Llena (Juramento MMA nº 1) DAKOTA #3
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DAKOTA #3

Cuando emerjo, la habitación ha cambiado de temperatura. Cuerpos que se mueven, respiraciones que se aceleran, la excitación renaciendo del agotamiento, imposible e inevitable.

—Tengo una idea —la voz de Cruz, ronca y grave junto a mi oído—. La cadena. Los cinco. Una línea, todos conectados.

—Estás loco —dice Brady, pero no hay rechazo en ello.

—Me amas.

—Dios me ayude.

—El suelo —dice Dante, ya moviendo cojines—. Más espacio.

Se recuesta en la alfombra y me tiende la mano, y trepo sobre él con las piernas temblorosas y me hundo en su polla con un gemido. Tengo el coño sensible, hinchado, y no importa, mi cuerpo lo recibe como si él estuviera volviendo a casa.

—Ahí está —las manos de Dante enmarcan mis caderas—. Todavía tan mojada. Todavía llena de nosotros.

—Va a estar más llena —Cruz se arrodilla detrás de Dante, le levanta las caderas, se alinea—. ¿Listo, D?

—Hazlo.

Siento el momento exacto en que Cruz penetra el culo de Dante, porque la polla de Dante se sacude dentro de mí y se le arquea la espalda, hundiéndose más profundo, y su gemido me vibra hasta los huesos.

—Ya somos dos —anuncia Cruz—. Brady, ven a ocupar tu puesto.

Brady se arrodilla detrás de Cruz. La preparación es rápida y cuando Brady entra en Cruz, la ondulación viaja por la línea. Cruz embiste más fuerte a Dante. Dante se impulsa hacia arriba dentro de mí. Jadeo y bajo las caderas y toda la cadena se estremece.

—Joder —jadea Brady—. Joder, lo siento. Me muevo y todos se mueven.

—Esa es la magia, chaval —la voz de Cruz se ha vuelto ronca—. Eli. Completa la línea. Ven a follarte a tu familia.

Eli ocupa su puesto al final, y cuando entra en Brady, los cinco gemimos a la vez, un solo sonido de cinco gargantas.

Durante un latido nos quedamos quietos. Cinco personas conectadas en una línea ininterrumpida, el placer recorriéndonos como una corriente eléctrica, y bajo la mirada hacia Dante y tiene los ojos húmedos.

—Muévete —susurro.

Eli se mueve.

La embestida viaja por toda la cadena. Eli dentro de Brady, Brady dentro de Cruz, Cruz dentro de Dante, Dante hacia arriba dentro de mí.

Una ola de movimiento que llega como una penetración profunda y devastadora, arrancándome un grito.

Luego otra vez. Y otra, y lo encontramos, el ritmo, cinco cuerpos aprendiendo a moverse como uno solo.

—Míranos —jadea Cruz—. Mira esto. El retrato familiar más guarro de la puta historia.

—Cállate y fóllame —gruñe Dante.

—Las dos cosas. Puedo hacer las dos. Soy multitarea.

Brady se ríe, sin aliento y roto, y la risa se convierte en gemido cuando Eli acelera el ritmo, y entonces ya nadie ríe, el ritmo creciendo, más fuerte, más rápido, piel contra piel, los sonidos obscenos a la luz de las velas.

Cada embestida me alcanza al final de la línea amplificada por la fuerza de tres hombres, la polla de Dante hundiéndose con un poder que no es solo suyo, y apoyo las manos en su pecho y lo recibo, los recibo a todos, todo su deseo canalizado en una sola conexión dentro de mí.

—Estoy cerca —advierto—. Es demasiado, ¡voy a correrme!

—No te contengas —ordena Eli desde el final de la cadena, con la voz hecha jirones—. Déjate ir. Arrástranos a todos contigo.

El orgasmo me atraviesa y me contraigo con fuerza alrededor de Dante y lo oigo maldecir, lo siento quebrarse, corriéndose dentro de mí con un grito, y su liberación hace que se apriete sobre Cruz, y Cruz suelta un juramento capaz de despertar a los vecinos y lo sigue, y el ritmo de Brady se hace añicos y se derrama dentro de Cruz con un sonido entre sollozo y plegaria, y Eli se corre el último, fichas de dominó cayendo en reversa, cinco orgasmos en cascada por la cadena hasta que toda la estructura colapsa en un amasijo de extremidades enredadas y temblorosas sobre la alfombra de Dante.

Nadie se mueve durante mucho tiempo.

Las velas se consumen y mueren, una por una, hasta que la habitación solo contiene oscuridad y respiración. Un corazón late bajo mi oído. Una mano descansa en mi pelo. No sabría decir de quién y no importa. Todos son míos. Soy toda de ellos.

Eli rompe el silencio, con la voz queda y ronca de algo más que agotamiento.

—Nunca supe que podía ser así. Nada de esto. Pasé cuarenta años pensando que el amor era un lastre. Una puerta que cerrabas con llave.

Exhala despacio.

—Nunca supe que el hogar podían ser cuatro latidos en lugar de un lugar.

Cruz gruñe su conformidad contra mi espalda, sin palabras, cálido. Brady emite un sonido que podría ser un sollozo o una risa o las dos cosas a la vez. La mano de Dante encuentra la mía en la oscuridad y la aprieta.

Pienso en la chica que corrió a un gimnasio que nunca había visto, huyendo de un monstruo. Pensaba que la supervivencia era el techo, lo máximo que la vida podría ofrecerle.

No tenía ni idea.

El juicio de Gerald se acerca. El chantajista sigue ahí fuera. El mundo no construye casas para familias como la nuestra, así que construiremos la nuestra propia: cinco habitaciones, un patio vallado y una placa en una puerta que diga lo que Cruz quiera.

Venga lo que venga, vendrá para los cinco.

Que venga.