10 Cuidar al que cuida #2
David tomó el tenedor y empezó a comer. El hambre apareció en cuanto dio los primeros bocados, reemplazando la desgana con que había mirado el frigorífico.
Ryan habló de su día porque eso le pareció más útil que observar cada movimiento como prueba de recuperación.
Le contó una discusión sobre horarios, una presentación particularmente tediosa y una llamada de Nicholas que todavía no había devuelto.
David respondió cuando tenía energía y, cuando no, se limitó a comer mientras escuchaba.
La conversación no necesitó ocultar el cansancio.
Cuando terminó, David llevó instintivamente el plato hacia el fregadero. Ryan lo interceptó únicamente agarrando el borde antes de que pudiera levantarse.
—Te voy a proponer algo y puedes negarte —dijo, manteniendo la mano sobre el plato en vez de sobre David—.
Tú has mencionado que sueles estirar después de una jornada así.
Si quieres hacerlo, me enseñas lo que haces normalmente y te ayudo donde necesites resistencia o apoyo.
Después te acuestas. Si prefieres que me vaya y hacerlo solo, también.
David miró la mano que sujetaba el plato y después a Ryan.
—¿Has practicado esa frase antes?
—No. Pero llevo semanas intentando conseguir que preguntes antes de organizarme la vida. Sería humillante no aplicar mi propia doctrina durante más de diez minutos.
Aquello consiguió una sonrisa cansada.
—Puedes quedarte.
David no convirtió la aceptación en una entrega total.
Subieron al dormitorio y fue él quien eligió qué hacía habitualmente después de una intervención exigente: movimientos sencillos para la espalda y las piernas, nada que Ryan necesitara diagnosticar ni prescribir.
Ryan se limitó a seguir instrucciones. Le sostuvo un pie durante uno de los estiramientos, prestó resistencia cuando David se la pidió y, cuando el hombro derecho pareció quedarse más tenso de lo habitual, esperó a que David indicara qué presión le resultaba útil en lugar de empezar a palparlo como si estuviera en una consulta.
La escena era extrañamente sensual.
David se había puesto unos pantalones cortos y seguía sin camiseta.
Ryan tenía las manos sobre un cuerpo que conocía sexualmente y podía recorrer mentalmente cicatrices, músculos y lugares donde sabía que una presión distinta produciría placer.
Sin embargo, aquella noche el contacto tenía otra dirección.
Cuando presionó con las palmas a ambos lados de la parte alta de la espalda, sintió cómo David soltaba poco a poco la tensión que había mantenido desde que llegó.
—Ahí —murmuró David, inclinado hacia delante con los antebrazos apoyados en los muslos—. Un poco más abajo y con menos fuerza.
Ryan corrigió las manos.
—Podrías haberme dicho hace cinco minutos que estaba apretando demasiado.
—Estaba comprobando si mejoraba.
—Eso es exactamente lo que me acusas de hacer con el café malo.
David soltó una risa, y el movimiento de la espalda bajo las manos de Ryan le permitió notar que la rigidez empezaba a ceder.
—Tienes una capacidad preocupante para recordar mis argumentos cuando te benefician.
—La medicina moderna depende de una documentación adecuada.
David giró la cabeza lo suficiente para mirarlo.
—Has conseguido convertir un masaje en una disputa de registros.
—No es un masaje. Estoy proporcionando resistencia manual según instrucciones del usuario.
La carcajada de David fue más clara esta vez. Ryan dejó de presionar hasta que terminó y, cuando volvió a apoyar las manos sobre los hombros desnudos, la intimidad cambió de temperatura. David inclinó la cabeza hacia atrás y la apoyó brevemente contra el abdomen de Ryan.
No pidió más fuerza ni modificó el estiramiento.
Simplemente se quedó allí.
Ryan bajó una mano hacia su pecho y lo rodeó desde atrás sin apretar. Notó el calor de la ducha todavía en la piel, la respiración profunda y ese peso pequeño que David rara vez concedía a otra persona: la posibilidad de apoyarse.
El deseo volvió, inevitable y perfectamente compatible con no hacer nada al respecto.
Ryan besó la parte superior de su cabeza.
David abrió los ojos.
—Podríamos acostarnos —dijo, y el modo en que su mano cubrió el antebrazo de Ryan introdujo suficiente ambigüedad para que ambos entendieran las dos acepciones posibles.
Ryan dejó que esa posibilidad existiera unos segundos. Le habría gustado. Mucho. David estaba limpio, desnudo en gran parte, físicamente cerca y llevaba varias semanas demostrando que el sexo entre ellos no era únicamente bueno, sino cada vez más fácil.
Precisamente por eso la respuesta resultó sencilla.
—Quiero dormir contigo —dijo Ryan mientras mantenía los brazos alrededor de él—. Sexo, no. Estás demasiado cansado para que me apetezca convertir tu cuerpo en otro sitio donde tengas que rendir.
David se enderezó y se volvió hacia él. El cansancio seguía allí, pero el comentario había despertado suficiente orgullo para que Ryan reconociera la reacción antes de que hablara.
