EPÍLOGO
DAKOTA
—Es la tercera vez esta semana que Cruz hace arroz con pollo —dice Dante, deslizando los dedos por mi pelo. Tengo la cabeza en su regazo, los pies en el de Eli, y no pienso moverme hasta que me pongan comida directamente delante de la cara.
—El bebé quiere lo que el bebé quiere —respondo.
—El bebé tiene el tamaño de un pimiento. Eres tú la que nos está arruinando la despensa, ángel.
Brady está tumbado en el suelo junto al sofá, con una mano apoyada en la curva de mi vientre. Dieciocho semanas. Demasiado pronto para patadas, pero mantiene la palma ahí de todos modos, paciente como quien espera una llamada que sabe que llegará.
—Repite eso y te haré volver a por más zumo de naranja.
—Lo haría.
Echa la cabeza hacia atrás para mirarme, al revés, con esos ojos azules llenos de ternura.
—Sabes que lo haría.
Lo haría. Se desvía veinte minutos dos veces por semana para conseguir la única marca que no me revuelve el estómago, y nunca se ha quejado.
Ninguno de ellos lo ha hecho. Ni por las salidas a por pepinillos a las dos de la madrugada, ni por mis llantos con los anuncios de perros, ni por la semana en que no pude soportar el olor del café y lo desterré de la casa.
Eli, un hombre para quien el café solo es prácticamente un grupo alimenticio, se bebió el café frío en su camioneta aparcada en la entrada durante siete días y no dijo ni una palabra.
Nuestra casa. Cinco dormitorios, un jardín vallado, una cocina tan grande que cuatro hombres corpulentos pueden cocinar sin darse codazos.
Un dormitorio principal enorme con una cama familiar donde cabemos los cinco sin problemas.
Firmamos los papeles hace catorce meses, los cinco nombres en la escritura, porque Dante encontró un abogado especializado en este tipo de familias y Eli leyó cada línea de cada documento dos veces.
El pulgar de Eli traza círculos lentos en mi tobillo. Tiene un libro sobre el embarazo abierto en el reposabrazos, las gafas de lectura caídas en la nariz y un rotulador fluorescente detrás de la oreja, como si estuviera analizando vídeos de combate.
—Aquí dice que el bebé ya puede oírnos —dice Eli—. Reconoce las voces.
—Entonces el bebé ya sabe que Cruz nunca se calla —dice Dante.
—¡Te he oído!
La voz de Cruz retumba desde la cocina, seguida de su risa.
—El bebé adora mi voz. La primera patada será para mí, ya lo veréis.
—No puedes reservarte la primera patada —dice Brady.
—Pues acabo de hacerlo —responde.
El embarazo no fue planeado. No exactamente.
Llevábamos un año dándole vueltas a la idea, con conversaciones cautelosas que empezaron siendo hipotéticas y fueron dejando de serlo.
Luego se me retrasó la regla, la prueba dio positivo, y me senté en el suelo del baño a llorar mientras cuatro hombres se apiñaban en un marco de puerta hecho para uno solo, con caras que iban del terror absoluto a la felicidad más radiante.
No sabemos de quién es el bebé. Decidimos no averiguarlo, en una conversación que duró hasta las tres de la madrugada, los cinco enredados en la cama que ocupa casi todo el dormitorio principal.
—Cuatro padres —había dicho Dante esa noche—. La genética es solo papeleo.
Cruz aparece ahora en la puerta, con un paño de cocina sobre el hombro y harina en el antebrazo por razones que prefiero no investigar.
—El almuerzo está listo. El bebé necesita comer.
—¿El bebé o yo? —pregunto.
—Viene a ser lo mismo, cariño. Venga.
Levantarme del sofá es toda una producción.
Eli me ayuda a incorporarme. Dante me sujeta el codo cuando me pongo de pie.
Brady se levanta de un salto y camina a mi lado hasta la cocina como si fuera a caerme en mitad del pasillo.
Ni siquiera estoy tan grande todavía. Aún podría tumbar a cualquiera de ellos en la lona, y lo saben, pero revolotean de todos modos.
A veces me dan ganas de gritar.
Pero casi siempre me llena el pecho de una calidez que duele, pero de la buena.
Cruz me llena el plato antes de que pueda coger la cuchara de servir, y no protesto porque el arroz huele a gloria y hace tiempo que dejé el orgullo a un lado.
—Victor ha llamado esta mañana —dice Eli—. Quiere saber si has pensado en la oferta de entrenadora.
Me muerdo el labio.
—He pensado en ello.
—¿Y?
Mastico, tomándome mi tiempo. Han pasado seis meses desde que colgué los guantes, y la pregunta todavía me toca en un punto sensible.
Retirarme fue más fácil de lo que esperaba y más difícil de lo que dejé ver.
El fuego que me impulsó durante doce peleas amateur y una carrera profesional no se apagó.
Cambió de forma. Se transformó en algo que quiere construir en lugar de destruir.
—Dile que sí —digo—. Después del bebé. Un programa femenino, como hablamos. Para chicas que aparecen con nada más que una bolsa de deporte y una historia difícil.
Dante se acerca y me aprieta la mano.
—Se va a volver loco —dice Cruz—. Lleva un año intentando ficharte.
—Lleva intentando ficharme desde el día que entré y te tumbé delante de todos —respondo.
