Llena (Juramento MMA nº 1) BRADY #2
65%

BRADY #2

El árbitro nos revisa a ambos, da sus instrucciones, nos lleva al centro. Henderson vuelve a intentar la mirada muerta. De cerca puedo ver el sudor que ya le perla el labio superior.

Chocamos los puños.

Suena la campana.

Mi jab lo encuentra en los primeros diez segundos.

Solo para medir la distancia, pero le echa la cabeza hacia atrás.

Avanza tal como dijo el Entrenador, cargando el peso en la pierna adelantada, la derecha amartillada como si llevara un hacha.

Me deslizo hacia fuera, le toco el cuerpo, cambio de ángulo antes de que llegue el contraataque.

Otra vez. Jab, jab, pivote.

El ritmo va creciendo y es mío, todo mío, y hay una pureza en esto que nunca podría explicar a nadie que no lo haya vivido.

No hay vergüenza en la jaula. No hay confusión.

No hay un niño de trece años que aprende que querer cosas te hace recibir palizas.

Solo distancia y timing y un objetivo frente a mí que mi cuerpo sabe cómo resolver.

Henderson me coloca un derechazo de refilón en la cabeza en el último minuto del asalto, y la multitud jadea. Le sonrío a través del protector bucal porque ese golpe me ha dicho todo lo que necesito saber sobre su pegada, y no es suficiente, no para ganar.

Suena la bocina. Camino a mi esquina y me siento.

Eli se agacha frente a mí, esponja y agua.

—Perfecto. Nada cambia. Ya está respirando por la boca. Ten paciencia, déjalo ahogarse, coge lo que te dé.

—Le está bajando la derecha —digo.

—Lo vi. En el segundo asalto bajará más.

Sus dedos me presionan el pómulo, comprobando dónde rozó el golpe, y por una fracción de segundo su pulgar descansa quieto contra mi cara. Luego retiran el taburete y suena la campana.

Henderson sale desesperado, y la desesperación en un fajador solo se ve de una manera: presión hacia delante, golpes sueltos con todo, barbilla alta.

Lo hago fallar y lo hago pagar. Combinaciones de tres golpes lo destrozan en noventa segundos; le sangra la boca, y su esquina le grita instrucciones que está demasiado cansado para seguir.

A los dos minutos, lo hace.

Se lanza. Un derribo nacido del pánico, telegrafiado desde un kilómetro de distancia, su cambio de nivel tan lento que me daría tiempo a escribir una carta.

Hago sprawl con fuerza, pecho pesado sobre sus hombros, caderas hacia atrás, y sus brazos se cierran alrededor de nada útil.

Intenta ajustar el agarre, sube a una rodilla, me ofrece la espalda por medio segundo mientras forcejea...

Ahí está.

La apertura que Cruz practicó conmigo hasta que dejó de ser una técnica y se convirtió en instinto.

Le tomo la espalda en un solo movimiento, ganchos dentro antes de que sepa que me he movido, mi brazo se desliza bajo su barbilla como si hubiera sido medido para ese espacio.

Sus manos suben demasiado tarde. Mi agarre ya está cerrado: antebrazo cruzado en la garganta, palma contra mi propio bíceps, la otra mano detrás de su cabeza.

Aprieto.

Intenta girar hacia mí, y ajusto el ángulo exactamente como Cruz me enseñó, lo monto hacia abajo, todo mi cuerpo convertido en un constrictor con una sola misión. Siento el momento en que su defensa se convierte en pánico, sus dedos que arañan mi antebrazo sin plan, solo miedo.

Tres palmadas contra mi brazo. Rápidas, frenéticas.

Palmea.

El árbitro se lanza y me despega y el ruido llega de golpe: tres mil personas que estallan, y estoy de pie con los brazos en alto y los pulmones en llamas. Estrangulamiento por la espalda, segundo asalto. Limpio. Perfecto.

Eli atraviesa la puerta de la jaula antes del anuncio, me toma el rostro entre las manos, me gira la cabeza a izquierda y derecha, examina el punto donde me rozó el golpe de Henderson, y es profesional, completamente profesional, salvo que sus ojos brillan y tiene la mandíbula tensa con todo lo que no puede decir.

Cruz me abraza por detrás y me levanta en vilo, soltando un rugido, y por un momento somos solo tres hombres en una burbuja mientras el locutor hace el anuncio oficial.

—El ganador, por sumisión...

Encuentro a Dakota entre la multitud. No puedo evitarlo.

Está de pie, con las dos manos tapándose la boca, e incluso desde aquí veo que está llorando.

Lágrimas de felicidad le corren por el rostro mientras Jonah le da palmadas en la espalda, y todo mi ser quiere saltar la valla e ir hacia ella, pasarla por encima de la barricada, besarla delante de todas las cámaras del edificio.

