Llévame a la tentación (La escritura impía nº 2) CAPÍTULO DIECINUEVE
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CAPÍTULO DIECINUEVE

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Semana Santa

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La tarjeta de Navidad de Council Bluffs había llegado en diciembre, como todos los años.

Luke la había encontrado en su buzón, en el vestíbulo del edificio de cuatro viviendas, tres días antes de la fiesta de personal de los Lindgren, entre un montón de facturas, catálogos y un folleto de una pizzería.

Un sobre grueso de color crema, con una etiqueta de remitente en la que venía impreso un pequeño belén de dibujos.

La familia Brandt. Dentro, una tarjeta con una foto.

Caleb y Rachel y tres niños —un niño, una niña y un bebé— delante de una chimenea, los cinco con el mismo jerséi de cuadros rojos y verdes, los cinco sonriendo.

Caleb había engordado. Llevaba el pelo corto, pulcro, perfectamente igualado. Las gafas eran nuevas, sin montura, caras. Rodeaba con el brazo la cintura de Rachel. Sonreía a la cámara como sonríen los hombres en las fotos de archivo de familias felices que cuelgan en las consultas de los dentistas.

¡Feliz Navidad de parte de los Brandt! El pastor Caleb, Rachel, Josiah, Abigail y la pequeña Miriam. «Porque un niño nos ha nacido». Isaías 9:6.

Y en el reverso, a bolígrafo, con aquella letra pequeña y pulcra que Luke había visto llenar mil fichas:

Pensando en ti. Rezo siempre por ti. —C.

Solo eso. Igual que todos los años. Sin carita sonriente.

Luke se había quedado mucho rato en el vestíbulo del edificio de cuatro viviendas, mirándola. Mirando los jerséis a juego. Mirando aquella sonrisa que no llegaba ni de lejos a los ojos de Caleb.

Había reconocido aquella sonrisa. La había visto en una fiesta de Navidad en Eden Prairie. La había visto en todas las reuniones de personal durante un año. La había visto en el espejo.

Había guardado la tarjeta en el cajón del escritorio, con las demás. Ya eran cinco años. Cinco tarjetas, cinco fotos de familia con jerséis a juego, cinco rezo siempre por ti. Nunca había tirado ninguna. No sabía por qué.

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El Domingo de Ramos cayó el segundo fin de semana de abril.

La nieve por fin había desaparecido. Los lagos se habían deshelado.

El primer verde apenas empezaba a asomar en el césped de Old Shakopee Road, la forsitia florecía amarilla junto a las puertas de la iglesia y aquella mañana cuatro mil personas llegaron a Covenant Word, agitaron palmas y cantaron Hosanna bajo la estructura de luces de la gira de Garth Brooks.

Luke se quedó a un lado del escenario durante el segundo servicio y observó a Trevor dirigir la alabanza.

Estaba magnífico. Siempre lo estaba. En el centro del escenario, con una camisa blanca y la guitarra acústica, la banda detrás y, allá arriba, las tres pantallas gigantes con la letra.

Tocó una versión lenta y desnuda de A Ti, gloria, honor y loor que dejó en silencio a dos mil personas.

Se le quebró la voz en la última estrofa.

Cerró los ojos. La luz de la estructura le dio en la cara.

Luke lo miró y pensó: «Tengo que acabar con esto».

Llevaba pensándolo desde la cabaña, en marzo.

Tres semanas. Cada lunes, cada jueves, cada vez que sonaban los tres golpes en la puerta pasadas las once.

«Tengo que acabar con esto. Tengo que acabar con esto esta noche».

Y cada vez había abierto la puerta y allí estaba Trevor, con la cara gris, los ojos rojos y la gorra de béisbol, y Luke lo había dejado entrar.

Esta noche no.

Después del servicio de la tarde volvió a casa y se sentó en el sofá de su apartamento de Richfield, bajo el bordado de punto de cruz de su madre, con el teléfono en la mano.

Eran las nueve y cuarenta y cinco. Trevor no vendría un domingo —los domingos eran noche de familia; los Lindgren pedían pizza y veían una película con los niños—, así que no habría golpes en la puerta.

No habría ningún rostro gris en el pasillo. No habría nada a lo que decir que sí.

Lo haría por mensaje. Era cobarde. Sabía que era cobarde. Pero si lo hacía en persona, no lo haría nunca.

Lo escribió cuatro veces y las cuatro veces lo borró.

A la quinta, lo envió.

Ya no puedo seguir con esto. Lo siento. Me importas. Siempre me importarás. Pero no puedo seguir siendo tu secreto. No puedo seguir abriendo la puerta. Esto tiene que acabar. Lo siento.

Dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa de centro y se quedó allí sentado, con las manos entre las rodillas y el corazón desbocado.

El teléfono vibró once minutos después.

Le dio la vuelta.

TREVOR: Por favor, no lo hagas.

Después, antes de que Luke pudiera contestar:

TREVOR: Por favor. Sé que no te trato bien. Sé que no te merezco. Sé que soy un cobarde. Seré mejor. Te prometo que seré mejor.

TREVOR: Me quedaré a dormir. La próxima vez. Me quedaré hasta por la mañana. Le diré a Amy que estoy en un congreso de alabanza.

TREVOR: Por favor, no hagas esto.

TREVOR: Eres lo único real que hay en mi vida.

Luke se quedó mirando la pantalla.

Los mensajes seguían llegando. Uno tras otro, acumulándose en la pantalla de bloqueo.

Nunca había visto a Trevor escribir tantas palabras.

