Llamaradas y Quirófanos 12 Olivia #3
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12 Olivia #3

Olivia se apartó para buscar otra fotografía en su teléfono, divertida por haber encontrado un tema con el que avergonzar a su padre.

Le enseñó imágenes de cumpleaños, un viaje, una Navidad en la que David había intentado montar algo la noche anterior y había acabado utilizando herramientas a una hora que Jennifer consideró inaceptable.

No eran momentos históricos ni grandes hitos.

Precisamente por eso se volvieron difíciles.

Formaban una secuencia de vida ordinaria que se extendía durante años: Olivia perdiendo dientes, creciendo, cambiando de peinado; David envejeciendo entre una imagen y la siguiente; Jennifer apareciendo, desapareciendo de algunas, regresando en otras después del divorcio porque seguía formando parte de la familia.

Ryan empezó a notar fechas.

No lo hizo voluntariamente. Su cabeza funcionaba así cuando necesitaba recuperar control: ordenaba, comparaba, buscaba patrones.

Dos mil ocho. Dos mil doce. Dos mil diecisiete.

Años en los que David ya había vivido suficiente para acumular versiones completas de sí mismo y Ryan estaba todavía estudiando, creciendo o intentando descubrir qué forma tendría su vida.

Una fotografía mostraba a Olivia quizá con once o doce años y a David agachado a su lado, ambos cubiertos con ropa de invierno. Ryan miró la cara del hombre y supo sin preguntar que ya llevaba más de una década siendo padre.

Otra correspondía a años mucho más recientes. Olivia ya era adulta; David tenía más gris y una postura casi idéntica a la actual. Entre ambas imágenes había una continuidad que Ryan no podía compartir retroactivamente.

—¿Te he saturado? —preguntó Olivia.

Ryan levantó la vista y descubrió que se había quedado demasiado callado.

Podría haber respondido que no. Era lo socialmente fácil y además habría evitado introducir una incomodidad que Olivia no merecía cargar. Eligió una verdad limitada.

—Estoy procesando la versión de tu padre con el pelo de 2007. Es mucha información para una sola noche.

Olivia soltó una risa.

—Entonces no te voy a enseñar la etapa en que intentó afeitarse la barba de una manera que él llama «diferente» y mi madre llama «un error».

David apareció por fin con el postre guardado y le quitó el teléfono a su hija con la tranquilidad de quien llevaba años perdiendo exactamente esa batalla.

—La exposición ha terminado. Ryan ya ha visto suficiente material sin contexto.

La mano de David rozó la espalda de Ryan al pasar y el contacto tuvo el efecto contrario al esperado.

Ryan conocía esa mano. La había tenido sobre su cuerpo, la había sentido temblar durante el sexo, había entrelazado sus dedos con ella en una cama a las cuatro de la mañana.

Todo eso era suyo, parte de una relación presente que nadie más podía vivir exactamente de la misma manera.

Aun así, el marco seguía en la mesa.

Olivia no vio el problema. ¿Cómo iba a verlo si Ryan todavía no sabía nombrarlo?

La noche continuó bien.

Eso fue lo peor.

No apareció una pregunta hostil que pudiera justificar el malestar ni una prueba de que Ryan careciera de sitio.

Olivia le preguntó si iría alguna vez a otra comida y, cuando David intentó responder con una explicación sobre horarios hospitalarios, ella lo interrumpió para recordar que estaba preguntándole a Ryan.

Ryan aseguró que quería volver. Era verdad mientras lo decía.

Cuando se hizo tarde, Olivia recogió su abrigo y volvió a rechazar una oferta de transporte de su padre. David consiguió limitarse a preguntar si avisaría al llegar, y ella le respondió que sí con el tono de quien reconocía una concesión bilateral ensayada durante años.

Antes de irse, abrazó a David y luego hizo lo mismo con Ryan después de una vacilación mínima que le permitió decidir si quería aceptar el gesto.

—Me alegro de conocerte por fin —dijo mientras se apartaba—. Y siento que hayas recibido tantas fotografías en la primera visita. Para la próxima prometo traer material verdaderamente dañino.

Ryan consiguió sonreír.

—Necesitaré aviso previo y posiblemente asesoría legal.

Olivia se marchó riéndose y le recordó a David desde la puerta que no hacía falta que la observara hasta que desapareciera de la calle.

David no obedeció del todo.

Esperó unos segundos junto a la entrada antes de cerrar, una costumbre tan automática que probablemente ni siquiera la consideraba parte del problema que su hija acababa de describir.

Cuando regresó, Ryan estaba recogiendo dos vasos que no necesitaban atención inmediata porque necesitaba hacer algo con las manos.

David se dio cuenta.

—Puedo hacer eso después —dijo mientras se acercaba, y no intentó quitarle los vasos—. Has venido directo del hospital y ya es tarde. Si quieres quedarte, mañana te acercas desde aquí. Si prefieres tu apartamento, también está bien.

Ryan dejó los vasos junto al fregadero.

La propuesta habitual de dormir allí produjo una reacción que no esperaba.

Hasta aquella noche, quedarse en casa de David se había vuelto más sencillo con cada visita.

Esa vez la idea de subir al dormitorio atravesando una casa llena de fotografías, objetos y memoria ajena le produjo una claustrofobia tan breve como inequívoca.

Quería irse.

La conclusión le dio vergüenza porque Olivia no había hecho nada.

—Voy a volver a Back Bay —respondió mientras se secaba las manos, consciente de que David lo observaba con más atención ahora—. Mañana tengo cosas que preparar y creo que me vendrá bien dormir en casa.

La explicación no era falsa. Tampoco contenía la parte importante.

David conocía la diferencia.

—¿Ha pasado algo esta noche?

La pregunta no llevaba acusación. Ryan habría preferido que la llevara. Le habría resultado mucho más fácil defenderse de una interpretación equivocada que explicar una incomodidad que todavía no había conseguido ordenar.

—La cena ha ido bien —dijo, y vio cómo David esperaba porque la respuesta eludía deliberadamente lo que había preguntado—. Olivia me gusta. Mucho. No ha dicho nada que me haya molestado y no quiero que conviertas esto en una revisión de lo que hizo o dejó de hacer.

David apoyó una mano en la mesa, conteniendo visiblemente el impulso de avanzar con otra pregunta.

—Entonces no lo haré. Pero pareces querer salir de aquí desde hace veinte minutos y no voy a fingir que no lo veo.

Ryan sintió la presión del cansancio detrás de los ojos.

Había empezado el día en el hospital, llegado tarde, pasado una cena entera esforzándose primero por no parecer fuera de lugar y después por comprender por qué sentirse bien dentro de aquella familia había conseguido asustarlo más que sentirse excluido.

No tenía energía para llegar a una conclusión correcta.

—Necesito un poco de espacio —admitió—. No estoy terminando nada ni estoy enfadado contigo. Necesito volver a mi apartamento, dormir y dejar de pensar unas horas. Si seguimos hablando ahora voy a intentar explicarlo antes de entender qué me pasa, y probablemente lo voy a empeorar.

La reacción de David fue lo bastante pequeña para que otra persona quizá no la hubiera notado. Ryan sí. Sus hombros se tensaron y la mano que apoyaba sobre la mesa se cerró ligeramente antes de relajarse. Todo en él parecía preparado para resolver la distancia recién introducida.

No lo hizo.