Llamaradas y Quirófanos 12 Olivia #4
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12 Olivia #4

—De acuerdo —respondió, pero no dejó la aceptación desnuda; la sostuvo con la clase de precisión que Ryan llevaba meses exigiéndole—.

No voy a pedirte que me lo expliques esta noche y no voy a ir detrás de ti.

Si cambia algo que necesite saber, dímelo.

Por lo demás, tienes el espacio que has pedido.

Ryan sintió alivio y, debajo, una decepción absurda porque David hubiera aprendido tan bien.

Una parte de él quería que lo detuviera.

Esa parte no tenía derecho a pedir espacio y castigar después a David por respetarlo.

—Gracias.

David asintió, sin utilizar el momento para demostrar madurez ni convertirlo en una escena de abandono digno.

Le ayudó únicamente cuando Ryan le pidió que alcanzara el abrigo que había quedado colgado, y mientras él se lo ponía hablaron de la logística mínima del día siguiente, no de la relación.

Cuando Ryan terminó, David se acercó lo suficiente para que pudiera decidir si quería contacto.

Ryan lo besó.

Fue un beso breve, sin urgencia sexual y sin la seguridad habitual de que iba a continuar en una cama dentro de pocos minutos. David dejó una mano sobre su nuca durante el tiempo que duró y la retiró cuando Ryan se apartó.

—La cena ha sido buena —repitió Ryan. La insistencia iba dirigida ya tanto a sí mismo como a David.

—Lo sé.

Ryan agradeció que no añadiera entonces cuál es el problema .

Salió de la casa y el frío de diciembre le golpeó la cara con una intensidad suficiente para devolverlo al cuerpo. Durante el trayecto hacia Back Bay, intentó no pensar. Fracasó con una eficiencia casi profesional.

Veintitrés.

La cifra volvía una y otra vez, conectada ahora a fotografías en lugar de a una edad escrita en una conversación.

Olivia con cuatro años junto a un David aproximadamente de la edad actual de Ryan.

Olivia creciendo mientras él seguía siendo niño, adolescente, estudiante.

Jennifer en imágenes familiares sin ocupar ningún papel de rival, precisamente porque no había nada que competir.

Era historia. Había ocurrido. Había construido al hombre con quien Ryan dormía ahora.

Le molestó descubrir que el problema no era sentirse rechazado por ese pasado.

Era haber sido recibido con facilidad dentro de su presente y comprender, al mismo tiempo, cuánto presente había existido antes de él.

En el apartamento, la cocina estaba limpia y la sartén nueva llevaba semanas sin protagonizar ninguna catástrofe.

Ryan dejó la mochila junto a la silla, se quitó el abrigo y abrió el portátil con la intención de trabajar un rato, aunque sabía ya que no iba a conseguirlo.

Permaneció varios minutos frente a una página que exigía una concentración de la que carecía, después cerró la pantalla y fue a ducharse.

El teléfono no sonó mientras estaba bajo el agua.

Tampoco al salir.

David estaba cumpliendo exactamente lo prometido.

Ryan se puso ropa cómoda y llevó el móvil hasta el sofá. Había mensajes del hospital, uno de Nicholas y varios avisos que podían esperar. Ninguno era de David.

Eso también le molestó.

—Magnífico —murmuró para sí mismo, consciente de la inconsistencia.

No quería que David lo persiguiera y estaba ofendido porque no lo hacía.

La claridad de aquella contradicción no resolvía nada, pero al menos le impidió convertir el silencio en prueba de desinterés.

Había pedido espacio; David le estaba dando espacio.

Si resultaba desagradable, era porque Ryan había descubierto que la autonomía no siempre se sentía bien cuando implicaba quedarse solo con las consecuencias de una decisión propia.

Se obligó a responder primero un mensaje de Nicholas y dejó los del hospital para la mañana salvo uno que requería una confirmación sencilla.

Después puso el teléfono sobre la mesa y trató de ver algo en la televisión.

No llegó a los veinte minutos antes de darse cuenta de que no seguía el argumento.

A las once y treinta y ocho llegó un mensaje.

Ryan reconoció el nombre de David en la pantalla y sintió una reacción inmediata que no necesitaba análisis.

El texto era breve, aunque no telegráfico.

Estoy libre el jueves después de las seis. Me gustaría verte. No hace falta que contestes esta noche.

Nada más.

No había pregunta sobre Olivia. Ninguna petición de explicación.

Ningún intento de decirle qué debía estar sintiendo ni una oferta de aparecer en Back Bay con comida para facilitar la conversación.

David había enviado exactamente la información que Ryan necesitaba para saber que la puerta seguía abierta y había dejado el resto fuera de sus manos.

Ryan leyó el mensaje varias veces.

El jueves estaba lejos y cerca a la vez. Tenía trabajo, horarios y tiempo suficiente para construir veinte escenarios distintos sobre lo que debía decir cuando se vieran. Su primer impulso fue abrir el calendario. El segundo, responder de inmediato para eliminar la incertidumbre.

No hizo ninguna de las dos cosas.

Dejó el teléfono sobre la mesa y se permitió terminar aquella noche dentro del espacio que había pedido, aunque ya supiera que no quería quedarse allí demasiado tiempo.