía de qué otra forma explicar esa parte curiosa de su vida que se imponía sobre todo lo que hacía.

—¿Y tu propósito siempre fue el mismo?

Se sonrojó, pues nunca había pronunciado esas palabras desde la primera vez que se las dijo a su querido abuelo, el maravilloso Alex Grant, uno de los Highlanders más feroces que jamás haya existido. Se lo había contado a su padre y a su madre, y finalmente a Derric.

Se aclaró la garganta y alzó la mirada hacia él.

—Mi propósito era protegerte, abuelo. Eso nunca cambió. —Se le llenaron los ojos de lágrimas y se las secó.

—¿Por qué? ¿Alguna vez te dieron una razón aparte de que Edward fuera un bastardo?

—Solo eso. Y que debías tener cinco hijos, pero eso ya lo habías hecho. —Hizo una pausa, sacando fuerzas de lo más profundo de su alma para no romper a llorar. Sabía lo que significaba esta conversación sin que él tuviera que decirlo con palabras.

Su hora se acercaba. Muy cerca.

—Dímelo otra vez, muchacha. Mi mente está vieja.

—Me dijeron que había un rey malvado que intentaba destruir la tierra de los escoceses y que tú harías todo lo posible por preservar nuestra tierra. Tenía que protegerte para que pudieras proteger la tierra. Hice todo lo que pude, abuelo.

Alex Grant empujó con fuerza ambos brazos de la silla para ponerse de pie.

Ella sabía que no debía intentar ayudarle con eso, porque si él deseaba ayuda, se la pediría.

En lugar de eso, esperó a que él se acercara, con las lágrimas corriendo ahora por sus mejillas en ríos que probablemente seguirían manando durante los días venideros.

Él cogió su bastón y se acercó para situarse frente a ella; luego apoyó una mano en el brazo de su silla para mantener el equilibrio antes de inclinarse para besarle la frente y acariciarle la mejilla.

—Te doy las gracias por todo lo que has hecho por mí, por nuestro clan y por nuestra tierra, Dyna. Me llena de orgullo poder decir que he ayudado a criar a una nieta tan fuerte como cualquier guerrero de toda la tierra. Pero sabes que mi tiempo aquí está a punto de acabarse.

Ella asintió, con las palabras atascadas en un nudo en la garganta.

—¿Me ayudarás a llegar a mi habitación para echar una siesta, muchacha?

Ella asintió, poniéndose de pie y permitiéndole apoyarse en ella mientras cruzaban el salón, extrañamente vacío en ese momento. Estaba bastante segura de que Alex Grant había dicho a todos que se mantuvieran alejados por un rato.

—Así que mis últimas palabras para ti son que pases a la siguiente persona a la que debas proteger. No sé todo lo que hay que saber sobre las hadas y todo eso, pero creo en cosas extrañas que no puedo entender. ¿Sabes ya a quién te pedirán que protejas a continuación?

—No, abuelo. Ella solo me dijo que eras tú.

Cuando llegaron a la puerta, él le besó la coronilla y dijo:

—Tienes tanto talento que sé que te asignarán a otra persona. Y deseo que no me llores demasiado cuando llegue mi hora. Echo de menos a mi esposa.

—Lo sé, abuelo. Dile a la abuela que la echo de menos.

—Ella ya lo sabe, muchacha.