20 Christopher Walsh #4
En casa, la familiaridad se impuso enseguida.
Ryan abrió con su propia llave mientras David respondía un mensaje que había recibido durante el trayecto y, una vez dentro, dejó la mochila en el sitio que ya utilizaba sin tener que pensar en la operación.
Había pasado tantos meses temiendo ser una incorporación provisional a una casa anterior que solo entonces reparó en algo incómodamente evidente: David tampoco había sido siempre el hombre que sabía dónde guardar cada cosa.
Había fotografías que demostraban su derrota frente a un mueble sencillo.
—Quiero ver esas fotos otra vez —dijo Ryan cuando David terminó con el teléfono y se acercó a la cocina—. No hoy, porque necesito dormir, pero en algún momento. Sobre todo la del pelo.
David abrió el frigorífico para guardar algo que habían traído de vuelta y giró la cabeza con una expresión de desconfianza. —La del pelo puede desaparecer perfectamente sin afectar la integridad histórica de ninguna relación.
Ryan apoyó la cadera contra la encimera y observó al hombre que tenía delante: las sienes grises, la barba, la camiseta limpia de Moon Island y la paciencia adquirida a fuerza de equivocarse suficiente número de veces.
—Eso suena a manipulación del archivo. Christopher debería haberme dado una copia.
—Christopher debería haber eliminado esas fotografías hace quince años.
La protesta no produjo una cadena de réplicas porque Ryan cruzó la cocina y lo besó antes de que David pudiera seguir defendiendo una estética perdida.
El beso tuvo deseo, pero ninguno lo empujó hacia una escena sexual; Fase 2 no necesitaba otra y ellos tampoco.
Ryan quería contacto después de haber pasado la noche mirando pruebas de que otras personas habían tocado y querido a David, pero no necesitaba utilizar el cuerpo como forma de reclamarlo.
David lo entendió por la manera en que respondió. Le rodeó la cintura y sostuvo el beso sin acelerarlo, hasta que Ryan se apartó lo suficiente para apoyar la frente contra su mandíbula.
—Hay otra cosa que me ha molestado —admitió Ryan, porque la noche había mejorado precisamente cada vez que dejó de esconder la parte menos elegante—.
Christopher sabe cosas de ti como novio que yo no puedo saber por experiencia.
Cómo eras después del divorcio, qué te asustaba entonces, cómo fue estar contigo cuando una relación con un hombre todavía era nueva en tu vida.
Y una parte muy poco madura de mí ha querido preguntar detalles solo para reducir la diferencia.
David mantuvo las manos en su cintura sin aprovechar la cercanía para tranquilizarlo demasiado deprisa.
—Puedes preguntarme cosas porque quieras conocerme.
Si empiezas a preguntar para competir con una relación terminada, probablemente ninguno va a disfrutar de las respuestas.
No porque haya nada que ocultar. Porque el pasado deja de servirte cuando lo conviertes en una puntuación.
Ryan reconoció el límite y, para su sorpresa, no sintió que le negara acceso. —Eso es razonable. También sospecho que Christopher seleccionaría las historias que más dañaran tu reputación y, en ese sentido, constituye una fuente metodológicamente problemática.
David sonrió contra su pelo. —Por fin una conclusión sensata esta noche.
Subieron a dormir bastante después de la hora que Ryan había prometido respetar.
El cajón que David le había cedido meses atrás ya estaba demasiado lleno y una camisa que no cabía bien había acabado colgada junto a ropa de David.
Ryan intentó reorganizar el contenido sin despertar una discusión doméstica y terminó descubriendo que tenía más cosas allí de las que recordaba haber llevado.
David, mientras se cambiaba, señaló el problema con la precisión de alguien que llevaba semanas viéndolo crecer.
—Antes de que empieces a comprimir ropa hasta alterar las leyes físicas, hay espacio en otro cajón.
No lo he vaciado porque recuerdo perfectamente nuestra política contra la expansión unilateral.
Ryan se quedó con una camiseta en la mano y sintió primero la vieja necesidad de aclarar que no estaba mudándose.
Después pensó en Christopher, en un David más joven intentando resolver de antemano lo que otras personas podían querer y en el hombre actual esperando una respuesta antes de mover siquiera tres camisetas.
—Podemos hablar del segundo cajón otro día —dijo mientras volvía a dejar la ropa sin forzarla—. Esta noche quiero dormir. Y mañana quiero que le pidas a Christopher que te mande la foto del pelo.
David apagó la luz mientras Ryan se metía bajo las mantas y utilizó el mismo movimiento para acercarse a la cama, protestando todavía contra la idea de conservar evidencia visual de una época que, según él, había sido perfectamente normal. Ryan ya estaba riéndose cuando lo atrajo hacia sí.
A la mañana siguiente, Christopher había enviado la fotografía al teléfono de David con un mensaje que anunciaba que su marido apoyaba la conservación de documentos históricos.
Ryan la guardó antes de que David pudiera descubrir cómo borrarla.