Capítulo 33 #2
La madre del poblado nunca revelaba cuánto sabía hasta que le convenía y aquella vez no era la excepción. Puso la misma mueca de desdén de siempre cuando hizo la gruesa carpeta a un lado de un empujón y agarró otro montón de papeles.
—¿Hemos terminado? —soltó Tessa , con la necesidad repentina de moverse. Y no porque estuviera inquieta. Tenía la sensación de que moriría si no podía levantarse, moverse, correr, respirar aire fresco.
Gritarles a los cielos.
—No.
—¿Qué más tenemos que hacer?
—Tenemos hasta la hora en punto.
—¿Para qué?
Cada vez le costaba más respirar y ¿por qué hacía tanto calor allí dentro, joder? Había ven tana s, pero estaban completamente cerradas con las cortinas echadas.
—Para hacer lo que se te diga —objetó—. No sé por qué te cuesta tanto entenderlo, Tessalyn .
Ese es tu deber. Hacer lo que los legados te digan.
Ayudarles. Darles lo que quieran y no dar problemas.
Ahora, estate quietecita hasta que se nos acabe el tiempo y demuéstrame que estas últimas dos décadas no han sido una completa pérdida de tiempo y esfuerzo para mí.
Lo notó entonces. Cómo le arrebataba el aire de los pulmones de un tirón rápido.
En un abrir y cerrar de ojos, ya no estaba.
Dejarla sin oxígeno no la mataría, pero era, sin duda, el método preferido de madre Cordelia para demostrar que tenía razón.
Darle el aire justo y necesario para que no perdiera la consciencia, pero quitarle el suficiente para que tuviera la sensación de estar asfixiándose.
Así que se quedó callada, obligándose a no moverse. Pero, en lugar de contar, se puso a recitar en su cabeza la letra de las canciones que Axel les había añadido a aquellas estúpidas listas de reproducción para salir a correr. Podía aguantar una canción más.
Un segundo más.
Una canción más.
Un día más.
Un año más.
A fin de cuentas, lo mismo era.
Bajó a trompicones los escalones de mármol mientras daba grandes bocanadas de aire nocturno.
Tenía el nacimiento del pelo empapado de sudor y le temblaba todo el cuerpo por haberse tirado una hora sentada, quieta e incapaz de moverse.
Cuando madre Cordelia por fin le había dado permiso para marcharse, prácticamente había salido pitando de la habitación.
Probablemente, la castigaría por ello en su próxima sesión privada.
No había habido un centinela esperándola a la salida como había previsto.
Quizá podría haber esperado a que uno viniera, pero no aguantaba ni un segundo más allí dentro.
Se sentía como si acabara de tirarse una hora corriendo con Theon , y su pecho se negaba a expandirse lo suficiente para acoger el aire que intentaba inhalar.
Dex .
Necesitaba a Dex . Era el único que podía ayudarla a sobrevivir. Tenía razón. No era lo bastante fuerte. Sola no.
Pero no había nadie. Estaba a solas con la noche, que ya había caído, cubriendo el mundo en un manto de oscuridad.
Y ni siquiera allí fuera había suficiente aire.
Y no podía quedarse allí en medio.
Quitándose los tacones de un par de patadas, empezó a caminar por la acera.
No podía pensar en nada que no fuera escapar de los edificios gigantescos que la tenían atrapada.
Y, cuando quiso darse cuenta, ya no estaba andando, sino corriendo por las calles.
No tenía ni idea de adónde iba. Nadie intentó detenerla.
Los fae tenían permitido circular por allí y pocos la reconocerían al instante como la fuente de Arius ahora mismo.
Pronto, todo eso cambiaría. Tantas cosas lo habían hecho ya y, aun así, ella seguía siendo la misma.
Seguía dejando que la pisotearan hasta no ser nada.
Seguía acabando atrapada en un estudio con la madre del poblado.
Seguía siendo problemática. Seguía apañándoselas para sembrar un caos que ni ella misma podía controlar.
Corrió sin parar y, por un instante, pensó que en aquellas circunstancias probablemente sería más rápida que Theon .
En ningún momento se le pasó por la cabeza el lío en el que iba a meterse, porque en lo único en lo que podía pensar era en espacios abiertos y aire fresco no contaminado por expectativas y exigencias.
No fue hasta que se dejó caer de rodillas junto al río Wynfell que se percató de lo mucho que se había alejado.
No fue hasta entonces que sintió que podía respirar.
Había árboles dispersos a su alrededor y, tumbada bocarriba, acabó contemplando el cielo. Las estrellas le devolvieron la mirada, brillantes e indiferentes a un mundo del que los dioses se habían olvidado.
El río atravesaba la Acrópolis, pero ella debía encontrarse a unos dos o tres kilómetros de las murallas exteriores.
No tenía ni idea de cómo no se había topado con ningún centinela de patrulla, pero tampoco de cómo había burlado los hechizos protectores.
No sabía de cuánto tiempo disponía, pero Theon la encontraría.
Siempre lo hacía. La arrastraría hasta la casa adosada y le haría pagar por ello.
Ella adoptaría el papel que él le exigía hasta que volviera a meter la pata.
Al menos, era un ciclo que le resultaba familiar y, a esas alturas, aceptaría cualquier tipo de rutina en su vida, aunque siempre terminara sufriendo.
