Lluvia de sombras y finales (Legado 1)
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Capítulo 1
Tessa
—¿Estás escondida en un recoveco comiendo chocolate?
Tessa se quedó de piedra al oír esa voz grave, con el trozo de chocolate en cuestión a medio camino de la boca. Creía que había dado con un buen escondite. Estaba claro que no.
Mierda.
Se giró a toda velocidad y se escondió el pedazo detrás de la espalda. Lo cual fue una tontería. Él ya lo había visto.
—Yo… eh…
Se calló cuando su mirada aterrizó en el dueño de la voz.
Podría jurar que la oscuridad se arremolinaba, débil, en los ojos esmeralda oscuro que la observaban con una leve mueca en los labios rellenitos.
Para estar a punto de asistir a un evento formal, tenía el pelo negro azabache alborotado y un par de mechones le caían por la frente, rozándole las cejas oscuras.
Se metió las manos en los bolsillos del pantalón negro que, saltaba a la vista, estaba hecho a medida para que le sentara como un guante, al igual que la camisa y el chaleco del mismo color que se le ajustaban al torso.
No traía puesta la chaqueta de traje formal que habían llevado el resto de los hombres cuando los había visto entrar poco a poco.
Los dos primeros botones de la camisa los tenía desabrochados y no había corbata a la vista.
Aquella noche, sin duda, era de llevar corbata.
Ladeó la cabeza y Tessa tragó con dificultad; de repente tenía la boca demasiado seca. Esa cosa en su interior levantó la cabeza y ella se la bajó a la fuerza. Era lo último que necesitaba en ese momento.
—¿Estás bien? —le preguntó. No porque le preocupara su bienestar, ni mucho menos. Eran muy pocos los que de verdad se preocupaban por ella y en su tono había un claro deje de molestia.
Fue esa molestia la que la sacó del trance en el que se había sumido. Apurada, se postró ante él. Dioses. Era un legado, y ella se había quedado allí, mirándolo como un pasmarote. Genial. Lange iba a morirse de risa cuando se lo contara.
—Disculpe —murmuró con la vista clavada en los zapatos negros del hombre, asegurándose de sonar sincera.
—Levántate —ordenó el legado con impaciencia.
Pues dicho y hecho… Llevaba un vestido que se le ceñía a la figura tanto como a él la ropa hecha a medida.
Esa probablemente sería la primera y la última vez que llevaría algo tan elegante.
Tenía una sola manga que le envolvía uno de los brazos hasta la muñeca, mientras que el otro lo llevaba al descubierto desde el hombro hasta la punta de los dedos.
La falda se le arremolinaba alrededor de los pies y ya se había tropezado con la muy puñetera más de una vez esa noche.
Que fuera más bajita de lo normal, incluso con los tacones de diez centímetros que se había visto obligada a ponerse, no ayudaba.
El vestido era negro, con una capa de tela transparente verde esmeralda encima decorada con cuentas negras que brillaban bajo las llamas titilantes de los apliques.
Apliques, no luz y electricidad como cualquier otro edificio de los seis reinos de Devram .
Porque… La verdad era que Tessa nunca había terminado de entender por qué el Panteón carecía de todos los avances modernos, salvo por los teléfonos.
Pero hasta estos tenían una configuración especial que solo permitía recibir llamadas.
Nada más. No sé qué rollo sobre querer honrar los orígenes humildes de los mundos.
Siempre le había parecido una tontería. A los dioses se la traía sin cuidado su mundo.
¿Por qué iba a importarles que hubiera luz en el Panteón?
Una mano apareció de repente frente a sus ojos y Tessa alzó la vista hacia el legado, confusa.
—¿Y bien? —le preguntó mientras movía los dedos—. Imagino que levantarse con ese vestido será complicado, sobre todo porque pareces negarte a soltar el trozo de chocolate.
Tessa notó que se le calentaban las mejillas, pero deslizó los dedos con lentitud sobre la palma que el legado le tendía. Él se los rodeó con la mano y tiró de ella para ponerla de pie. Cuando Tessa fue a retirar la mano, él se la agarró con más fuerza.
—¿Qué haces tú sola aquí fuera, lejos del resto de los fae? —preguntó con la voz teñida de una calma e inocuidad engañosas. No era tan hipnotizante como el don de coacción que poseían los legados, pero tampoco le faltaba mucho.
Sabía que no debería estar allí fuera. Dex iba a pillarse un cabreo monumental. No tanto por el hecho de que se hubiera alejado, sino porque lo hubiera hecho sin antes decírselo para que pudiera acompañarla.
—Estaba…
—Te sugiero que no me mientas —dijo el legado con frialdad.
—No pensaba mentirle —replicó y él alzó las cejas ante sus modales.
Suspiró para sus adentros. Por eso Dex nunca la dejaba escabullirse sola. Se le daba de maravilla pasar desapercibida y colarse en sitios en los que no debía estar, pero también era bastante impulsiva a veces.
Bueno, vale, la mayor parte del tiempo.
—Solo buscaba un sitio en el que poder comerme esto sin tener que compartir —dijo mientras le sacudía el pedazo de chocolate en la cara. La otra mano todavía era presa de la suya.
Él se quedó mirándola como si no tuviera ni idea de qué responder a eso.
