Capítulo cinco
Una hora después, Jesse entró en el dormitorio con la esperanza de que Eli estuviera dormido para poder acomodarse y pasar la noche sin incidentes, pero lo encontró sentado en la cama, con la cabeza entre las manos.
Al oírla entrar, levantó la vista; una expresión desolada se extendió por su rostro mientras se levantaba y caminaba hacia ella para intentar hacer las paces.
Jesse iba de un lado a otro, fingiendo buscar algo desesperadamente e ignorándolo mientras él trataba de rodearla con los brazos.
—Siento haber reaccionado así —dijo Eli, mirándola fijamente a la cara después de conseguir detenerla al posar ambas manos con firmeza sobre sus hombros.
—Yo también lo siento. No debería haberte hablado de la forma en que lo hice —dijo Jesse tras vacilar un segundo.
—¿Eso significa que me has perdonado? —preguntó, mirándola profundamente a los ojos.
—Sí. Claro. Ya me he olvidado de ello —mintió Jesse, retirando despacio sus manos para poder continuar con su rutina nocturna—. Tengo que prepararme para dormir.
—Vale, cariño —respondió Eli, dirigiéndose a la cama mientras Jesse se quitaba la ropa y la iba dejando tirada por el suelo de camino al baño.
A pesar de sus diferencias, Eli aún sentía algo por ella.
El resentimiento que le guardaba procedía, en su mayor parte, de los problemas entre ambos.
Para él, si aquellos problemas desaparecían, todavía podrían tener una oportunidad.
El corazón le latía más deprisa mientras pulsaba el mando a distancia hasta encontrar algo apropiado para el ambiente, mientras esperaba a que regresara.
Unos minutos después, ella entró en la habitación con una toalla alrededor del pecho y otra colocada sobre el pelo a modo de turbante.
Algunos tirabuzones se habían escapado y dejaban caer lentamente gotas de agua por su hombro, que desaparecían en su escote.
Eli la contempló con deseo mientras se ponía un camisón rojo de seda con aberturas de encaje y una bata a juego, antes de detenerse ante el tocador para aplicarse crema en las manos y las piernas.
—¿Necesitas que te ayude con la espalda? —preguntó, con la garganta constreñida.
—No, gracias. Estoy bien —murmuró Jesse.
—Hace siglos que no te veía ponerte eso —bromeó Eli, dejando el mando a distancia en la mesilla mientras ella se acercaba a la cama. Se aclaró la garganta y se inclinó hacia ella después de que se deslizara bajo las sábanas—. ¿Dónde has estado escondiendo esto? —le susurró al oído, seductor.
—¿El qué? —preguntó ella, mirándolo de reojo.
—Ese conjunto rojo.
—Bueno… Todos mis pijamas están sucios y no encontraba nada más que ponerme —respondió Jesse. Intentaba parecer indiferente, pero acabó sonando sensual.
—Esperaba que te lo hubieras puesto por mí —bromeó Eli, alargando las palabras.
—Ni de broma —replicó Jesse.
Su rostro se arrugó en una sonrisa. —¿Ni un poquito?
—¿Qué quieres oír? —dijo ella, acariciándole suavemente un lado de la cara. El tono suplicante de él solo podía significar una cosa, y ya no podía seguir ignorando sus propias necesidades. Su pelea casi había echado a perder sus planes, pero el camisón rojo los había vuelto a encauzar.
—Ven conmigo —dijo Eli, atrayéndola hacia sí.
Ella se acurrucó contra él y lo miró a los ojos, que se habían vuelto un tono más oscuros que su habitual color marrón. Posando una mano sobre su cintura, Eli la tumbó boca arriba con un movimiento rápido, deslizándole hábilmente la ropa por los hombros y apartándosela de las caderas.
—Despacio, Eli —ronroneó Jesse.
—¿Sabes cuánto tiempo llevo esperando esto? —respondió, recorriendo sus curvas con las manos.
Durante un instante, ella se resistió. Entonces, sin previo aviso, le clavó las rodillas en el pecho y lo lanzó de espaldas sobre la cama antes de subirse encima de él como un helado que se derrite.
Eli jadeó cuando ella le plantó un beso largo en los labios.
Le encantaba que ella tomara las riendas en el dormitorio, aunque no tanto en las demás habitaciones.
Hambrientos de intimidad, se entregaron el uno al otro como animales salvajes hasta que ella se desplomó en sus brazos.
