Capítulo 18
Tessa
Se encontraba en un balcón muy alto con vistas a campos de verde y dorado.
Los pastos se mecían suavemente en la brisa bajo un cielo gris que, pese al color, no parecía lúgubre.
En una dirección, a lo lejos, podía distinguir montañas, y los relámpagos caían cada cierto tiempo como si una tormenta eterna se cerniera sobre ellas.
En la otra, había una gran ciudad. Los edificios ocultaban parte del horizonte y no podía ver dónde terminaba.
Sin duda, estaba en algún tipo de casa de campo.
Un ruido a su espalda hizo que se diera la vuelta y se encontró a una mujer preciosa saliendo por unas puertas dobles.
Tessa se quedó quieta, sin saber dónde estaba o qué debía hacer.
El pelo de la mujer era casi del mismo tono que el suyo.
Suelto y ondulado, le caía alrededor de los hombros casi hasta el ombligo, y sus orejas puntiagudas se asomaban por los mechones.
Llevaba los labios pintados de un rojo sangre y se movía con una gracia etérea que ni siquiera los legados poseían.
Iba vestida con un elegante vestido marfil tan transparente que resultaba casi obsceno.
Joyería dorada le cubría las orejas y el cuello, a juego con el cinturón dorado que le colgaba de las caderas.
Hasta en los dedos llevaba anillos dorados.
Excepto uno. Un anillo de plata y ónice.
La mujer se colocó a su lado y, cruzada de brazos, se apoyó en la barandilla del balcón. Contempló la inmensidad ante ellas y Tessa se preguntó si sería consciente de su presencia. No le había hecho caso. Ni siquiera la había mirado.
Supo la respuesta un momento después, cuando la mujer se giró y sus ojos grises se posaron en ella. Podría jurar que había incluso destellos dorados arremolinándose, débiles, en ellos. No habló. Solo miró a Tessa como si pudiera ver a través de ella y llegar a su alma.
De la nada apareció otra mujer. Si la primera era preciosa, esta poseía una belleza aterradora.
La piel oscura parecía brillarle con un halo plateado y el pelo azabache revoloteaba a su alrededor con una brisa fantasmal.
Tenía ojos de un violeta vivaz y llevaba un vestido blanco que contrastaba con su tez.
—Ha funcionado —dijo la segunda mujer. Su voz era melódica y, a la vez, tan oscura como la noche.
—Eso parece —respondió la primera. Sus ojos siguieron clavados en Tessa , como si no pudiera apartarlos físicamente de ella.
Tessa seguía sin entender qué estaba pasando. ¿Debería hablar? ¿Postrarse ante ellas? ¿Moverse? ¿Quedarse quieta?
—¿Lo sabe? —preguntó la segunda y ladeó la cabeza mientras estudiaba a Tessa .
—Le mandé un mensaje a través de Altaria —respondió la primera a modo de confirmación—. Le molestó.
La segunda chasqueó la lengua.
—Por cosas como estas no pierdo el tiempo con hombres.
La primera le dedicó una sonrisita.
—Tras su rabieta, reconoció que estaba justificado.
—Cómo no —respondió la segunda y puso los ojos en blanco. Entonces, añadió—: No tardes, Akira . Solo puedo mantenerla aquí cierto tiempo.
—Hoy llamó a los cazadores —dijo de repente la primera, Akira , y una emoción que Tessa no supo identificar le atravesó la mirada. ¿Orgullo? Puede. Nunca nadie la había mirado así.
—Ah, ¿sí? ¿Y respondieron? Qué interesante. —La curiosidad de la segunda pareció triplicarse mientras continuaba estudiando a Tessa —. ¿Y las cazadoras?
La expresión de Akira se ensombreció.
—Solo responden ante él. Nadie más puede invocarlas. Pero las mandará. Como hizo por mí. —Hizo una pequeña pausa y, entonces, añadió—: Los salvajes e indómitos respondieron a su llamada también.
—Digna hija de su padre —dijo la segunda—. Será poderosa.
—Ya lo es. Y ese poder no hará sino crecer. Mi padre creyó que podría usarla en mi contra. Usarla para buscar venganza. Será una tormenta implacable en ese mundo. Una tempestad de ira y venganza.
—Deprisa, Akira —dijo la segunda—. El hechizo se rompe. Anala la está entreteniendo, pero notará su presencia en cualquier momento.
Akira dio un paso hacia delante y Tessa soltó un grito ahogado cuando le sostuvo el rostro con las manos.
—Has de saber que, a veces, debemos rompernos para convertirnos en quienes estábamos destinados a ser —dijo mientras los destellos violetas resplandecían en sus ojos como relámpagos atravesando las motas doradas.
Entonces, se inclinó y le presionó un beso en la frente—.
Te romperás, Tessalyn . Asegúrate de levantarte y recuperar lo que es tuyo.