¿Merecía siquiera la pena seguir intentándolo?
Por una vez, el vínculo en su interior estaba callado.
Volvió a respirar hondo. El aire se agitó y una brisa le enfrió la piel.
Durante unos largos minutos, lo único que se oyó fue el río hasta que un quejido grave hizo que se sentara; sus ojos se cruzaron con unos de un naranja brillante.
Tragándose un grito, se puso de pie a duras penas.
Pero ese quejido grave volvió a oírse cuando un enorme lobo gris plateado emergió de entre los árboles.
¿Estaba… herido?
Nunca había visto lobos en el bosque que rodeaba el poblado de Celeste y no sabía qué había alrededor de la Acrópolis.
Aquel era tan grande como los de Theon y tenía los mismos ojos brillantes.
Algo hizo que se le levantaran las orejas y el lobo alzó el hocico hacia el cielo.
Con una mirada de despedida, volvió a desaparecer entre los árboles, pero, antes de que Tessa pudiera plantearse lo absurda que había sido la situación, oyó una voz femenina.
—¿Una fuente completamente sola? ¿Qué pensarán los legados?
Tessa se giró y vio a una mujer vestida de la cabeza a los pies de negro. Tenía hasta la capucha puesta, ocultando su rostro.
—¿Seguro que es ella? —dijo otra voz femenina que hizo que Tessa volviera a darse la vuelta. Iba vestida igual que la primera y se acercaba a ella con decisión. Guantes negros. Botas negras. ¿Y eso que tenía en la mano era una… daga?
Tessa dio un paso hacia atrás, olvidándose por completo de sus tacones. Las dos mujeres la tenían acorralada contra el río.
—Lo parece —afirmó la primera y se encogió de hombros.
—Nunca la hemos visto —dijo la segunda, alargando las palabras.
—Exacto —señaló la primera—. Pero, si no estás segura, podría probarla primero. Seguro que su sangre está deliciosa.
—¿Acaso quieres morir, Risna ?
—La verdad es que le daría un poco de emoción a nuestras vidas.
Tessa no estaba segura de qué hacer mientras observaba el intercambio. Tampoco podía correr. Saltaba a la vista que esas dos eran expertas en sigilo. Ni el lobo las había oído hasta el último momento.
—Atrapémosla y llevémosla de vuelta. Aunque no sea ella, nos recompensarán por haber pillado a una fae fuera de los límites —dijo la segunda.
—¡No, esperad! —tartamudeó Tessa —. No podéis tocarme.
—¿Y eso por qué? —preguntó la que se llamaba Risna e, incluso con la capucha puesta, Tessa se percató de que había ladeado la cabeza con curiosidad.
—Porque soy la fuente del heredero de Arius .
—Gracias.
—¿Por qué?
Tessa pudo oír la sonrisa en la voz de Risna cuando respondió:
—Por confirmarnos que eres a quien estábamos buscando.
Ambas se abalanzaron sobre ella y Tessa soltó un grito. Saltó hacia atrás y sus pies aterrizaron en las aguas heladas del río Wynfell al mismo tiempo que un trueno resonaba y unos relámpagos iluminaban la noche.
Iluminaban las dos figuras que cayeron del cielo.
Una tenía alas oscuras de cuero. Las alas de un dragón.
La otra tenía alas hechas de nada más que sombras que se disiparon en la noche en cuanto sus pies tocaron el suelo.
Luka y Theon estaban allí, y no sabía si tenerles más miedo a ellos o a las dos que intentaban atraparla.
Theon dio un paso al frente. Incluso de noche, Tessa podía ver la oscuridad que le envolvía.
Que la envolvía a ella .
Como un escudo, las sombras se aferraron a su cuerpo.
—¿Quién os manda? —preguntó Theon . Su voz no era más que una promesa fría de muerte.
—Sabe de sobra que no podemos decírselo, heredero de los finales —respondió Risna con una daga en cada mano—. Así que mátenos y acabe con esto de una vez.
—Hija de la noche, tú mejor que nadie deberías saber que hay muchas cosas peores que la muerte —sentenció Theon .
—No teníamos elección —añadió la segunda mujer—. Seguro que lo sabe bien. Tanto como yo sé que no nos dejará irnos.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Theon .
—¿Acaso importa? No pasaré a la historia.
—¿Quién más os acompaña?
—Nadie. Estamos solas —respondió Risna .
—Mentira —rugió Theon y su oscuridad se alzó alrededor de ella.
La mujer soltó un grito agonizante, dejándose caer de rodillas. Se arañó los brazos, el pecho, la cara.
—Dice la verdad —chilló Tessa cuando los gritos de la mujer inundaron la noche—. Están solas.
Theon se giró de golpe hacia ella y sus sombras la sacaron del río de un tirón, dejándola en la orilla.
—Ni se te ocurra decir una palabra más —le espetó. Su oscuridad le puso las manos tras la espalda a la fuerza y se las ató.
Pero Luka dio un paso al frente con llamas negras saliéndole de la palma de la mano y, de repente, la segunda mujer se puso a rogar, a suplicar.
—¡Dos! —chilló—. Hay otros dos que probablemente estén ya yendo a informar de lo que han visto.