Llévame a la tentación (La escritura impía nº 2) CAPÍTULO DIECINUEVE #3
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CAPÍTULO DIECINUEVE #3

Luke la miró durante un largo rato.

«Por eso cargué con la culpa», le diría a Nathan un año después, durante una tormenta, a la luz de las velas. «Porque tenía hijos. Porque lo quería. Porque pensé que, si cargaba con la culpa, al menos uno de los dos podría conservar su vida».

Pero aquella no era toda la verdad. Nunca le contaría a nadie toda la verdad. Ni siquiera a Nathan.

Toda la verdad era que miró la cara de Amy Lindgren y no pudo soportarlo.

—Sí —dijo—. Es verdad.

Amy hizo un ruido. Mitad sollozo, mitad otra cosa. Alivio. Era alivio. Se tapó la cara con las manos.

—Fui yo —dijo Luke. Su voz era muy firme.

No parecía su voz. Parecía la de alguien que lee un guion—.

Yo lo busqué. Sabía que estaba luchando con eso.

Me aproveché. Él intentó cortarlo y yo no le dejé.

Es culpa mía. Toda. —Miró al pastor Ellison—.

Trevor no hizo nada malo. Era débil y yo usé eso. Lo siento.

La sala quedó completamente en silencio.

Entonces el coronel del sofá soltó un largo suspiro por la nariz, como un hombre al que acabaran de dar la razón en algo.

Diane Ellison miró por la ventana.

Y el pastor Ellison se recostó en la silla, se quitó las gafas de leer, se pellizcó el puente de la nariz y cerró los ojos. Cuando los abrió, miró a Luke por encima del escritorio con una expresión que Luke no olvidaría jamás. No era enfado. No era asco.

Era decepción. Una decepción honda, cansada, sincera. La mirada de un hombre que había comprado un caballo porque pensaba que podía correr y acababa de verlo romperse una pata.

—Luke —dijo en voz baja—. Tenía tantas esperanzas puestas en ti.

—Lo sé, señor.

—Los chicos te querían.

—Lo sé.

—Cuatrocientos sesenta los miércoles por la noche. —El pastor negó despacio con la cabeza—. Cuatrocientos sesenta. Fuiste el mejor pastor de jóvenes que ha tenido esta iglesia.

Luke no dijo nada.

El pastor Ellison volvió a ponerse las gafas. Bajó la mirada hacia el bloc.

—Esta tarde llamaré al obispo Voss —dijo—.

Quedas relevado de tus funciones con efecto inmediato.

Entregarás las llaves a Carol al salir. No estarás en la reunión del miércoles.

No estarás en la Pascua. No tendrás contacto con ninguno de los jóvenes de esta iglesia, ni con sus familias, ni con ningún miembro del personal. —Hizo una pausa—. Trevor incluido.

—Sí, señor.

—El obispo se pondrá en contacto contigo para hablar de los próximos pasos. Puede que haya… opciones. Para la restauración. La Fellowship está muy comprometida con la restauración. —El pastor Ellison no parecía creérselo—. Pero no volverás a servir en Covenant Word.

—Sí, señor.

—Eso es todo.

Luke se puso en pie.

Miró a Amy una última vez. Ella seguía sentada, con la cara entre las manos. No levantó la vista.

Salió del despacho. Recorrió el pasillo.

Pasó junto al escritorio de Carol, donde se detuvo, se descolgó del cinturón el grueso manojo de llaves —el Loft, la sala de ensayos, su despacho, la furgoneta de los jóvenes— y lo dejó sobre el secante de Carol sin decir palabra.

Carol no lo miró. Bajó las escaleras. Cruzó el vestíbulo, pasó por delante de The Well, donde una barista a la que conocía desde hacía dos años espumaba leche al vapor; levantó la vista, le vio la cara y se quedó inmóvil, con la jarra en la mano.

Salió por las grandes puertas de cristal al sol de abril.

Las forsitias florecían amarillas junto a las puertas. El césped empezaba a reverdecer. Al otro lado del aparcamiento, la pasarela acristalada hacia el Loft centelleaba al sol, con sus letras en minúscula sobre la puerta.

Luke fue hasta su camioneta, subió, cerró la puerta y se quedó allí sentado, con las manos en el volante.

No lloró. No hizo nada. Simplemente se quedó allí sentado.

El móvil le vibró en el bolsillo. Lo sacó.

Era un mensaje. De un número que no reconocía. Un prefijo 515. Des Moines.

Soy Jen. La hermana de Trevor. Está conmigo. Me ha contado lo que les dijo. Me ha contado lo que dijiste tú. Está en el baño vomitando. No puede parar de llorar.

¿Por qué has hecho eso?

Luke lo miró durante un largo rato.

No contestó.

Dejó el móvil boca abajo en el asiento del copiloto, arrancó la camioneta y salió por última vez del aparcamiento de la iglesia Covenant Word, dejando atrás el césped y las forsitias y el cartel al borde de la carretera que decía «¡ÉL HA RESUCITADO!

CULTOS DE PASCUA: 7, 9 Y 11», y giró hacia Old Shakopee Road y no miró atrás.

Era Lunes Santo.

El jueves, la Última Cena. El viernes, la cruz. Las velas apagadas una a una, el libro cerrado de golpe en la oscuridad y el strepitus—el estruendo, el terremoto, el final.

Y el domingo, cuatro mil personas cantarían «Cristo, el Señor, resucitó» bajo la estructura de iluminación de la gira de Garth Brooks, y Trevor Lindgren se plantaría en el centro del escenario con su guitarra acústica y una camisa blanca, y los dirigiría.

Luke sabía que lo haría. Lo sabía igual que se sabe que el sol va a salir.

Estaría magnífico. Siempre lo estaba.