Mientras duró su pasión, viajaron a un mundo distinto, enteramente suyo, libre de los problemas que sacudían su vida matrimonial.
Hacer el amor era a la vez una expresión del dolor que representaba la lucha de poder que había caracterizado su relación desde el principio y el triunfo resultante de un fascinante encuentro de sus mentes.
—Ha sido increíble —dijo Eli alegremente mientras observaba a Jesse desenredarse el pelo, después de que ella se apartara de él y adoptara su posición en la cama.
—Hace mucho que no te oigo decir eso. Al menos, no a mí —se quejó Jesse—. Y ahora te vas. ¿Cuánto tiempo estarás fuera?
—Tres meses.
—¿Tres meses enteros? —dijo ella, con tono angustiado.
—¡Sí! Lo siento, debería haberlo hablado contigo antes de comprometerme —mintió. Estaba enfadado con ella por haber estropeado el ambiente.
—Sí, deberías haberlo hecho, aunque dudo que eso hubiera cambiado nada. ¿Cuándo te vas?
—Dentro de dos días —dijo, rascándose la cabeza.
—¿Dos días? —gritó ella—. Vamos, Eli. No puedes irte durante tres meses dentro de dos días.
Aquel era el patrón de su relación. Un día eran amigos y, al siguiente, se estaban despedazando. Resultaba desconcertante lo explosivo que era su vínculo.
Eli ya podía percibir que algo se estaba gestando, así que pensó con cuidado qué quería decir a continuación para evitar otra pelea enorme a solo unos días de su viaje.
—Intenté decírtelo cuando llamé a tu oficina, pero nunca me diste ocasión de hablar. Esperé a que me devolvieras la llamada y, como no tuve noticias tuyas, seguí adelante y firmé el contrato.
—¿Había un contrato? —Abrió mucho los ojos.
—Sí. Tenía que firmar uno.
—¿Y dónde está? ¿Puedo verlo? —exigió Jesse, saltando de la cama y echándose la bata por encima—. ¿Dónde está tu copia?
—¿Para qué necesito una copia? —preguntó Eli, sacudiendo la cabeza con desprecio—. No tengo ninguna. La entregué a la empresa.
—¿Que para qué necesitas una copia? —repitió Jesse, mirándolo incrédula—. Para empezar, ¿cómo puedes firmar un contrato sin que lo revise un abogado o cualquier otra persona? Además, sin tu propia copia, ¿cómo puedes demostrar lo que firmaste? ¡Estás loco!
—¡Basta! Deja de insultarme —advirtió Eli.
—Haces esto todo el tiempo —continuó Jesse, ignorando su advertencia—. Tomas decisiones de locos y esperas que no dé mi opinión. ¡Es una locura!
—¡He dicho que basta! —Eli gritaba ahora con todas sus fuerzas. Mientras Jesse lo observaba, cogió una almohada y salió de la habitación para pasar la noche en el sofá, como había hecho tantas veces durante su matrimonio.
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A solas con sus pensamientos, Eli meditó sobre la posibilidad de no volver jamás con Jesse y sonrió. —Bien merecido lo tiene —murmuró para sí.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que no le había dicho adónde iba, pero decidió hacerlo antes de que ella se fuera al trabajo al día siguiente, con la esperanza de que aquello asestara el golpe adecuado.
Se encontraba en una situación inusual. Nunca había sido una criatura de costumbres, de las que se aferran a lo conocido y predecible.
Pero su siguiente plan de acción estaba a otro nivel.
Mientras yacía en el sofá, con el suave resplandor de la farola moribunda proyectando una cálida atmósfera, su mente se consumía con un pensamiento familiar: qué aspecto acabaría teniendo su conexión con la Concursante 102.
¿Compartiría sus intereses, sus sueños o quizá incluso sus miedos?
Se preguntó si sus mundos chocarían en una hermosa armonía o se enfrentarían como notas discordantes en una sinfonía.
El anonimato de los números le daba libertad para imaginar una conexión más allá de las limitaciones de las normas sociales.
Antes de quedarse dormido, Eli se preguntó qué se sentiría al estar con la 102, cómo olería y qué sabor tendría.
Cuanto más pensaba en ella, más deprisa le latía el corazón y, con cada latido, crecía su impaciencia; pronto empezó a contar las horas que faltaban para poder tener a la 102 allí con él.