—Si te dijera que quiero, podría decidirlo.
—Sí. Y si me dijeras que quieres, te creería. Estoy hablando de lo que quiero yo esta noche. —Ryan sostuvo su mirada para evitar que la frase pudiera confundirse con paternalismo—. Tengo muchas ganas de acostarme contigo cuando los dos tengamos energía para disfrutarlo. Ahora me gusta más esto.
David absorbió la distinción y la resistencia desapareció de su postura.
—Eso ha sido muy irritantemente correcto.
—Estoy teniendo una noche excelente.
Se metieron en la cama poco después. Ryan no convirtió la intimidad en una secuencia de pequeñas acciones; permaneció pegado a David mientras el hombre encontraba una posición cómoda y dejó una mano sobre su espalda, allí donde sabía que el contacto no molestaba.
Hablaron durante unos minutos sobre cosas sin importancia, hasta que las respuestas de David empezaron a espaciarse y finalmente desaparecieron.
Ryan supo que se había dormido por el cambio de peso contra el colchón y porque la mano que había dejado sobre su cintura perdió toda intención.
Permaneció despierto un poco más, mirando la penumbra.
La satisfacción que sentía no procedía de haber sido necesario. Ese habría sido el viejo modelo de David y, si Ryan era sincero, también uno de los suyos: convertir el cuidado en utilidad y la utilidad en prueba de amor.
Aquella noche David había pedido que fuera.
Ryan había preguntado qué quería.
Habían conseguido no hacer demasiado con eso.
La oportunidad de demostrar que la reciprocidad era más complicada que la teoría llegó menos de dos semanas después.
David había terminado una jornada relativamente tranquila y estaba en South Boston cuando Ryan le escribió poco antes de amanecer.
El mensaje no pedía ayuda. Informaba, con una claridad sospechosa, de que estaba terminando una noche especialmente larga y que probablemente dormiría hasta una hora indecente.
David leyó la frase dos veces.
Durante los últimos días Ryan había estado en un periodo de trabajo nocturno y ambos habían reducido los encuentros a mensajes, una comida rápida y una noche en la que David apenas lo vio despierto durante una hora.
No era una situación excepcional para la residencia, pero empezaba a reconocer el modo en que Ryan se volvía más preciso cuanto más cansado estaba, como si afinar el lenguaje pudiera compensar lo que perdía el resto del cuerpo.
David preguntó cuándo salía.
Ryan tardó en responder.
Cuando lo hizo, dijo que acababa de terminar la transición del trabajo y que iba a buscar algo de desayuno antes de volver a Back Bay. Añadió, innecesariamente, que estaba «funcional».
David sonrió al leerlo.
Le escribió que tenía la mañana libre y podía encontrarse con él cerca de Mass General si quería compañía.
La contestación apareció tras otra pausa: Sí. Pero no hagas de esto una misión de rescate.
David guardó el teléfono.
—Ni se me ocurriría —murmuró para sí mismo, plenamente consciente de que la advertencia era necesaria.
Cuando vio a Ryan cerca de Fruit Street, entendió que «funcional» estaba trabajando a tiempo extra.
Seguía vestido de forma correcta, la mochila colgada de un hombro y el abrigo cerrado.
No parecía enfermo ni desorientado. También tenía ojeras lo bastante marcadas para que la cicatriz de la ceja destacara más y llevaba el vaso de café en la mano con el tipo de concentración que normalmente reservaba para cosas mucho más importantes.
David se acercó y Ryan le ofreció una sonrisa cansada.
—Antes de que hagas comentarios, he cumplido horario, he terminado el handoff y no estoy violando ninguna regla de duty hours. Solo he tenido una noche asquerosa.
David recibió aquella defensa completa sin haber preguntado nada.
—Buenos días a ti también.
Ryan cerró los ojos un segundo.
—Eso ha sonado hostil.
—Has empezado la conversación defendiendo tu cumplimiento normativo.
—Estoy anticipando preguntas previsibles.
David tuvo que contener la satisfacción de devolverle sus propias palabras.
—Entonces mi primera pregunta imprevisible es si has desayunado.
Ryan levantó el vaso de café.
David lo miró.
Ryan también lo miró, como si acabara de descubrir que el café no cumplía técnicamente la definición.
—He tenido intención de hacerlo.
—Eso cuenta muy poco como ingesta.
—No necesito una evaluación nutricional.
—Perfecto. No voy a hacerla. —David señaló con la cabeza en dirección al barrio donde Ryan vivía—. Podemos comprar algo y llevarlo a tu apartamento. O sentarnos a comer aquí si prefieres no caminar más. Tú eliges.
La existencia de opciones pareció desarmar parte del reflejo defensivo. Ryan miró alrededor, calculó algo que David sospechó relacionado con distancia, sueño y tolerancia social, y terminó señalando hacia Back Bay.
—Casa. Quiero quitarme estos zapatos y no hablar con nadie que no haya firmado un acuerdo de confidencialidad.