—Y por eso estaba escondida en un recoveco —añadió y empezó a removerse, inquieta, cuando siguió sin decir nada.
Odiaba los espacios cerrados. El recoveco no había sido su primera opción, pero ya se sabe lo que dicen de las situaciones desesperadas—.
Pero ya me voy… eh… ¿de vuelta al gran salón?
—dijo mientras intentaba liberarse de su agarre, pero él la apretó aún más fuerte.
—Sería lo más sensato —concedió.
—Vale, genial, pues voy a necesitar que me suelte la mano.
Pero, en lugar de soltársela, se acercó a ella y la acorraló aún más contra el recoveco.
—¿Eres una de las fae preseleccionadas?
—¿Qué? —preguntó sin aliento.
Mal asunto. Malísimo. ¿En qué momento se le había ocurrido ir allí sin Dex ?
—Es la primera vez en un milenio que los herederos de los seis reinos seleccionan a una fuente al mismo tiempo —dijo el legado.
—Lo sé.
—Es una noche histórica.
—Lo sé —repitió Tessa .
—Todo el mundo anda con los nervios a flor de piel. Los lores y ladies están en vilo, y sus herederos, expectantes y ansiosos. A los fae se les permite unirse a los festejos y tú aquí fuera. —Alzó la otra mano y le arrebató el trozo de chocolate de entre los dedos—. Escondida, comiendo chocolate.
—¡Oye! —protestó e intentó recuperarlo, pero él lo levantó más para que no pudiera alcanzarlo. Que sí, que era más bajita de lo normal, pero él también era alto. Más alto que Dex y Brecken , y ellos superaban el metro ochenta.
—Y discutiendo con un legado —añadió, tajante.
Tessa se mordió la lengua. Tenía hambre y le acababa de quitar el que probablemente sería el único sustento que consumiría en las próximas cuatro horas. Él le dedicó una mirada engreída mientras dejaba el pedazo en una repisa que había sobre sus cabezas, cerca de los apliques.
Allí arriba acabaría derritiéndose sí o sí.
Soltó un suspiro y él observó su comportamiento infantil con el ceño fruncido.
—¿Eres una de las fae preseleccionadas?
—¿Qué? —Que volviera a preguntarle lo mismo hizo que contuviera el aliento. Si lo fuera, eso significaría que ya tenía amo y que no podría tocarla sin ofender a uno de los herederos y a sus padres.
Pero no lo era.
—No me hagas volver a preguntártelo —le advirtió con suavidad mientras se inclinaba y se enrollaba un rizo dorado suelto en el dedo—. No me gusta repetir las cosas.
—No —susurró y cerró los ojos, a la espera de lo que fuera a hacerle.
—¿Te molesta?
—No —dijo con sinceridad. Porque era la verdad.
Puede que le hubiera proporcionado cierta protección en ese preciso momento, pero nunca había codiciado el «honor» de que la seleccionaran para servir como fuente personal de uno de los miembros de las familias gobernantes en cualquiera de los seis reinos.
—¿No?
Negó con la cabeza y abrió los ojos, encontrándose con una mirada llena de curiosidad.
—¿En serio?
—Me ha dicho que no le mienta —escupió.
—Tienes razón —admitió y sus labios casi se curvaron en una sonrisa, pero no llegaron a hacerlo—. ¿Siempre se te da tan bien obedecer órdenes…? ¿Cómo te llamas?
— Tessalyn —respondió con amargura, consciente de que no podía negarle nada a un legado.
—¿Siempre se te da tan bien obedecer órdenes, Tessalyn ? —preguntó mientras se acercaba más a ella.
Notó cómo un músculo firme le rozaba el torso.
—No se crea.
—Otra verdad —dijo, y su dedo dejó libre el rizo, que le acarició la mandíbula. Se obligó a sí misma a quedarse quieta—. O eres más obediente de lo que te gustaría admitir o… —Dejó la oración en el aire mientras bajaba los dedos a su hombro desnudo y se los deslizaba por el brazo.
—¿O qué? —preguntó ella a regañadientes.
—O solo lo eres conmigo.
—Ninguna de las dos.
—Ah, ahora estás mintiendo —anunció, y sus labios, finalmente, esbozaron una sonrisita.
Ella frunció el ceño.
—En serio, debería volver. Seguro que la Selección está a punto de empezar.
—Probablemente.
—Y debería estar allí. Como usted. Para ver a su futuro lord o lady elegir a su fuente —añadió y se mordisqueó el labio inferior.
Él siguió el movimiento con los ojos.
—Deberíamos —concedió y un destello de diversión pareció atravesarle el rostro—. Estar allí, quiero decir.
—Entonces…
Durante un buen rato, el hombre no se movió hasta que, finalmente, se apartó de ella.
Podría haberse desmayado del alivio, pero la sorpresa que la embargaba era más abrumadora en ese momento.
Como fae, no tenía derecho a negarse ante un legado.
Los fae no podían negarle nada a un legado a menos que tuvieran amo y marca.
Podía decir que no, pero eso no significaba necesariamente que fueran a hacerle caso.
Se escabulló de él y se abalanzó hacia el pasillo desierto, sosteniéndose el vestido para no pisárselo. Sus tacones negros repiqueteaban contra el suelo de mármol en perfecto estado y se concentró en no volver a tropezarse.
—Un placer, Tessalyn —gritó él a su espalda.