9 Hijos, dinero, fuego y guardias #4
—Significa eso —dijo—. Que existe riesgo. Llevo muchos años haciéndolo bien y eso reduce algunas cosas; también significa que llevo muchos años acumulando desgaste. No puedo prometerte que nunca me voy a lesionar y no voy a decirte que el trabajo es seguro para que duermas mejor.
Ryan pensó en las cicatrices de su espalda, en la rodilla que a veces protestaba después de un turno y en la facilidad con que el cuerpo de David podía parecer invulnerable cuando lo levantaba durante el sexo. Esa fantasía privada y el trabajo real no tenían nada en común excepto el mismo cuerpo.
—Y yo no puedo prometerte que el hospital deje de absorberme —respondió—. Puedo cumplir las horas, dormir cuando me dejen, intentar no ser un idiota y aun así estar agotado. Puedo equivocarme con mis prioridades sin que eso signifique que la residencia sea opcional.
David lo observó con la seriedad que utilizaba cuando una conversación estaba demasiado cerca de convertirse en competencia.
—No quiero comparar quién corre más riesgo.
—Yo tampoco. Sería una competición estúpida.
—Bien. Porque tú puedes destruirte de formas muy eficientes sin que haya fuego cerca.
Ryan hizo una mueca.
—Eso ha sonado casi cariñoso.
—Era una crítica.
—Mucho más familiar.
El humor dejó espacio suficiente para que la conversación siguiera sin volverse solemne.
David explicó que una de las cosas que más le costaba era reconocer cuánto había cambiado su recuperación con los años.
No estaba peor en términos absolutos ni dudaba de su capacidad para hacer el trabajo, pero un turno físico difícil se quedaba en el cuerpo más tiempo que a los treinta.
Ryan escuchó sin convertir cada mención en un síntoma, y cuando preguntó si David había pensado alguna vez qué haría si la primera línea dejaba de ser sostenible, recibió una respuesta que no intentaba cerrar el futuro.
—Lo pienso —admitió David—. Eso no significa que quiera irme mañana ni que haya decidido qué viene después. Solo significa que no soy tan idiota como para creer que voy a hacer exactamente lo mismo a los sesenta.
Ryan recordó las palabras de Nicholas y sintió que la idea dejaba de ser una advertencia externa para convertirse en una conversación real entre ellos.
—Yo probablemente seguiré formándome cuando tú empieces a tomar algunas de esas decisiones.
—Probablemente.
—Eso es raro.
David cogió su café y se sentó de nuevo.
—Bastante.
Ryan esperó la explicación tranquilizadora que no llegó. En su lugar, David bebió y dejó que la rareza existiera.
Ese día habían descubierto que podían no coincidir sobre hijos, que su posición económica no era equivalente y que los dos trabajos introducían formas diferentes de riesgo y ausencia.
Ninguna de esas cuestiones tenía un acuerdo final que pudiera anotarse en una lista.
Ryan seguía sin saber si quería ser padre.
Seguía sintiéndose incómodo ante una casa que pertenecía material e históricamente a David.
La madrugada siguiente saldría antes de lo planeado porque un residente con más rango había cambiado la cobertura, y David volvería a Ladder 15 en otro turno sin poder prometerle que regresaría siempre intacto.
Al acercarse la noche, esas incertidumbres no produjeron una discusión nueva.
Prepararon algo sencillo para cenar y Ryan dejó el portátil cerrado aunque tenía lectura pendiente, decisión que no convirtió en sacrificio ni anunció para recibir reconocimiento.
David, por su parte, no intentó organizarle la salida de madrugada; le preguntó a qué hora quería poner la alarma y dejó que Ryan calculara el trayecto.
Después cenaron en la misma mesa donde unas horas antes habían discutido dieciocho dólares y décadas de patrimonio.
Ryan descubrió que podía soportar la falta de conclusiones mejor cuando había algo concreto que hacer con las manos. Recogió su plato y el de David, llevó ambos al fregadero y, cuando David se acercó dispuesto a colaborar, le señaló la cafetera.
—Tú prepara eso para mañana. Si voy a sacrificar el desayuno a la jerarquía quirúrgica, pienso exigir cafeína decente antes de irme.
David abrió el armario y sacó el café que Ryan prefería, compra que seguía negando haber hecho específicamente por él.
—Puedes exigir lo que quieras. Otra cosa es que esta casa reconozca tu autoridad.
Ryan se acercó por detrás y apoyó la boca en la base de su cuello, justo donde la camiseta dejaba piel visible.
—Esta casa tiene problemas serios de gobernanza.
David se giró dentro del espacio reducido de la cocina y lo rodeó por la cintura.
El beso que siguió no intentó borrar nada de lo hablado durante el día; tampoco necesitó cargar con la responsabilidad de confirmarlo.
Ryan lo besó porque lo deseaba y porque, a pesar de todos los problemas recién descubiertos, seguía queriendo pasar aquella noche allí.
Más tarde, cuando configuró la alarma a una hora que cualquier persona sensata habría considerado una agresión, vio que David había dejado su teléfono cargando al otro lado de la habitación en lugar de junto a la almohada.
Ryan no comentó el detalle.
A la mañana siguiente sería él quien se levantaría primero.
Y David tendría que aprender cómo se sentía despertarse y encontrar vacío el otro lado de la cama.