Cruz se yergue.
—No me tumbaste.
Entrecierro los ojos.
—Te tumbé dos veces.
—Estaba resbaladizo.
—Era una lona seca y un derribo de piernas limpio, y Eli lo vio todo.
Eli no levanta la vista del plato.
—Te tumbó dos veces.
Cruz nos señala a cada uno con el tenedor.
—Esta casa es territorio hostil.
Brady se ríe contra su vaso de agua, y Dante tiene los ojos cerrados como hace siempre que quiere grabar un momento en la memoria. Me quedo ahí sentada con la mano en el vientre y dejo que todo me envuelva. Las bromas. La absoluta normalidad de cinco personas almorzando un sábado.
Hace dos años huí de una vida que no merecía ser vivida. Pensé que la seguridad era lo máximo a lo que una mujer como yo podía aspirar. Cuatro paredes que Gerald no pudiera atravesar y una jaula donde la violencia tuviera reglas.
Estaba tan equivocada sobre lo que merecía.
Después del almuerzo pasamos a la sala, como todos los sábados; cada cuerpo encuentra su sitio sin necesidad de hablar. Acabo en el regazo de Cruz con Eli a mi lado. Brady se adueña de mi muslo como almohada. Dante se estira con los pies sobre las piernas de Eli, y Eli se lo permite.
La televisión está puesta con el volumen bajo.
Alguien ha vuelto a poner la entrevista, la de hace seis meses, y nadie se mueve para cambiarla.
Ahí estamos en la pantalla, los cinco en un sofá que no es este, con ropa que eligió Theo porque insistió en que no podíamos salir en televisión nacional como si nos vistiéramos del cubo de objetos perdidos del gimnasio.
Salir del armario fue idea de Dante, con la bendición de Victor, producción de Theo.
Una periodista deportiva que había seguido la historia de Victor desde el principio, una narrativa controlada, las cuestiones éticas bien claras: yo me había retirado, Eli entrenaba a luchadores ajenos a la relación, los chicos entrenaban con otro personal.
Sin conflictos de interés. Sin infracciones.
Solo cinco personas que se amaban y estaban hartas de esconderlo.
En la pantalla, la periodista le hace a Brady la pregunta que hizo viral el clip.
¿Qué le dirías a tu familia, si están viendo?
Y Brady, mi Brady, que pasó años creyendo que su propio corazón era pecado, mira directamente a la cámara y dice: —Diría que encontré lo que siempre me dijeron que debía ser una familia. Solo tuve que marcharme para encontrarla.
El Brady de verdad levanta la cabeza de mi muslo.
—Todavía no puedo ver esa parte.
—Yo sí —dice Cruz—. La veo cada semana. Lloro cada semana. Ya es un ritual.
Brady carraspea.
—Lloraste en la ecografía.
—Todos lloraron en la ecografía —responde Cruz.
—Eli fue el que más lloró —dice Dante.
—Eli no piensa hablar de eso —dice Eli, y me atrae hacia él.
Siento su sonrisa contra mi pelo.
La respuesta a la entrevista no fue un camino de rosas.
Nunca lo es. Pero el odio quedó sepultado bajo algo que ninguno de nosotros vio venir: cartas, correos electrónicos, gente que nos paraba en el supermercado.
Un chico en el gimnasio que le dijo a Cruz, con la voz temblorosa, que les había enseñado el artículo a sus padres porque él no encontraba las palabras y nosotros sí.
Oath es algo más grande que un gimnasio ahora.
La lista de espera dura meses, y desde la entrevista, la rivalidad con Ironside se ha complicado de formas que no tienen nada que ver con carteleras de peleas.
A Micah lo siguen emparejando contra su estrella, Zane Butler, y los dos se rondan en los pesajes como si el odio fuera un idioma que solo ellos hablan.
Cruz tiene cincuenta dólares apostados a que es otra cosa muy distinta.
Jonah lleva tres noches a la semana revisando vídeos con uno de sus entrenadores, algo que nadie se cree pero nadie menciona.
Hasta la asistente de Theo, Sloane, tiene dos luchadores: uno nuestro, otro de ellos, que le lleva el café como si fuera un cinturón de campeón.
Y Remy, Kai y Finn han pasado de mentor y alumnos a algo que los tres aún no han nombrado, tan callados y firmes juntos que se me hace un nudo en la garganta al verlos.
Lucha por quien eres. Lucha por quien amas. Está pintado sobre la jaula principal, y antes era un lema. Ahora es solo una descripción.
—El aniversario de Victor y Theo es el mes que viene —dice Dante—. El primero. Theo quiere montar algo en Eclipse.
—Theo siempre quiere montar algo en Eclipse.
La boda fue noticia nacional la primavera pasada.
Nos sentamos en primera fila, los cinco, y le cogí la mano a Eli mientras dos hombres que nos habían abierto camino se prometían amor eterno.
Victor lloró. Victor, que podría levantar un coche a pulso, se plantó allí delante de Dios y las cámaras y lloró como un crío, y Theo le secó la cara con un pañuelo de bolsillo sin soltarlo ni un momento.
—Vamos a ir —digo—. Obviamente vamos a ir.
—Obviamente —dicen cuatro voces a la vez, y Brady resopla al oírlos.