Trevor no mandaba mensajes. Trevor nunca dejaba nada por escrito.

Esa era otra de las reglas; una de las que nadie decía en voz alta.

Ni mensajes. Ni correos. Ni notas. Nada que nadie pudiera encontrar nunca.

En once meses, Trevor le había enviado quizá una docena de mensajes, y todos habían sido sobre la lista de canciones.

TREVOR: Pienso en ti cada segundo. Canto sobre ti en ese escenario. Cada canción. Cada domingo. Todas son para ti. ¿No lo sabías? Creía que lo sabías.

TREVOR: La canción. La que tarareé. En febrero. Se llama Lanterns. La escribí la semana después de la tormenta de Brainerd. Habla de ti. Habla de estar a oscuras y ver una luz, y tener demasiado miedo para caminar hacia ella. Nunca se la he tocado a nadie. Nunca lo haré. Es tuya.

TREVOR: Sé que nunca lo digo. Sé que nunca te miro. Sé que nunca digo tu nombre. No puedo. Si lo digo, nunca podré dejar de decirlo. Si te miro, nunca podré apartar la vista. ¿Lo entiendes? No me avergüenzo de ti. Me aterras. Me aterra lo que haría. Lo que perdería.

TREVOR: Luke.

Dejó de respirar.

Era la primera vez. En once meses. La primera vez que Trevor…

TREVOR: Luke. Luke. Luke. Luke.

TREVOR: Ahí está. Lo he dicho. Cuatro veces. Por favor, no te vayas.

TREVOR: Te quiero. Que Dios me ayude. Te quiero. Te quiero desde la sala de juntas.

TREVOR: Por favor, Luke.

Luke seguía sentado en el sofá, con el teléfono entre las manos y la pantalla desdibujándose ante sus ojos, incapaz de respirar.

Volvió a leerlos todos. Y otra vez. Leyó Luke. Luke. Luke. Luke. hasta que la palabra perdió todo significado y se quedó en meras formas en una pantalla. Leyó Te quiero hasta que le ardieron los ojos.

Debería haber estado feliz. Eso era lo que había querido. Durante once meses. Que alguien dijera su nombre. Que alguien dijera te quiero por escrito, negro sobre blanco, donde pudiera leerse, guardarse y conservarse.

No estaba feliz.

Estaba aterrado.

Porque Trevor había roto la regla. Trevor lo había puesto por escrito.

Trevor había escrito te quiero, Luke y canto sobre ti en ese escenario en un teléfono que compartía plan familiar con el de su mujer.

Que hacía copias de seguridad en una cuenta en la nube cuya contraseña tenía ella.

Que Trevor dejaba cada mañana sobre la encimera de la cocina mientras les preparaba la comida a los niños.

Luke sabía todo aquello. Trevor se lo había contado una vez, a oscuras, con la cabeza apoyada en el pecho de Luke. Por eso nunca te escribo. Amy puede verlo todo. Compartimos la cuenta. A veces lee mis mensajes. No por fisgonear. Simplemente lo hace. Dice que los casados no deberían tener secretos.

Bórralos, escribió Luke. Le temblaban las manos. Trevor. Bórralos. Ahora mismo. Todos. Por favor.

Una larga pausa. Aparecieron los tres puntos. Desaparecieron. Volvieron a aparecer.

TREVOR: Ya no me importa.

TREVOR: Que los vea.

TREVOR: Quizá quiero que los vea.

Luke lo llamó. Saltó directamente el buzón de voz. Volvió a llamar. Buzón de voz. Escribió BÓRRALOS en mayúsculas y lo vio quedarse ahí: entregado, sin leer.

A las 23:52 entró un mensaje más.

TREVOR: Iré el lunes. Después de las once. Hablaremos. Me quedaré hasta la mañana. Te lo prometo. Buenas noches, Luke.

Y después, nada.

Luke no durmió. Se pasó la noche tumbado en el sofá, con el teléfono sobre el pecho, mirando al techo y escuchando los golpes del radiador.

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Trevor no vino el lunes.

A las 7:14 de la mañana del lunes sonó el teléfono de Luke. Era la ayudante del pastor Ellison, una mujer eficiente y expeditiva llamada Carol que llevaba veinte años trabajando en Covenant Word y que, en todo el tiempo que Luke llevaba tratándola, nunca había sonado de otro modo que alegre.

No sonaba alegre.

—Pastor Halvorsen —dijo—. El pastor Ellison necesita verle en su despacho. A las nueve. Por favor, no llegue tarde.

—¿Va todo b…

—A las nueve. —Y colgó.

Luke se sentó en el borde de la cama con el teléfono en la mano.

Lo sabía. Igual que uno sabe cuándo va a romperse el hielo. No con la mente. Con el cuerpo. Todo de golpe.

Se levantó. Se duchó. Se afeitó. Se puso unos pantalones caqui, una camisa azul Oxford y sus mejores zapatos. Se miró largo rato en el espejo del baño.

Después condujo hasta la iglesia.

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No estaba solo el pastor Ellison.

En el despacho de la esquina de la última planta del edificio administrativo, con vistas al valle del río Minnesota y una fotografía firmada del quarterback de los Vikings, había seis personas.

El pastor Ellison, detrás de su escritorio.

Tres ancianos, trajeados, en el sofá de cuero contra la pared: hombres a los que Luke conocía de los domingos por la mañana, un dentista, un agente de seguros y un coronel retirado de las Fuerzas Aéreas.

Diane Ellison, sentada junto a la ventana, con las manos entrelazadas sobre el regazo y el rostro pálido y rígido.

Y Amy Lindgren.