Llena de caracolas CAPÍTULO I
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Llena de caracolas

Llena de caracolas

Por Erina Alcala

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CAPÍTULO I

La conversación había sido breve.

Su voz sonaba seria, cansada y dolorida.

-Mi prima me ha hablado muy bien de ti.

-Espero que no demasiado…

-Lo suficiente para confiarte mi negocio durante unos meses.

-¿Cuántos meses?.

-El traumatólogo habla de tres o cuatro. Con suerte.

-Entonces, intentaré no arruinártelo.

-Con que no se incendie nada, me conformo.

Y así quedó todo acordado.

Sus padres llegaron a media mañana. Su madre llevaba llorando desde la noche anterior en que supo la noticia.

-Pero hija, ¿Tan lejos?

-Mamá no me voy al extranjero.

-Casi.

-Soria sigue estando en España.

-Ya, pero hace frio.

Su padre soltó una carcajada.

-Como si fuera Siberia.

Le ayudaron a cargar el monovolumen.

Dos maletas.

Varias cajas de libros.

El ordenador

Ropa de invierno que llevaba guardada, estira como el par de abrigos para que no se arrugaran.

Y una pequeña caja azul donde conservaba toda su vida.

Fotografías.

Entradas de conciertos.

Cartas.

Y la cajita de las caracolas recogidas en la playa desde que era niña.

Esas, nunca viajaban lejos de ella.

A las cuatro de la tarde, después de comer juntos y tomar un café, abrazó a sus padres y le dio las llaves del estudio para que se las diera al casero.

A las cinco, estaba saliendo de Cádiz.

Mientras cruzaba el puente de la Constitución observó el mar por última vez.

El agua brillaba bajo el sol como una inmensa lámina de plata.

-Bueno Marta- se dijo. Vamos a descubrir qué demonios hay en Soria.

Mas de ocho horas después, ya de noche, el paisaje era completamente diferente.

Las carreteras se habían vuelto silenciosas.

Los montes aparecían oscuros a ambos lados.

Los pueblos aprecian dormidos.

El navegador anunció:

-Destino en cinco kilómetros.

Marta redujo la velocidad.

La carretera se estrechó.

Los faros iluminaron una fila de álamos. Luego un cartel de madera:

COMPLEJO RURAL LA ACENILLA

Debajo, unas letras mas pequeñas:

Donde el tiempo descansa.

-¡Qué poético!

Giró hacia el camino principal. Las ruedas crujieron sobre la grava. Y entonces lo vio.

Casas de piedra perfectamente restauradas, bajas.

Parquin.

Jardines.

Farolas antiguas.

Y una pequeña plaza central.

Y al fondo una casa igual pero mucho más grande, un caserón de piedra de dos plantas. Abierta.

Todo estaba iluminado con una luz cálida y acogedora. El complejo rodeado de una valla de piedras iguales, como de un metro de alto. Era maravilloso, antiguo, pero modernizado.

Parecía sacado de una postal, con el arroyo.

Aparcó frente al edificio principal.

El guardia de seguridad se acercó a ella. La esperaban, lo saludó al bajarse del coche.

El aire era fresco. Mucho más fresco que en Cádiz. Y olía a tierra húmeda y pino.

-Espero que seas Marta Salas.

Se giró.

Y durante un instante se quedó inmóvil.

El hombre apoyado en las muletas, era alto, muy alto. Más de metro noventa.

Cabello castaño oscuro

Barba de varios días.

Ojos grises.

Y una sonrisa tranquila que parecía aparecer solo de vez en cuando.

-Supongo que tú eres Rodrigo.

-El mismo.

-Pensaba encontrarte en una cama.

-Yo también.

Marta sonrió.

Y sin saber por qué tuvo la extraña sensación de que aquél lugar escondía más secretos de los que aparentaba.

Y Rodrigo probablemente era uno de ellos.

Rodrigo avanzó despacio apoyándose en las muletas.

La escayola le llevaba por encima de las rodilla y hacía evidente que no había exagerado ni una palabra por teléfono.

-Bienvenida a la Acenilla.

-Gracias.

-¿Qué tal el viaje?

-Ochocientos kilómetros después creo que sigo sentada en el coche.

Rodrigo soltó una risa breve.

-Eso tiene solución. Primero una cena caliente y luego una cama.

Suena perfecto.

Tomó una de las maletas, antes de que ella pudiera protestar.

-Eh, eh. Tú no deberías cargar peso.

-No te preocupes, llevo una semana escuchando lo mismo.

-Porque tienen razón.

-También.

Entraron en el edificio principal.

Por dentro, era aún más bonito que desde fuera.

Madera vista.

Piedra antigua.

Una enorme chimenea apagada para el verano.

Y un mostrador a la izquierda, la recepción, que recordaba a los hoteles rurales de las revistas.

-Vaya…

-Eso mismo dije yo cuando mi padre lo compró, y yo mismo después de la reforma.

-¿Lo heredaste?

-Más bien, se lo compré a mis padres. Hace cuatro años.

Marta dejó la mochila sobre una silla junto con el bolso de mano.

-Pensaba que era una negocio familiar.

-Y lo era, ahora es solo mío. Y del banco.

Y se rieron.

-¿Funciona?

-De momento sí.

Aquella respuesta hizo sonreír a Marta. Le gustó que no pareciera uno de esos empresarios que hablan de ética a todas horas.

Rodrigo parecía práctico.

Normal.

Incluso demasiado normal para alguien que poseía un complejo rural tan bonito.

Mientras hablaban, apareció una mujer de unos cincuenta años desde una puerta lateral.

-Así que tu eres Marta.

-Sí.

-Soy Pilar.

La mujer la abrazó antes siquiera de darle tiempo a reaccionar.

-Encantada.

-Yo también.

-No le hagas mucho caso a este cabezota.

-Ya empezamos-dijo Rodrigo.

-Si hubiese esperado cinco minutos más para bajar aquella cuesta con la bicicleta, no estaríamos así.

-Pilar…

-¿Ves? No escucha.

Marta tuvo que contener una carcajada. La mujer parecía llevar años regañándole.

-Pilar es la encargada del restaurante. En realidad Office, no demasiado grande.

Y Marta, se sintió muy tranquila.

Después de cenar, le subieron sus cosas a su habitación, al lado de la suya. Solo había tres en la parte alta. Con baños.

Descansa, mañana te enseño el complejo, solo tienes que colocar tus cosas y te enseño el complejo, el personal y cómo va todo.

Perfecto.

Que descanses.

Y tú. Si necesitas algo Rodrigo, me avisas.