Aparto la mirada antes de que alguien pueda seguirla. Me cuesta más que toda la pelea.

Entre bastidores hay una maquinaria que me procesa.

Revisión médica: pupilas, manos, el roce en la sien que ni siquiera necesita hielo.

Fotos con el personal de la promotora, el puño en alto junto a un cartel.

Una entrevista de treinta segundos donde digo que Henderson es un guerrero y que estoy agradecido por la oportunidad y quiero dar las gracias a mis entrenadores y a mi equipo, y lo digo todo más en serio de lo que el entrevistador podría imaginar.

Luego el vestuario, la puerta que se cierra, solo Eli, Cruz y yo, y por fin exhalo.

—De manual —dice Eli—. Eso fue de manual. La paciencia en el primer asalto, el sprawl, la transición...

—El estrangulamiento —Cruz sonríe tanto que parece que se le va a partir la cara—. Ese fue mi estrangulamiento. ¿Viste el ajuste del ángulo? Ese es mi chico.

La puerta se abre y se cierra.

Me giro y Dakota está de algún modo dentro de la habitación, con la acreditación colgada del cuello, y Dante se cuela detrás de ella.

El cerrojo hace clic, y entonces hay manos por todas partes.

Dakota llega primero hasta mí, me echa los brazos al cuello, ríe y llora al mismo tiempo, me besa la mejilla, la mandíbula, la boca.

—Has estado increíble. Has estado tan... Dios, Brady...

La mano de Cruz me baja por la espalda. La palma de Dante se cierra sobre mi nuca, cálida y firme, con la boca pegada a mi oído.

—Vi cada segundo. Cada segundo.

Eli solo me mira. No dice nada. Y esa mirada me hace más daño que todas las manos juntas.

La adrenalina todavía me inunda el cuerpo sin tener adónde ir, y mi cuerpo decide, unilateralmente, dónde quiere canalizarla.

El aliento de Dakota me roza el cuello. La mano de Cruz baja más.

El pecho de Dante me presiona la espalda y la pequeña habitación se encoge hasta desaparecer y los deseo, a todos, ahora mismo, en este banco, contra estos casilleros, y me da igual...

—No podemos —la voz de Eli, serena y tensa—. Aquí no.

Las palabras son como un vaso de agua helada en la cara. La gente sabe que estamos aquí. Oficiales en el pasillo, otros luchadores, los medios. Cuatro compañeros de equipo encerrados en un vestuario con el ganador durante diez minutos da que hablar. Veinte minutos es un escándalo.

Nos separamos a trozos. Dakota retrocede y se limpia debajo de los ojos, se arregla el rímel con el pulgar.

Cruz me endereza la camiseta con dos tirones, la mandíbula tensa, las manos demorándose medio segundo de más.

Dante pone un metro de distancia profesional entre nosotros que bien podría ser un abismo.

—Mi casa —me oigo decir—. Todos. Ahora.

Eli abre la puerta.

—Escalonados. Cinco minutos de diferencia.

Salen a intervalos, y cada uno que se va se lleva un pedazo de mí.

Mi apartamento es un modesto dos dormitorios cerca del gimnasio, nada especial, pero esta noche es el único territorio soberano del mundo.

Cuatro coches llegan con minutos de diferencia porque ninguno tuvo paciencia para escalonarse de verdad, y apenas he cruzado mi propia puerta cuando los demás entran detrás de mí.

El autocontrol del vestuario se hace añicos.

La boca de Dakota está en la mía antes de que el cerrojo haga clic, Cruz me saca la camiseta por la cabeza, las manos de alguien me desabrochen el cinturón, y no pasamos de la entrada antes de que la mitad de la ropa acabe en el suelo.

Los dedos de Eli se enredan en mi pelo y me echan la cabeza hacia atrás.

Su boca encuentra mi garganta y gimo tan fuerte que no me extrañaría que me oyeran en el piso de abajo.

—Al dormitorio —ordena Eli, y esa voz autoritaria, la que me cortocircuita el cerebro, nos mueve a los cinco por el pasillo.

Lo que sucede a continuación se construye solo.

Dakota se pone a cuatro patas en mi cama, me mira por encima del hombro con el pelo revuelto y los ojos oscuros.

Me deslizo dentro de ella con un gemido que me nace de las entrañas.

Está empapada, lista, y su cuerpo me acoge como si recordara mi forma exacta.

Cruz se arrodilla frente a ella y ella abre la boca sin que nadie se lo pida, lo toma hasta el fondo, y el sonido que hace alrededor de él le vibra por todo el cuerpo y se transmite al mío.

Entonces Eli se coloca detrás de mí y se me queda la mente en blanco.